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CARTAS AL DIRECTOR

Neveras

Soy feliz cuando voy a casa de mis padres o mis hermanas o a las de mis amistades. Sí, soy feliz porque lo segundo que hago después de los besos (lo primero) es irme a las cocinas y abrir las neveras. Sí, yo es que paso hambre, ¿saben? Y una vez las puertas de las neveras abiertas, arramblo con casi todo lo que encuentro: pollo frío, maíz, filetes empanados, pescado ya frito, lentejas, judías, champaña, flanes, natillas y fruta. La gente me deja. Saben que paso penurias económicas (y mentales), y por eso no me dicen nada. Cuando regreso a las salitas me dicen: "¿Qué, has acallado ya a tus tripas?". "Sí". "Bueno, y ahora, ¿qué te cuentas?". "Que si tenéis un cigarrillo". Y me dan también de fumar. Si no fuera por las neveras de mis allegados ya me habría muerto de hambre. Soy feliz abriéndolas y echando un vistazo rápido -a veces, lento- a lo que hay dentro, y se me hace la boca agua. Bueno, ya se me empieza a hacer la boca agua subiendo en los ascensores. Disfruto como un cosaco -o un legionario- cogiendo esto, y ahora esto, y luego esto otro y después aquello, procurando, claro, dejarles algo, no abusar (aunque a veces abuso de tanta hambre que tengo). Pero, en fin, mis allegados me comprenden y me dejan, incluso me animan si ven que llego algo tímido: "¿Es que hoy no visitas la nevera?", y me lanzo a la cocina entonces. Sí, las neveras de ellos son algo sagradoPasa a la página siguiente

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 21 de diciembre de 1992