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"Ahora los camboyanos somos libres"

La opulencia ha vuelto a ciertos niveles de la sociedadEl autor del reportaje ganó en 1976 el Premio Pulitzer por sus informaciones para The New York Times sobre la toma del poder por los jemeres rojos en Camboya. Sydney Schanberg ha vuelto al país de Los gritos del silencio, desde donde está pulsando la realidad de la Camboya que inspiró su libro La muerte y vida de Dith Pran. EL PAÍS publica hoy el quinto de sus reportajes.

El circo está aquí. En Camboya. Las bandas están tocando, las banderas ondeando, los pregoneros están llamando a todos para que se acerquen a ver las atracciones. La Prensa en pleno llegó para informar sobre el festejo. Las últimas tropas vietnamitas acaban de marcharse a casa. Y los camboyanos les están otorgando honores y medallas por haber defendido (algunos dicen ocupado) el país durante 10 años y por haberles ayudado a formar una fuerza militar camboyana que les reemplace.

Aquí se les apreciaba y se les guardaba rencor a la vez; se les apreciaba por haber echado del poder a los genocidasjemeres rojos en 1979 y se les guardaba rencor, como pasaría con cualquier otro ejército extranjero, por haber permanecido demasiado tiempo. "Ahora somos libres", dijo un diplomático camboyano, cansado de que los vietnamitas le miren por encima del hombro.

El circo disfraza muchas verdades. Por un lado, no se han marchado sólo los soldados vietnamitas. Un informe verosímil dice que Hanoi, además de su Embajada en Plinom Penh, abrirá grandes consulados en siete ciudades de provincias. Habiendo instalado un Gobierno amistoso en 1979 -un Gobierno que está mostrando signos de independencia que resultan angustiosos para Hanoi-, los vietnamitas quieren asegurarse de que sus intereses en Camboya no desaparezcan completamente en el futuro.

Para el Gobierno de Phnom Penh, el cuerpo de la Prensa extranjera fue como un jugador básico en el prolongado rito de la retirada de tropas, que duró seis días. El régimen camboyano quiere que nos enteremos bien, puesto que somos los sustitutos de las fuerzas de control de las Naciones Unidas, que nunca se materializaron debido al fracaso de las recientes conversaciones de paz de París.

Así que el Gobierno socialista del primer ministro Hun Sen abrió las puertas del visado para dar la bienvenida a unos 200 periodistas y trasladarles en coches, furgonetas y aviones para ser testigos de la retirada final (los vietnamitas han estado retirándose por etapas durante varios años).

Millonarios y pobres

Vivir un holocausto -más de un millón de los siete millones de habitantes de Camboya murieron a manos de losjemeres rojos durante sus cuatro años de reinado- no eleva necesariamente de forma espiritual a los supervivientes. La gente de clase alta se está convirtiendo rápidamente en millonaria, y la vida lujosa es claramente su estilo de vida. A tales personas se les denomina aquí neak thom, grandes hombres. Sus villas, recién construidas, y sus coches, con aire acondicionado, y sus fiestas, desmesuradas, se están haciendo habituales, originando un contraste cínico y total con las legiones de pobres que venden leña o queroseno o cigarrillos sueltos en los arcenes de las carreteras.

En el hotel Samaki (Solidarí dad), donde viven los trabajado res occidentales de organizacio nes de auxilio, el coste del trabajo de una criada (proporcionadpor el Gobierno) es de 73 dólares (8.760 pesetas) al mes. La criada recibe el equivalente a dos dólares (240 pesetas). Alguien se que da con el resto. Ocurre lo mismo con un chófer. La tarifa es de 100 dólares (12.000 pesetas); a él 1 dan cuatro dólares (480 pesetas)

La importancia del dinero

Este Gobierno también monta acontecimientos por dinero. Normalmente se hace para los equipos de televisión, que se sabe que viajan con grandes cantidades de dinero. Por ejemplo, el precio de organizar una hora de prácticas de tiro de tanques del Ejército cuesta 150 dólares (18.000 pesetas). Tal y como ocu_ rre con las criadas y los chóferes, la tripulación del tanque no recibe un duro. Todo es para el neak thom.Aunque el señuelo del dinero parece invadir a las clases más elevadas, el camboyano medio tiene otras cosas en su mente. Tales como el trauma de la época de losjemeres rojos, que continúa obsesionando a los supervivientes. Una mujer camboyana que conozco, que perdió a casi toda su familia ante los jemeres rojos, fue hace poco al mercado y compró dos tortugas que estaban destinadas a convertirse en sopa. En sus estómagos escribió su nombre en sánscrito, que es la escritura de los jemeres. Una tortuga era macho; la otra, hembra (representaban para ella los espíritus de todos los hombres y mujeres de su familia destruida).

Llevó la tortuga a una fosa común de los jemeres rojos en las afueras de Phnom Penh, y al borde de una laguna próxima, mientras los monjes cantaban bendiciones, las soltó en el agua. Su abuela, una de las ejecutadas, le había dicho una vez que si uno salvaba a una tortuga de la muerte y la soltaba en un lago o río, este acto llevaría la paz a las almas de los amados muertos en su largo trayecto por el otro mundo.

Los funcionarios del Gobierno, sin excepción, conflan en lahabilidad de su Ejército para arreglárselas con las revividas guerrillas de losjemeres rojos después de irse las tropas vietnamitas. Y es bastante posible que tangan razón. Pero tras estas profesiones de calma se esconde una chispa de aprensión.

Hace sólo unos días, tras una entrevista mantenida en la ciudad de Konipong Cham, durante la cual un funcionario de alto nivel nos dijo que sus tropas controlaban tot almente la situación y que no había ningún problema de seguridad en la provincia, se llevó aparte a nuestro guía y le apremió, a última hora de la tarde, cuando el sol ya se estaba poniendo, para que nos convenciera de pasar la noche en la ciudad en vez de seguir viaje hasta Phnom Penh, a 75 millas de distancia, a última hora de la tarde cuando el sol ya se estaba poniendo.

Según avanzábamos por la carretera, se hizo palpable el nerviosismo tanto del guía como del chófer. El chófer comenzó a acelerar y a tocar el claxon. El guía empezó a contarnos un proverbiojemer que habla de la unidad creada por el temor.Le dije al guía que a partir de ahí tenía que hacer parar al chófer de forma que pudiera entre gar los cigarrillos a los soldados. Dijo que sí, que lo sentía, que haría lo que le pidiéramos, pero en el siguiente control, aunque redujo la velocidad un poco, arrojó de nuevo los cigarrillos por la ventanilla. "Los soldados pueden no ser soldados. Pueden ser bandidos", dijo. Puede ser irracional, pero no hay contestación a esta ansiedad. Llegamos a casa sin incidentes.

Dado que el grupo de Prensa es tan grande ahora y, por tanto, susceptible del síndrome de la competencia, está prácticamente garantizado que se escribirá sobre la tormenta militar que se está formando y de la amenaza a Plinom Penh. Obviamente, cualquier cosa es posible en este mundo, pero no parece probable que sitien Phnom Perili a toda velocidad.

No estamos en 1975, cuando el Ejército de Lon Nol, respaldado por los americanos, estaba agotado, diezmado y mal dirigido, y cuando los jemeres rojos controlaban casi todo el campo. Ahora los jemeres rojos estánconcentrados en su mayoría en el oeste, en la frontera con Tailandia, y hacer grandes incursiones en Camboya para grandes batallas les hace perder su preciada invisibilidad de guerrilleros.

El primer ministro Hun Sen pasó recientemente unos días en las provincias de la frontera noroeste, que son las que más sufrirán en caso de una actividad creciente de losjemeres rojos. Su. objetivo era enseñar la bandera, dar moral y politizar un poco para intentar incrementar el apoyo público a su régimen.

Una noche, tras varios whiskies, este enigmático dirigente de 38 años contó a los periodistas sus días como comandante de los jemeres rojos luchando contra las tropas de Lon Nol y cómo había sido herido cinco veces y había perdido su ojo izquierdo. Como siempre, Hun Sen -que desertó de los jemeres rojos en 1977 y huyó a Vietnam- evitó cuidadosamente cualquier discusión sobre lo que él sabía, o del papel que podía haber desempeñado en las atrocidades cometidas por los jemeres rojos contra la población en 1975.Las bromas de Hun Sen

En su último viaje a provincias, Hun Sen adornaba sus discursos con bromas y se inclinaba ante los monjes para demostrar su respeto al budismo, calzando unos zapatos de cuero negro con, una etiqueta que rezaba Miami

Vice.

Las ocasiones de tomar fotos de campaña en Camboya son diferentes al resto del mundo. Igual que la opulencia ha vuelto a ciertos niveles de la sociedad, así han vuelto algunas viejas costumbres sociales de tiempos de Sihanouk y Lon Nol -como, por ejemplo, que los hombres ricos mantengan una esposa número dos o incluso esposa número tres-. No obstante, algunas facetas pueden haber cambiado. También he podido comprobar que nadie respeta a los periodistas en este país.@ Newsday, 1989.

Traducción: M. Lafuente.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 5 de octubre de 1989