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Crítica:POP

Danza, aparte

Así, cualquiera se llama Modestia Aparte. Cartel de no hay entradas en el pabellón y miles de jovencitas cartando de pe a pa todas y cada una de las canciones del grupo, en teoría telonero. Pero por fin se supo de dónde le viene la casta al pequinés: Modestia Aparte bebe directamente del noble género que tantas buenas sintonías ha dado a las series de dibujos animados de los sábados por la tanle (Los mosqueperros, Heidi y otras).Su éxito es arrebatador, y por allí escondidos andarían los malagueños Danza Invisible, asustados ante el reto de torear frente a todo un pabellón de catorceañeros que corean sin rubor eso de "y cómo te mueves, cuando hacemos el amor", y que aparentemente habían ido a escuchar a los otros.

Modestia Aparte y Danza Invisible

Pabellón de Deportes del Real Madrid. Aforo: 5.000 personas. Entrada: 900 pesetas. Madrid, 17 de mayo.

Danza Invisible ha hecho tabula rasa sobre una amplita época de su pasado, quizá titubeantes estilísticamente, pero salpicada de buenos temas que el grupo ya no ejecuta en directo. El sonido actual es festivo, colorista, muy percusivo, y ya no hay afectación en la voz de Javier Ojeda, sino poderío. La banda suena con brillantez y con penetración, pues los temas, aunque sabrosones, son complejos en su detallada ejecución. Cuando versionea, Danza Invisible se fija en los grandes (Pablo Milanes Van Morrison) y los adapta con personalidad y respeto.

Los éxitos de la banda ya son mayoría en un repertorio que, allí donde la inspiración no prendió, funciona gracias al sustrato de género que lleva dentro. Danza Invisible ha accedido a un estado de fusión sonora muy personal, cosa de la que pocos de entre nosotros pueden presumir.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 20 de mayo de 1991