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Tribuna:

Europa y el nacionalismo

Con la disolución de Checoslovaquia desaparece la última formación estatal multinacional del antiguo territorio del socialismo real. Esta tendencia a la afirmación de la soberanía de las naciones se presenta como una parte del proceso de transición poscomunista hacia la democracia y viene acompañada por fricciones, animosidades y, en casos extremos, incluso por derramamiento de sangre. En los medios de comunicación occidentales (y, desgraciadamente, también en algunas obras científicas) se presenta todo esto como si simplemente fuera consecuencia, producto del nacionalismo -es decir, el resultado de una determinada mentalidad colectiva instigada por agitadores y demagogos irresponsables- Los intelectuales condenan este nacionalismo, se burlan de sus manifestaciones, hablan de la idea de nación como si se tratara de un mito, de un falso producto artificial del siglo XIX. Aunque eso fuera cierto (y no lo es), de poco nos sirve preguntamos por las condiciones previas y por las causas de esta situación.Con demasiada frecuencia se repite la interpretación que supone que el nacionalismo, a pesar de haber estado prohibido durante la dominación comunista, ha permanecido vivo (en cierto modo ultracongelado) y puede proseguir ahora libremente su actividad. En el caso de que los vínculos causales se correspondiesen de hecho con este modelo, yo preferiría que se restaurase el régimen de Tito en Yugoslavia y la dominación comunista en el Cáucaso. Por suerte, esta interpretación no se corresponde con la realidad. Ciertamente, existe un paralelismo entre los actuales antagonismos y los de tiempos anteriores, como, por ejemplo, es el caso de los serbios y los croatas; pero, no obstante, hay una cantidad de aspectos nuevos que no remiten a ningún antecedente o a muy pocos: sobre todo en el caso del sentimiento antirruso entre la población checa, eslovaca, estona e incluso búlgara. La teoría del efecto nevera no ofrece una solución satisfactoria al problema.

Tropezamos con dificultades ya en la propia utilización indiscriminada del término nacionalismo para caracterizar procesos y manifestaciones diversas, a menudo con grandes diferencias internas. A ello hay que añadir que este concepto va acompañado de diversas connotaciones en los diferentes idiomas: los anglosajones se refieren siempre al Estado; los alemanes, también a la cultura; para los eslavos, es un concepto peyorativo.

Lo que nosotros observamos hoy día en Europa central y del Este no puede ser considerado como un "error de la historia", y tampoco sirve de mucho explicarlo como simple resultado de unas elecciones.

Pretendo ordenar los resultados de ese nuevo nacionalismo desde una nueva perspectiva para así poder entenderlos mejor: como resultados y avances de movimientos nacionales. He utilizado el concepto de movimiento nacional para investigar el proceso de nation-building (construcción nacional) del siglo XIX, ya que, al parecer, en los acontecimientos que han tenido lugar durante los últimos 10 años se presentan nuevamente, de forma condensada, procesos del siglo XIX (aunque, por supuesto, no se repiten sin más).

Entiendo por movimiento nacional el esfuerzo organizado, institucionalizado, con fines explícitos, llevado a cabo por miembros de una nación en proceso de formación para alcanzar las atribuciones propias de una existencia nacional autónoma de la que por el momento no se dispone. En la mayoría de los casos se trata de tres categorías de carencias: las lingüísticas, las sociales y las políticas. Los movimientos actuales también se esfuerzan con éxito por conseguir una existencia nacional plena; bajo este concepto se entiende hoy día la soberanía nacional, la formación de una nueva élite a partir de las propias filas. En muchos países de la antigua Unión Soviética también se engloba en esta idea la emancipación lingüística y la igualdad de derechos.

Los procesos son comparables, y yo intento iluminar los nuevos movimientos nacionales a la luz de los resultados de mi análisis causal de los movimientos nacionales clásicos para así entenderlos mejor. De lo que se trata aquí es de una forma de experiencia histórica: las diferencias y analogías que encontramos entre el siglo XIX y el presente se complementan de forma sorprendente.

Los inicios de los movimientos nacionales clásicos en Europa han estado unidos siempre a la crisis del antiguo régimen: eran una respuesta frente al desmoronamiento de los antiguos vínculos y del antiguo sistema de valores. Este desmoronamiento acrecentó la necesidad de una nueva seguridad entre las clases ilustradas (y cada vez más entre la clase media); esta actitud se sustentaba en la identificación con el nuevo gran grupo social en proceso de formación: la nación.

Los nuevos movimientos nacionales surgen también a partir del desmoronamiento del antiguo sistema de economía planificada, de dictadura política y de seguridad social. En medio de una situación de inseguridad general, la nación se presenta como el mejor refugio. Hoy día se le reprocha a esta tendencia que la identidad nacional no es la única salida posible, y se nos remite a los derechos burgueses, a la democracia y a la igualdad de los hombres. Pero esto es lo que nos presentan los hechos: algunos procesos de formación de naciones estuvieron estrechamente vinculados a la lucha por estas libertades (se cita como ejemplos clásicos a Francia e Inglaterra). Pero la objeción no es válida para la mayoría de los movimientos nacionales, para aquellos cuyos primeros miembros y precursores tienen escasa o nula experiencia y formación política, y apenas si han podido entusiasmarse por las libertades burguesas, ya que frecuentemente la idea de las mismas les sugiere muy poco. En los Estados del socialismo real la situación era análoga a la que existía al final del antiguo régimen feudal. Como consecuencia de la falta de formación y experiencia política, a los líderes del movimiento nacional les ha sido más fácil movilizar a sus conciudadanos mediante planteamientos nacionales que mediante la idea de las libertades burguesas.

Una condición importante para el éxito de la agitación nacional (y con ello también para el éxito del movimiento nacional) era la existencia de un cierto nivel de comunicación social (incluida la difusión de los hábitos de lectura, la formación y la movilidad de la población en cuestión). El que la movilización nacional de las masas en los nuevos movimientos nacionales se haya producido mucho más rápidamente se explica por la mayor intensidad de la comunicación social en el mundo actual.

Considero la presencia de conflictos de intereses de relevancia nacional un factor decisivo para el éxito de los movimientos nacionales del siglo XIX; bajo este concepto entiendo aquellas tensiones y conflictos en los que la divergencia de intereses es paralela a una diferencia étnica o lingüística. Esta circunstancia hace posible que los intereses lleguen a formularse en la categoría de reivindicación nacional.

También en los movimientos nacionales actuales podemos reconocer la fuerza movilizadora del conflicto de intereses de dimensión nacional. ' Aunque, desde luego, casi siempre aparece en una situación económica esencialmente diferente: mientras que la mayoría de los conflictos de intereses en el siglo pasado estaban estimulados por el crecimiento económico (industrialización, pero también burocratización, ampliación de mercados, etcétera), los movimientos actuales surgen a raíz de la depresión económica: el pastel a repartir es cada día más pequeño y cada cual intenta, bajo el estandarte de los "intereses nacionales", conseguir tanto como le sea posible para sí mismo, es decir, para su nación.

Una diferencia fundamental con respecto al siglo XIX con-

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Miroslav Hroch es director del departamento de Historia General de la Universidad Carolina de Praga.

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siste en que, en la sociedad poscomunista, la antigua clase dominante ha desaparecido casi sin dejar rastro, surgiendo así un vacío en la cúspide social. Parece que cualquiera puede fundar una nueva dinastía de empresarios, altos funcionarios o políticos. Pero, sin embargo, no se dispone de una continuidad de élites tradicionales con una sólida experiencia democrática. El camino hacia la cumbre no está sujeto a ninguna regla de juego. Este vacío hace que los políticos se vuelvan impacientes, ególatras, incapaces de llegar a compromisos. Así se deja libre el camino tanto a los demócratas sinceros como a los arribistas sin escrúpulos.

Este vacío agudiza una profunda diferenciación social dentro de cada una de las comunidades nacionales, pero, a pesar de todo, las tensiones motivadas por ello no llegan a amenazar, por el momento, con la desintegración social. Los movimientos nacionales posibilitan la relajación de tensiones internas gracias a la idea de intereses nacionales comunes. ¿Por qué tiene tanto éxito ese proceso? Existen diferentes factores que contribuyen a ello. Se trata, sobre todo, de la credibilidad que merecen las referencias a la necesidad de una unión nacional ("Todos vamos en el mismo barco", reza un eslogan eslovaco), así como las alusiones a que, por el bien nacional, el poder han de ostentarlo los miembros del propio grupo -ambos planteamientos son estereotipos, típicos también de los movimientos nacionales del siglo XIX- Otro estereotipo característico es la alusión a la amenaza exterior, ya provenga ésta de naciones extranjeras o de la Mafia comunista. Todo esto puede ser presentado de forma muy convincente gracias a la fuerza arrolladora de los medios de comunicación.

¿Adónde va a ir a parar esta situación? Puede que los europeos occidentales se asombren, puede que los cosmopolitas educados en dos o tres idiomas se muestren indignados, pero los movimientos nacionales no pueden prohibirse ni detenerse. Además, el principio de soberanía nacional no resulta peligroso ni para el futuro de Europa ni para el equilibrio europeo, siempre y cuando no interfiera ninguna gran potencia- Lo que sí podría ser peligroso o incluso realmente explosivo sería, en todo caso, la cuestión de las minorías nacionales y etnias dentro del territorio de los nuevos Estados, que surge paralelamente a ese proceso de afirmación de la soberanía nacional. El problema de las minorías no puede resolverse a través del principio de la autodeterminación, sino mediante una autonomía cultural y, eventualmente, mediante una revisión de las fronteras. La situación que surge, probablemente, se irá asemejando cada vez más a la de 1918. Pero -es de esperar que no tenga los mismos resultados trágicos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 22 de julio de 1992

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