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La foto de familia

La foto de familia del grande y antiguo Partido Republicano de Estados Unidos ha dado en las pasadas semanas la vuelta al mundo. Era el testimonio gráfico de una larga, lenta y difícilmente lograda rehabilitación política. Dieciséis años ha durado la total ausencia de Richard Nixon de la vida pública, después de su dramática dimisión de la presidencia en agosto de 1974, cuando, acosado por el escándalo Watergate, hubo de optar por la solución de su voluntario cese, en evitación de mayores males. Ahora se ha utilizado la ocasión de inaugurarse la biblioteca que lleva su nombre, levantada en la hispánica población de Yerba Linda, junto a Los Ángeles. Un numeroso grupo de sus amigos financió la construcción del gran edificio, con un coste de 21 millones de dólares, para albergar y archivar sus libros, notas, papeles y documentos. La entrega del edificio fue realizada en un acto público que reunió a Gerald Ford, Ronald Reagan, George Bush y a sus respectivas mujeres, junto a su compañero, quienes posaron, sonrientes, ante la nube de fotógrafos y cámaras que registraban el acto. El ex presidente Jimmy Carter, invitado, no acudió. Acaso porque Nixon no acudió tampoco a un acto análogo, celebrado hace años por el que fue presidente demócrata.La costumbre de abrir los archivos y la documentación histórica de cada etapa presidencial al interés de los investigadores se ha convertido en Estados Unidos en una tradición rutinaria de buena escuela democrática. Harry Truman dejó sus papeles -algunos de vital importancia- a la fundación de su nombre. Eisenhower hizo lo propio. Sus continuadores, también. ¿Por qué los que un día fueron secretos de Estado no deben ser conocidos y examinados por los ciudadanos de un país democrático y libre? Los que han reivindicado ahora la figura de Nixon han subrayado los grandes méritos de sus actividades internacionales, que fueron olvidadas en las horas bajas de su última etapa presidencial. "Arquitecto de la paz" fue uno de los apelativos que utilizó Ronald Reagan en su discurso para describir sus méritos. La verdad es que, mientras fue vicepresidente con Eisenhower, se limitó a cumplir con estricta discreción los encargos recibidos de la Casa Blanca. La equilibrada prudencia del general logró alejarlo de las posiciones ultraconservadoras que había protagonizado Nixon en las campanas contra Alger Hiss por parte de los sectores del macartismo.

Pero al ser elegido presidente, en 1968, reveló muy pronto su firme deseo de buscar una solución al problema de Vietnam. El cuerpo expedicionario americano tropezaba con insuperables dificultades, y la guerra colonial, heredada de Francia, era una horrenda e inútil sangría a la que no se veía solución militar, ni rápida, ni favorable. Nixon decidió repatriar las tropas americanas y emprender sutilmente unas negociaciones encaminadas a lograr la paz, ayudado en ese largo y complejo empeño por la tesonera e imaginativa diplomacia de Kissinger, que tardó varios años en llegar a término favorable.

Poco después anunció su viaje a Pekín invitado por Zhou Enlai. Fue un golpe de audacia que sorprendió al mundo entero. Era un cambio radical en la política internacional, con la entrada de la China comunista en el concierto de las naciones y el reconocimiento público de que existía un tercer gigante con el que era preciso contar no sólo en la política de Oriente y del Pacífico, sino en el contexto universal. Fue, asimismo, una operación destinada a lanzar una advertencia al otro poder nuclear rival: la Unión Soviética.

Nixon resultó ser un presidente de reconocida eficacia en su política exterior, capaz de tomar la valerosa decisión de reducir el cambio del dólar en 1971 y 1973, acontecimiento que terminaba con el tabú de su inconmovible paridad en los mercados internacionales. Y, sin embargo, este fino político no fue capaz de dominar un escándalo de orden interior, al descubrirse que existía un espionaje de micrófonos en la sede del Partido Demócrata, realizado por hombres de su confianza. Nixon empezó negando los hechos. Más tarde los admitió en parte, sacrificando a sus colaboradores. Pero en el cenit de la campaña de prensa desencadenada se reveló que en su despacho existía también un registro de cintas magnéticas que funcionaba con ocasión de las visitas que recibía. La divulgación parcial de algunas de esas bandas fue el golpe final y definitivo asestado a su imagen.

Nixon hubo de dimitir de la presidencia al verse amenazado por el impeachment que estaba en manos del voto del Congreso. Gerald Ford, que le sucedió en la presidencia, le otorgó poco después una previa absolución de cuantos delitos pudieran reprochársele.

¿Por qué fue tan violenta e implacable la campaña de prensa desencadenada contra él? ¿Cuáles fueron las razones profundas que motivaron tan virulenta reacción? Se han dado muchas explicaciones sobre este dramático episodio de la política norteamericana. Nixon tenía fama de tratar de forma altanera a la prensa en general. Se decía que cortaba en ocasiones las entrevistas cuando el tono de las preguntas le molestaba. Lo cierto es que sufría la incesante hostilidad de los medios de comunicación desde el comienzo de su mandato.

Humanamente era un personaje abierto, de rápido diálogo y divertida conversación. Le traté mucho durante mis años de Washington en que era vicepresídente. Tenía una gran simpatía hacia el trasfondo español de California, su tierra natal. Era de familia cuáquera y había luchado en la guerra mundial como oficial de Marina. Lo cierto es que a los 16 años de su exoneración voluntaria del poder, ante la avalancha crítica que se le venía -entonces- encima, ha sido reconocido por sus colegas, los demás presidentes republicanos, como uno más de la serie que merecía el calificativo de "artífice de la paz". Y es que, en la lucha política, las heridas más graves se curan casi siempre con el bálsamo del tiempo.

José María de Areilza es ensayista y ex ministro de Asuntos Exteriores.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0017, 17 de agosto de 1990.

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