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Los escenarios múltiples

La tensa situación creada por la crisis iraquí y el enorme despliegue bélico a que ha dado lugar ha desplazado, lógicamente, el interés internacional hacia ese conflicto y a sus riesgos inmediatos y cotidianos. Pero en el panorama mundial se están llevando a cabo simultáneamente otros acontecimientos no menos importantes. El tratado germano-soviético de amistad y de cooperación, por ejemplo, es uno de ellos. Pieza clave de un largo proceso en el que no sólo se pone fin a un antagonismo que parecía insuperable, sino que se establecen las bases para un periodo de 20 años de acercamiento y de entendimiento entre las dos grandes potencias: la Alemania reunida y la Unión Soviética empeñada en su proceso interno de reconstrucción económica y del establecimiento de las libertades políticas.Otro proceso considerable de interés general es la sorda batalla que se desarrolla en el conflictivo tema de la fecha para la unificación monetaria de la Comunidad Europea. Parecía haberse impuesto y aprobado el criterio del Plan Delors y su terminante calendario. Pero uno tras otro han ido apareciendo resistencias, frenos y objeciones en demanda de términos más flexibles y acaso más negativos en la mente de algunos Gobiernos de los países miembros. Tema importante, si los hay, para el futuro de la Europa unificada, ya que sin una moneda común aceptada por todos no sería eficaz ni viable el proyecto económico de esa unidad.

Se habla también de nuevo de una conferencia de seguridad y cooperación que supere o complete el marco de Helsinki, con otro planteamiento más realista y geográficamente más diverso y extenso. Es un propósito de importante alcance y deberá servir para ir construyendo, con paciencia y tenacidad, otra de las coordenadas decisivas de un orden político nuevo que garantice la paz y evite los conflictos en la Europa unida del futuro. No menos trascendental es la cuestión de la inevitable búsqueda de un nuevo objetivo político que dé un contenido a la Alianza Atlántica, una vez que el fenecido Pacto de Varsovia haya sido discretamente enterrado, dada la total desaparición del que fue su adversario durante cuatro décadas. El que vaya a terminar la ocupación militar de la Alemania del Este con una gigantesca operación inmobiliaria, de construcción de viviendas en Rusia -financiada por Alemania- para los soldados soviéticos evacuados y sus familias tiene el aire de una motivación irónica que suele brotar casi siempre al término de las largas y aburridas tensiones posbélicas.

Ello nos lleva a considerar otro problema de notable importancia: ¿cómo, en efecto, retener al aliado norteamericano, convertido quizá en un socio más de la comunidad europea unificada, es decir, de la Europa unida, una vez que la OTAN haya perdido gradualmente su razón de ser? ¿Qué fórmulas de estrecha colaboración pueden establecerse para que la atención de la opinión pública y de la política exterior de Estados Unidos no se desplace con preferencia en los años próximos hacia la vertiente oeste de la gran nación y a los enormes intereses latentes y efectivos del Próximo Oriente y de sus varios círculos de gigantesco poder económico?

El área del mar Mediterráneo, a su vez, ha quedado alejada del primer plano por la apremiante actualidad que se centra en los despliegues navales en los mares y golfos del sector arábigo. Sigue siendo ese Mare Nostrum para nosotros, los europeos, un ámbito de obligada referencia y atención. Convertido ahora en urgente ruta de paso con sus bases y sus puntos de apoyo múltiples, no podemos olvidar su condición geográfica de hallarse rodeado de naciones de mayoría musulmana en las costas del Sur y del Este y rodeado de países clave de la cultura europea en el Norte y el Oeste. ¿Cómo no examinar esa singular situación geográfica y estudiar conjuntamente una vinculación específica del orden mediterráneo? ¿No debe ser ése uno de los próximos capítulos de la política internacional? Italia parece ser la más interesada en convocar una gran conferencia sobre el asunto.

Mientras tanto se han actualizado también nuevos hechos lejanos pero importantes. Por primera vez en un largo período se sabe de la existencia de un proyecto verosímil de paz en Camboya. Esta remota nación se ha debatido durante un decenio con guerras civiles implacables, con intervenciones foráneas contrapuestas y con crueldades sin nombre y decenas de millares de víctimas. Parecía haberse cernido sobre su maltrecho cuerpo una maldición sin salida. Se anuncia por fin un acuerdo general en que todas las facciones internas y -sobre todo las externas- pudieran firmar, en un plazo próximo, una paz estable. Si fuera realista esa perspectiva, habría mejorado de modo notable el equilibrio de muchos países de esa zona.

Mientras tanto, la República Popular de China, con su abrumador poderío demográfico, busca sin cesar su puesto relevante en el mosaico internacional. Las jornadas de Harbín, a primeros de septiembre, abrieron el cansino después de tantos años a un diálogo intensivo entre la Unión Soviética y el Gobierno de Pekín. Pues el entendimiento soviético-norteamericano ha modificado de raíz los viejos planteamientos de rivalidad entre los dos colosos. China quiere buscar, con sus antiguos vecinos y rivales, una situación de equilibrio y poder de carácter realista y estable.

Tampoco es desdeñable el hecho significativo del viaje del ministro Shevardnadze, días antes de la cumbre de Helsinki, a Vladivostok, y de allí a Tokio para dialogar con su colega japonés. Por primera vez desde 1971, el ministro soviético admitió que existe "una disputa territorial", entre los dos países sobre el grupo de las cuatro islas del archipiélago de las Kuriles, a las que Japón denomina "territorios del Norte" y que fueron ocupadas en los días finales de la II Guerra Mundial. Japón nunca aceptó la ilegalidad de ese despojo y la URSS no quiso abrir sobre ello ninguna clase de negociación. Si en el próximo viaje de Gorbachov a Tokio, anunciado para el mes de abril, se resuelve este antiguo contencioso, el hecho en sí sería de considerable novedad. La Unión Soviética pensará que acaso el pequeño archipiélago pudiera servir de moneda de cambio para lograr una sustanciosa aportación del poderío industrial, tecnológico y financiero japonés a la difícil y necesaria tarea de modernizar en muchos aspectos la anticuada estructura productiva de la URSS.

Y aún podríamos señalar la existencia de muchos otros escenarios mundiales en los que se desarrollan en estos momentos grandes transformaciones, iniciativas. Y también la presencia de graves conflictos irresueltos simultáneamente en diversos lugares del globo.

He querido traer a colación estos ejemplos para no caer en el simplismo de suponer que detrás de la eventual solución del conflicto del Golfo existiría una posible perspectiva de establecer de pronto un ordenamiento mundial valedero para todos. Que las Naciones Unidas han logrado mantener un alto grado de coherencia y unidad frente al atropello cometido contra Kuwait, con votaciones mayoritarias para las sanciones del embargo en el seno del Consejo de Seguridad es altamente satisfactorio por lo que supone de sensibilidad jurídica y de respaldo moral a los despliegues militares de tierra, mar y aire. Pero si el embargo fracasa, por no conseguir su objetivo o por estallar la chispa de un conflicto militar generalizado, habrá que aceptar la tarea de levantar con tenacidad y paciencia no una, sino varias estructuras, forjadas con tratados, conferencias y convenios de múltiple variedad para conseguir la paz por encima de los nacionalismos agresivos y violentos y de los fanatismos de toda especie, y pensando siempre en inspirar esa paz en firmes criterios de justicia.

José María de Areilza es embajador de España y ex ministro de Asuntos Exteriores.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0030, 30 de septiembre de 1990.

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