En el manicomio nadie puede oír tus gritos
Samuel Fuller fue en sus años mozos periodista, un oficio que aparece intermitentemente en su obra (como en las películas Park row y Uno rojo, división de choque). Corredor sin retorno (1963) es la historia de un reportero que, para investigar un asesinato cometido en un manicomio, decide hacerse pasar por deficiente mental y explorar el caso desde sus mismas tripas. Con la ayuda de su novia, entrar en la institución será fácil; salir, no tanto, pues la frontera que separa la cordura de su opuesto se borrará para él. En línea directa con la magistral Underworld USA, realizada un par de años antes, Corredor sin retorno presenta una visión pesimista, ácida, del sueño americano, y lo hace a través del estilo seco y feroz del cineasta.El cine de Fuller siempre ha sido así. Cortado por segmentos genéricos, de raíz económica y membranas de serie B, aleteado por la furia y el plano que no admite réplicas, sin segundas. Plano conciso, montaje de vértigo e iluminación precisa. Llegados al apartado de la fotografía, quitar se el sombrero por el soberbio festín expresionista de unas luces retorciéndose de dolor, mérito de un grande de los grandes Stanley Cortez -el de El cuarto mandamiento y La noche del cazador, por mentar sólo dos de sus trabajos-, que convierte a Corredor sin retorno en un sobre cogedor diálogo entre el hombre y el infierno.
Corredor sin retorno se emite hoy a la 1.00 por TVE-1.


























































