A clase
Cabizbajos y meditabundos -que dijo el poeta-, los niños ya han empezado a ir a clase. Ellos creían que las vacaciones no se iban a acabar nunca, pero la realidad es más fuerte, ¡cielos!, y ya se han sentado en sus, pupitres, ya les han pasado lista, ya han estrenado el plumier, ya le han pintado un bigotazo a la Inmaculada de Murillo que trae el libro de Ciencias Sociales, ya pena alguno cara a la pared su delito de pintar vírgenes peludas, ya va a intervenir la asociación de padres por eso, y la que se va a armar...Cada año ocurre lo mismo, y la verdad es que no tiene importancia. Lo único importante es que los niños han vuelto al colegio, peladitos los chicos para estar más guapos y no coger piojos, deslumbrantes las chicas con sus trenzas y sus lazos; un poco inquietos por lo que podrá ocurrir con profesores nuevos, librotes cuyo volumen constituye un atentado a su estabilidad emocional, y, como única compensación a tan crueles expectativas, el reencuentro con los amiguitos.
Mucha comprensión necesitan los niños en este momento crucial, teniendo en cuenta no sólo el trauma que padecen al volver a clase, sino también el lío que les van a meter en la cabeza cuando los profesores de Geografía intenten enseñarles el nuevo mapa del mundo. Lo más probable es que los niños no se enteren de nada, y tampoco les va a valer que sus papás se lo aclaren -según era habitual-, pues quienes saben de eso son los abuelos. Y los abuelos habrán de desempolvar aquellos viejos mapas donde estaban Estonia, Letonia y Lituania por acá, el Imperio Austro-Húngaro por allá, Alemania, capital Berlín, San Petersburgo en ese puntito negro, y explicarles a sus nietos que, de tanto dar vueltas, el mundo acaba quedándose donde estaba, y que no somos nadie, y que no pegues pelotillas en el mapa, niño, o te la cargas.


























































