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'Dragones' contra jóvenes

Los camboyanos se resisten a ser reclutados y enviados forzosos a la guerra

El día era gris y llovía. En el laberinto que es el mercado Aurusey, los clientes vespertinos se apretujaban contra los puestos porque las sábanas de plástico que constituyen un techo improvisado sobre los pasillos son viejas y calan. De repente se sintió una confusión en el pasillo en el que yo estaba comprando sobres. Un ruido gutural de aprensión surgió de los sobresaltados vendedores y compradores. La confusión se debía a una patrulla de dragones que recorría el mercado en busca de jóvenes en edad militar.

Cuatro soldados con rifles aparecieron precedidos de un oficial sin gorra cuyos movimientos eran violentos y amenazadores. Como un hurón, se precipitó sobre un joven que estaba comprando algo, le agarró por un brazo y le gruñó una serie de preguntas a la vez que su asustado blanco intentaba explicar por qué no era elegible para el Ejército. Aquí no había delicadezas ni libertades civiles. Sólo intimidación y temor.Dejé mi bolsa rápidamente y empecé a hacer fotos. El jefe de la patrulla intentó ocultarse y volvió la cara, como hicieron también sus hombres. Yo seguí apretando el disparador. Intimidados por la cámara, dejaron que el primer hombre se fuera. El oficial me gritó que me largara. Pensé que estaba fanfarroneando. Delante de tanta gente, a plena luz del día, en el centro de Phnom Penh, no creía que hiciera nada.

Se alejaron por el pasillo unos 15 metros y agarraron a otro hombre. Me quedé con ellos haciendo más fotos. Le dejaron ir también. Ahora, la cámara había encolerizado al oficial; empezó a jurar y a agitar los brazos en mi dirección. Volvieron una esquina y divisaron a un joven de pequeño físico, completamente solo. Le bloquearon entre todos. Era casi como sí, frustrados hasta el momento, estuvieran decididos, con fotografías o sin ellas, a arrastrar a éste.

La cara del chico estaba desfigurada por el pánico. Intentó soltarse. Les suplicó, con los ojos llenos de dolor: "Soy estudiante". "Eso no importa", ladró el oficial, sujetando firmemente el brazo del chico. "Por favor, déjenme primero ir a casa a ver a mis padres", rogó. "Te vamos a llevar al cuartel ahora mismo", dijo el oficial.

Han conseguido llevar al chico casi hasta la calle, y creo que su suerte está echada. No obstante, extrañamente, ahora que el trabajo sucio hay que realizarlo abiertamente, en la calle, con todo el mundo mirando y la cámara disparando, la química de la lucha se altera. El oficial me mira airadamente a mí y a la muchedumbre del mercado que está de espectadora, profiere un sonido de asqueo, y decide darse por vencido. Habla a sus soldados entre dientes. Sueltan al muchacho y la patrulla desaparece.

Durante un momento, el chico permanece paralizado, incrédulo. Después corre los cinco metros que le separan de mí y enlaza su brazo con el mío mientras dice, casi llorando: "Usted me ha salvado. Le doy las gracias por salvarme". La muchedumbre del mercado rompe en vítores, luego en aplausos. Para estas gentes, relativamente pobres y siempre vulnerables, las patrullas de reclutamiento son anatema, y ésta es una rara victoria.

Mientras nos alejamos, y la adrenalina va descendiendo, me asalta el pensamiento de cómo mis amigos camboyanos me han contando durante semanas escenas como ésta, escenas de umversitarios que son rodeados en esquinas por patrullas que les rompen los carnés de estudiantes y los arrojan desdeñosamente al suelo. Y acerca de los conductores de bicicletas, rickshaw, los más pobres de los trabajadores de Phnom Penh, a los que empujan al bordillo y conducen como ganado hasta camiones que están a la espera.

La satisfacción profesional de tener la suficiente suerte de poder contemplar de primera mano y poder escribir sobre este pisoteo de los derechos humanos se vio pronto atemperada por el hecho de que un pequeño revés dificilmente frenará el trabajo de las patrullas de dragones.

Se dice que las redadas y los abusos son aún más violentos en las provincias, donde se pueden llevar a cabo las tácticas de mano dura con menos espectadores. Miles de jóvenes puebleri nos han huido a Phnom Penh en los últimos meses para escapar de la requisitoria sólo para ser cogidos por las patrullas callejeras.

El Gobierno camboyano ha negado sistemáticamente que haya abusos. Algunos funcionarios incluso han afirmado que las patrullas de dragones son verda deramente bandas de criminale que se disfrazan de soldados que agarran a los jóvenes para obtener dinero de rescate de sus pa dres por "exención de cupo".

Los abusos y el reclutamiento es muy probable que se intensifiquen en los próximos meses, por que se necesitarán muchos más reclutas ahora que ya no estará aquí el ejército vietnamita.

Los vietnamitas -que originalmente instalaron el Gobierno en Phnom Penh cuando entraron en el país en 1979 y echaron al genocida de los jemeres rojos- retirarán la última de sus unidades a finales de este mes. Hubo un momento en que los vietnamitas, que han estado retirando sus tropas por etapas, tenían 200.000 hombres en Camboya. Y durante los últimos 10 años han sido ellos los que han realizado la mayor parte de la lucha.

El enemigo no ha cambiado. Es el jemer rojo. Después de su derrota por los vietnamitas y su retirada hacia el oeste hasta la frontera tailandesa, resucitaron gracias a las armas chinas y al apoyo directo de Talilandia e indirecto de la comunidad occidental. Así que, en esta década, estos criminales camboyanos, que fueron responsables de más de un millón de muertos de su propia gente durante su gobierno de 1975 a 1979, han conseguido, como una fuerza de guerrillas, trastornar la vida y socavar la estabilidad mediante una guerra civil de baja calidad.

Durante este período, las familias camboyanas se han ido acostumbrando a tener a las altamente consideradas tropas; vietnamitas defendiendo al país contra los jemeres rojos. Se acostumbraron también a ver crecer a sus hijos en vez de a enterrarlos como víctimas de guerra. Como han estado adormecidos, ni los padres ni los hijos estaban preparados psicológicamente para la retirada vietnamita y los cambios que eso supone.

Esto no quiere decir que el Gobierno socialista del primer ministro, Hun Sen, tenga ninguna excusa para las tácticas terroristas de reclutamiento de las patrullas. Incluso políticamente es un error espantoso, porqué este régimen no es el más popular del mundo y precisará del apoyo y la confianza pública en los tiempos que se avecinan.

Aunque muchos de los hombres del Ejército gubernamental son voluntarios -muchos de ellos, como el país es tan pobre, se enrolan porque representa un medio de subsistencia y una especie de hogar-, otros muchos son reacios a ponerse un uniforme por las notorias malas condiciones castrenses.

Saturados de malaria

Estos días, muchos de los recién reclutados son trasladados rápidamente a las zonas que rodean Tailandia, donde los jemeres rojos son más activos: zonas plagadas de minas y mosquitos transmisores de un tipo de malaria que mata frecuentemente. Los hospitales de Camboya están sipersaturados con pacientes de malaria y con soldados y civiles que han perdido una pierna o un brazo por culpa de una mina plástica.

La atención en los hospitales civiles es apenas adecuada. Pero la de los hospitales militares es desastrosa. Cuando un soldado pierde un miembro, casi nunca se reintegra en esta sociedad. La mayoría se convierten en mendigos con muletas, y son muy, visibles estos días.

El joven que escapó a los "reclutadores" del mercado Aurusey todavía tíembla un poco en el coche mientras nos dirigimos a su casa. Está sin aliento y le resulta difícil hablar, pero consigue explicar que tiene 18 años (las edades de reclutamiento son de 18 a 35 años) y que está en su primer año de universidad.

Copyright 1989, Newsday Incorporated. Traducción: M. Lafuente.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 25 de septiembre de 1989

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