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Tribuna:

Devórame

Cuando la vida no te proporciona una frustración te da otra. Recién llegada de viaje me encuentro con la amargura de que Spartaco Santoni no me cite en sus memorias. ¿Ha sido una omisión deliberada o sucede que el tiempo y las otras han opacado mis destellos? He devorado como una foca el libro para descubrir con horror que ni siquiera me dedica una nota a pie de página. Sumida en una profunda depresión trato de comprender lo incomprensible. ¿Cómo, por qué, en nombre de quién ha podido olvidar Spartaco algo que a mí me marcó para siempre con el hierro indeleble de una pasión fugaz mas compartida?Fue en el transcurso de una gala de beneficencia celebrada en el Salón de los Espejos del Liceo, en Barcelona, y él llevaba una blusa con chorreras y un slip Abanderado marcando el memorable detalle criollo que tanta notoriedad y pasta gansa había de proporcionarle. Yo reinaba entre la concurrencia como un escorpión en una reunión de masoquistas, pero aun así me aburría escuchando la charla de un concejal franquista cuya hija se ponía de enormemente ancho en aquella ocasión.

Spartaco, Spartaco, ¿cómo has podido olvidarlo? Fue encima de un piano, un Steinway & Sons, sin ir más lejos, y no fuimos, porque sencillamente no podíamos, presas del arrebato desatado que nos invadió en cuanto nos palpamos las quijadas. Más detalles: yo llevaba bajo el tutú tres enaguas de tafetán y una mosquitera. Y él, en el momento culminante -que hizo balancearse las lámparas de lágrimas y provocó la explosión de una cercana fábrica de fuegos de artificio-, sacó un par de maracas y se acompañó al ritmo sincopado de una melodía tropical que hubiera dejado en mantillas a Lalo Rodríguez. Con decir que al final nos aplaudieron.

En vano intento encontrar consuelo al mutismo del galán: ¿silenció quizá lo nuestro porque sabe que soy una dama?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 9 de mayo de 1990