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Tribuna:

Deseos para la última década

Que no se hable demasiado de la. última década, organizando centenares de congresos y coloquios sobre el fin del siglo o el Fin del milenio.Que no proliferen profetas y visionarios ni se invente un apocalipsis cada semana.

Que no surjan nuevas religlones. Con las antiguas tenemos más que suficiente.

Que se controle el crecimiento de brujos, adivinos, quiromantes, hipnotizadores y artimadores culturales. Si ello es imposible, que se utilicen las mordazas.

Que no se hagan más encuestas sobre la felicidad. Sólo contestan los infelices.

Alcohol, tabaco y demás prohibiciones: que no muramos por exceso de salud.

Que no nos volvamos locos por exceso de normalidad.

Que los psicólogos de los demás¡ comprendan que están enférmos de sí mismos.

Que se prohiba a los políticos hablar del Estado del bienestar, y si persisten, que se prohíba a los políticos.

Que los idólatras no sean identificados con los demócratas, sino con los adoradores de ídolos.

Que la voracidad de los poderosos no quede disimulada por sus migajas de filantropía.

Que los banqueros sean obligados a ver periódicamente El mercader de Venecia.

Que los parlamentarios deban leer La Divina Comedia antes de tomar posesión de: sus escaños.

Que los que hablan demasiado de patria establezcan su residencia en Molokai.

Que deje de hablarse de la dialéctica Norte-Sur. Es un eufemismo infame.

Que las libertades para el Este sean algo más que mercados para el Oeste.

Que sea abolida la expresión "una problemática". Seguro que quien la utiliza oculta los problemas.

Que cese la socialdemocratización de las conductas y vuelva a haber enemigos porque vuelve a haber amigos.

Que las modas sean consideradas modas y no filosofías´

Que los usureros modernos, aunque modernos, sean llamados usureros.

Que el dinero pueda ser un vicio solitario, pero no una virtud pública.

Ya sabemos que la violencia es mala, venga de donde venga: que la bomba de Hiroshima diaria que estalla en los estómagos de los niños africanos estalle, al menos una vez al año, en los consejos de administración que las provocan.

Que se salvaguarden ciertas especies en extinción. Por ejemplo, al viajero frente a la depredación turística.

(Como contrapartida, podrían crearse campos de concentración turísticos para los que gustan del hacinamiento.)

Que los que se llaman publicitarios sean convocados a confesión pública. Conviene saber no sólo sus pecados por acción, sino también sus pecados por omisión.

Que no se inventen nuevos ismos, por más prefijos pos o trans que les acompañen.

Que se tomen medidas para defender el arte frente al mercado del arte. Podrían, por ejemplo, cerrarse las galerías durante la próxima década. Quizá. la pobreza, amiga de la inspiración, provocaría un saludable proceso de selección natural.

(Medidas similares podrían estudiarse con respecto al mercado literario.)

Si a pesar de todo estas medidas no funcionan, deberíamos clausurar de una vez el arte y dedicarnos de lleno a los concursos televisivos.

Que los responsables de los concursos televisivos sean juzgados como corruptores de las conductas.

Que los que justifican sus obras con guiños en todas direcciones reconozcan que en realidad son tuertos.

Que los que simplemente se justifiquen pierdan toda justificación.

Que no se hagan más tertulias con el objeto de jubilar la mente.

Que cese la cultura de la noche. Quedará la noche.

Que los que se presentan como profesionales sean desprovistos de su profesión. La próxima vez deberán presentarse como hombres.

Que los poetas y filósofos no se llamen, respectivamente, poetas y filósofos. Hacen el ridículo.

Que los arquitectos dejen de considerarse artistas y los artesanos dejen de llamarse diseñadores.

Que nadie cite más el epígrafe último del Tractatus de Wittgenstein "De lo que no se puede hablar es mejor callarse"), porque sirve para hacer lo contrario de lo que se cita.

Ya sabemos que las ideas son peligrosas: que se sepa que la falta de ideas entraña un peligro todavía mayor.

Ya sabemos que no hay verdades: que algunos se atrevan a decir su verdad.

Que no se diga que todos estamos embarcados en el mismo barco. Hay barcos y barcos. Y a veces son preferibles las balsas.

Que el gusano no atribuya al león su condición de gusano. En especial, si para ello recurre al vocablo democracia.

No esperemos en vano a los bárbaros. Pero si alguna vez aparecen, que las puertas se abran de par en par, puesto que la "mezcla vivifica" (Empédocles).

Queno se abata a los francotiradores del pensamiento. Sería el fin de los espíritus libres.

Que se sea más riguroso con la calificación ser humano. Últimamente se cuela cualquiera.

Son sólo descos.

Rafael Argullol es profesor de Estética de la universidad de Barcelona.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 16 de diciembre de 1989