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Crítica

'Río salvaje'

22.20. - TVE-1 (108 minutos)Elia Kazan, que durante toda la década había realizado una película por año, tuvo que esperar, tras el fracaso comercial de A face in the crowd (1957), tres años para poder llevar a cabo un viejo proyecto suyo, Río salvaje, basado en dos novelas, una de William Bradford (Mud on the stars) y la otra de Borden Deal (Dubar's cove), y guionizado por Paul Osborn.

Río salvaje acabaría siendo un nuevo fracaso en la carrera de Kazan, pero no artístico: sin lugar a dudas es una de sus películas más hermosas, penetrantes y desasosegadoras.

En ella Kazan explora a fondo las raíces del mítico Sur, -tan suyo antes en películas memorables como Un tranvía llamado deseo y Babi Doll-, a través de la desintegración moral de una octogenaria, -interpretada por la actriz lo van Fleet, de 40 años entonces-, a quien una compañía -representada por Montgomery Clift- pretende expoliar sus tierras para construir junto al río una presa.

La atormentada psicología del actor, cuyo físico ya en 1960 mostraba las huellas de sus excesos, -Montgomery Clift moriría seis años más tarde-, refuerza el dramatismo de la historia que cuenta el filme.

El progreso entendido como crueldad y observado con sensibilidad por el cineasta, que sabe sacar poesía de todo cuanto ve y es capaz -mediante una puesta en escena rigurosa y un perfecto cinemascope- de ofrecernos momentos tan intensos como el de Clift y Lee Remick -la nieta de la anciana de la que nuestro hombre se enamorará- cruzando en balsa el río, una escena lenta, parsimoniosa y melancólica como, en definitiva, toda la película.

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