En defensa del taxista
La prensa española se complace, desde hace unos años, en publicar sin parar cartas de lectores que fustigan el supuesto comportamiento retrógrado, poco europeo, casi tercermundista del hombre ibérico. En este contexto se difunden con predilección -y hasta la saciedad- historias antitaxistas. El guión es siempre el mismo: una señora que se presenta como bien educada, culta y civilizada se enfrenta con un taxista calificado de grosero, agresivo y machista. A veces la señora especifica que es americana o alemana, o natural de otro país que se presenta a los españoles. Como un país ejemplar, para dar todavía más mala conciencia al autóctono.Como antiguo taxista, reconvertido en una profesión juzgada por nuestra sociedad más prestigiosa y que, sobre todo, está mejor pagada, me acuerdo muy bien de mis clientes. Evidentemente no olvido al cliente cortés y sonriente. Pero también recuerdo a esa pandilla espantosa de burguesas presumidas, de hombres de negocios condescendientes y de hijos y de hijas de buena familia, odiosos y clasistas, que pierden todo sentido de respeto humano en el momento en que se dejan caer en el coche, sin saludar, sin cerrar la puerta, vociferando órdenes y amenazas absurdas, llegando casi al orgastrio con la idea de tener -a pesar de la abolición de la esclavitud- por fin un individuo -a su servicio. Todo el mundo sabe -o debería saber- que el oficio de taxista es un trabajo durísimo, estresante y muy mal pagado. Pienso que un taxista merece, más que otra persona, una sonrisa u otro gesto amical.
Me doy cuenta que este consejo parece insólito en el momento de la construcción de una sociedad europea a lo Dallas, poblada de vendedores implacables, seguros de su dinero, y de perdedores que tienen que estar al servicio de los primeros.
Pero no pierdo la esperanza de que otros valores, más humanos, más humanistas, aún cuando sean calificados de menos europeos y más tercermundistas, se mantengan...- Michel Leiberich. Aubervilliers, Francia.
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