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Editorial:
Editorial

Portugal y España

LA REUNIÓN celebrada la semana pasada en Sevilla por los primeros ministros de Portugal y España tiene el excelente sabor de lo que empieza a ser corriente y familiar. Nada espectacular ha salido, en efecto, de la reunión sevillana; nada, salvo que ambas partes han aceptado elevar a la categoría de lo necesario un nivel de contactos que España ya mantiene con otros socios europeos. Y eso, teniendo en cuenta los profundos malentendidos que han condicionado las relaciones entre los dos países, ya es importante.Hace no más de un lustro, la primera de las cumbres a las que asistió Felipe González, y en la que su antagonista fue el entonces primer ministro socialista Mario Soares, más pareció una pelea en la que malamente se guardaron las formas que una reunión de Gobiernos sedicentemente hermanos en ideología, vecindad e intereses. El problema en aquel momento era que las relaciones entre Portugal y España seguían dominadas por recelos y complejos seculares, por la indiferencia o desprecios oficiales mutuos, incluso años después del restablecimiento de la democracia en ambos países.

Las necesidades de Europa han hecho que se superen por elevación muchos de los antagonismos. Dentro del entramado de relaciones económicas, sociológicas, culturales e históricas que aglutinan a los integrantes de la CE, la península Ibérica ocupa una posición propia, cuya realidad se va haciendo evidente a medida que se descartan viejas rencillas. La cumbre de Sevilla ha subrayado la conveniencia de que nuestros dos países estén preparados conjuntamente a hacer frente a los retos comunitarios de 1993. Y eso se consigue trabajando de consuno y sin recelos. Por ello, la decisión de institucionalizar sus relaciones al más alto nivel, además de acreditar el sentido político de ambos gobernantes, se inscribe, sencillamente, en la lógica de los acontecimientos.

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