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Tribuna:

Menores

El momento procesal más traumático en los procedimientos de separación y divorcio es cuando el juez llama a los menores para su exploración. Llegan los niños al juzgado asustaditos perdidos, llevando una carga de responsabilidad que ni les corresponde ni pueden asumir, y el juez les pregunta: "¿Con quién prefieres vivir, con tu padre o con tu madre?". La respuesta le servirá al juez para determinar su guarda y custodia, y posiblemente ése será un dato falso, pues el niño lo que de verdad quiere es vivir con su padre y con su madre.Hay matrimonios que mantienen a los niños al margen de su separación, pero no parece ser el caso más frecuente. Antes bien, muchos que se separan utilizan a los hijos de escudo protector o arma arrojadiza, pues la pensión que fije el juez dependerá de con quién vayan a vivir, y además ellos son los testigos más cercanos de las desavenencias conyugales. Y aquí es donde empieza el calvario de los niños, porque si el padre o la madre son unos desaprensivos, les inculcarán el odio hacia la otra parte y les indicarán lo que tienen que decir si les preguntan. Y entonces, cuando les preguntan, los niños hacen revelaciones que tirarían de espaldas al propio juez, si no fuera porque suele estar sentado mayestáticamente en su sillón. Le hablan los niños de inmoralidades, de torturas psicológicas y físicas, de violaciones... El relato es de tal truculencia que provoca una indignación mundial y la ciudadanía exige venganza contra el cónyuge inmoral, torturador y violador de niños.

Luego a lo mejor resulta que ese cónyuge no es culpable de nada; que el culpable es el otro por manipular al niño y convertirle en un pobre desgraciado con graves remordimientos de conciencia. Lo cual ocurre por meter a los menores en líos de juzgado en vez de dejarlos tranquilos para que jueguen, estudien y estén contentos, que ésa es su misión en la vida mientras sean niños.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 22 de mayo de 1990