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Editorial:

El drama de Líbano

LA HISTORIA se repite, por desgracia, una y otra vez, como si no fuera posible más que un mismo guión para la tragedia que desde hace 14 años se representa en el escueto escenario de Líbano. La situación pasa del silencio angustioso al retumbar de los cañones; del simple miedo, a las muertes indiscriminadas; de las aspiraciones de paz, a la guerra civil interminable. Eso sí, nunca se detiene.En octubre del año pasado se reunió en la ciudad saudí de Taif el antiguo Parlamento libanés para intentar encontrar una salida pacífica a tres lustros de guerra. Se trataba de reordenar la distribución del poder entre las diversas facciones político-religiosas (cristianos y musulmanes shiíes y suníes) conforme a la nueva estructura demográfica del país -lo que se acordó- y conseguir al tiempo que otras fuerzas presentes allí -la OLP, Siria, Israel y los fundamentalistas islámicos- dirimieran sus rencillas fuera de territorio libanés, lo que no era tan fácil. Pero, empeñado en una histérica lucha sin salida, un general cristiano, Michel Aoun, primer ministro provisional sin derecho al puesto (que corresponde a un suní, Salim el Hoss), rechazó el acuerdo de Taif por considerarlo una capitulación frente al enemigo sirio y se embarcó en una guerra tan inútil como sangrienta. Su primera víctima fue el nuevo presidente, el cristiano Moawad, al que una bomba destrozó unas dos semanas después de ser elegido.

Varios alto el fuego más tarde, el 31 de enero pasado, Aoun reinició las hostilidades, librándolas esta vez exclusivamente contra las gentes de su propia confesión, en las zonas cristiano-libanesas de Kesruan y Meten, disputando el territorio a las milicias maronitas de las Fuerzas Libanesas (FL) de Samir Geagea. Se supone que la razón de esta ofensiva de Aoun es unificar el campo cristiano para poder oponerse con mayor eficacia al dominio que ejercería Siria, según el general, a través del nuevo presidente, Haraui, y del primer ministro, El Hoss. Un objetivo que tal vez sólo pueda conseguirse no dejando un solo cristiano en pie: cuando el pasado día 8 se estableció un nuevo alto el fuego, en el campo de batalla quedaron 417 muertos y más de 1.500 heridos. El cinismo acumulado tras 14 años de sangre hace que, como sugería recientemente Le Monde, no pueda descartarse la idea de que cuanto más se desgasten las dos fuerzas cristianas mayores serán las posibilidades de un acuerdo de paz en Líbano.

En este caso, el alto el fuego no lo consiguieron el Papa -con sus llamadas a la paz y sus duras condenas de Aoun-, el presidente Mitterrand, el secretario general de la ONU, los jefes de Estado de Arabia Saudí, Marruecos y Argelia -con su insistente mediación- o EE UU -con su incierta aproximación a un tema en el que, mal que le pese, da por supuesto que la paz pasa por la intervención de Siria-. La virtud pacificadora correspondió más bien a un despliegue de milicias prosirias en el borde de la zona cristiana. Poco duró la interrupción de hostilidades; sin embargo, 24 horas más tarde se reanudaron con renovada violencia. La razón estriba en que también los vigilantes se pusieron a pelear; en el campo musulmán empezaron a entrematarse las milicias shiíes prosirias con las proiraníes.

Probablemente, todo el proceso de pacificación de Líbano pende de una delicada decisión: tal como se percibe en Washington, como sabe bien el presidente libanés, Haraui, el camino más directo pasa por Damasco, por muy manchadas de sangre que tenga sus manos el presidente Asad. Un acuerdo con Siria puede dar al Gobierno de Beirut la estabilidad necesaria para restablecer el orden interior y asegurar la autoridad necesaria al nuevo orden institucional nacido de la reunión de Taif.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 14 de febrero de 1990