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Tribuna:

Crisis

Llevan ya los políticos un par de semanas avisándonos de que llegan a todo trotar las vacas flacas y aconsejándonos la austeridad y el estoicismo. Y, así, Solchaga dice que el poder adquisitivo debe reducirse en un par de puntos, a lo cual responde Redondo, muy chulapo, que si él propusiera semejante arreglo a la ciudadanía la carcajada se iba a escuchar en el país entero. Yo creo que a Redondo le salió lo de la risa por puro desplante, pero que lo que en realidad se va a poder oír por todas partes es el crujir de dientes y el hipar de los desconsolados. Son momentos difíciles, nos dirá el Gobierno, repartiendo kleenex por doquier y palmeando omóplatos: todos hemos de hacer causa común frente a la crisis. Emotivas palabras, desde luego.Verán, una amiga mía compró un apartamento hace dos años con ayuda de un crédito hipotecario al 14,5%. Hace unos días, y por el aquel de la crisis, el banco le subió el interés a un 17,78%. Mi amiga, a la que los antiguos recibos del crédito dejaban al mes un calculadísimo duro y medio para comer a base de pipas, se ha visto obligada a mudarse a un apartamento de alquiler y a poner su flamante piso en venta. Me apuesto el bolígrafo a que el banco no ha empezado a experimentar aún, en realidad, las consecuencias de la crisis, y que si sube ahora los intereses es para curarse en salud, el picaruelo. Claro, ya comprendo que sería un desdoro y una auténtica pena que los bancos redujeran este año, en siquiera medio punto, sus tropecientos mil billones de beneficios: resulta mucho más conveniente que los asalariados se jeringuen y malvendan sus pisos. Que me explique el Gobierno, en fin, a qué ciudadanos se refiere cuando nos habla de un futuro de esfuerzo. Y, mientras tanto, recomiendo el llorar en silencio, para que así, cuando ellos escuchen el rechinar de dientes, piensen que les podemos morder la yugular y tengan miedo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 15 de septiembre de 1990