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Tribuna:

Encrucijada de judíos, moros y cristianos

Cada español limita al norte con Europa, al este con la grecolatinidad, al oeste con la hispanidad y al sur con musulmanes y judíos, que convivieron pacíficamente durante siglos en la España que acoge la Conferencia de Paz para Oriente Próximo.En esos cuatro puntos cardinales, sendos obstáculos naturales (los Pirineos, el Mediterráneo, el Atlántico y el estrecho de Gibraltar) contribuyen, junto con la fuerza centrípeta de Castilla, a contener las fuerzas de dispersión anímica que, de otro modo, podrían desgajar al ser, espanol como la naranja que en parte lo simboliza.

Pobladores de aluvión de esta encrucijada cultural variopinta, equilibristas sobre la cuerda floja de varias civilizaciones, los españoles todavía no terminamos de saber muy bien si somos judeoárabes norteños, latinos occidentales, europeos surenos o americanos orientales.

Acaso seamos un poco todas esas cosas, mezcladas en la retorta racial con los ingredientes básicos de iberos y celtas, amén de no pocos vándalos.

Una duda existencial unamuniana aqueja a la política internacional española, que ha tenido que desplegarse históricamente en esos cuatro frentes, no sólo distintos, sino a menudo contrapuestos.

Pese a que, en los últimos tiempos hemos optado por integrarnos de pleno derecho en Europa, todavía quedan en España añoranzas (reavivadas ante el V Centenario) de ser faro de la nonata hispanidad y reserva espiritual cristiano /islámico / judaica de Occidente, en síntesis feliz de aquellos pueblos camitas y semitas en que se dividieron los descendientes de Adán y Eva.

Y, por su situación geográfica e histórica, España acaricia hoy el deseo, no exento de esperanza, de convertirse en puente cultural y político / económico tendido entre Europa y los mundos árabe e iberoamericano.

Con el mundo árabe, además de siete siglos de convivencia íntima (se dice que si a un español se le rasca el colodrillo le aflora la sombra atávica de la chilaba) entre el VIII y el XV que duraron la conquista y reconquista, a España la unen lazos ancestrales y petrolíferos.

A no ser por Hércules, que separó a Europa de África abriendo titánicamente el estrecho de Gibraltar, España podría muy bien ser hoy franja de unión entre los dos continentes.

La separan también los traumas freudianos de la derrota del islam hace cinco siglos, los enclaves españoles de Ceuta y Melilla y el reconocimiento, del Estado de Israel hace cinco años. Los judíos se afincaron en España desde el comienzo de la diáspora y aquí se convirtieron en una etnia influyente cultural, política y financieramente durante 14 siglos.

Entre los siglos X y XV incluso llegaron a ser los sefardíes o judíos españoles la más importante colonia judía de Europa y el centro de irradiación de la diáspora, desde su inserción, siempre relativa, en las sociedades musulmana (entre 950 y 1148) y cristiana (de 1148 a 1492),

Bajo tantos apellidos toponímicos como hay en España se ocultan descendientes directos de judeoconversos.

En el vértice cultural de cristianos, árabes y judíos están Maimónides, Avicena, Avicebrón y Averroes, además de escuelas de traducción y trasvase de la cultura griega hacia Occidente.

Pero ni árabes ni israelíes pueden quejarse de trato desigual: ambos fueron expulsados de España manu militari, o decreto en mano, simultáneamente, hacia 1492, y con ambos se mantienen buenas relaciones diplomáticas y de amistad.

El historiador Américo Castro lamentaba por igual aquellas expulsiones que dejaron a los iberos y los celtas ("hombres rudos e ignorantes" los primeros, que se juntaron con los segundos, "crueles y obscenos" para dar lugar a los celtíberos, según, rezaban los libros de historia antiguos) huérfanos de la refinada laboriosidad árabe y del pragmatismo monetario judío.

El alcalde de Toledo pedía, sin éxito, al Gobierno que la antigua capital imperial acogiese algunos de los, foros de negociación durante la Conferencia de Paz para Oriente Próximo. Alegaba que allí convivieron con los cristianos durante siglos, en buena paz y armonía generales, musulmanes y judíos.

Es Madrid (Magerit en su origen arábigo y sintomáticamente denominada por los castizos "el foro") el auditorio donde, bajo la batuta de Estados Unidos, con acompañamiento en sordina de la URSS, se intenta hacer entonar a coro a árabes e israelíes el armonioso himno de la paz.

¿Bastarán unos días de ensayo para conjuntar voces hoy tan dispares?

Fernando Castelló es director de Efe Intemacional.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 18 de noviembre de 1991