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DESAPARECE EL MAYOR EMPRESARIO PRIVADO

Muere a los 84 años Ramón Areces, fundador de El Corte Inglés y una de las primeras fortunas españolas

El Consejo de Administración de El Corte Inglés nombrará dentro de unas dos semanas a la persona que ocupará el puesto dejado vacante por Ramón Areces, quien falleció ayer, poco antes de las dos de la tarde, en la clínica de la Concepción de Madrid, víctima de un paro cardiaco, tras una larga enfermedad de tipo renal que le mantenía en cama desde hace varios meses. Areces, considerado como el mayor empresario español y una de las fortunas personales más importantes de España, tenía 84 años, quedó viudo en 1968 y no cuenta con descendientes directos. El cadáver del empresario ha sido trasladado a su domicilio en Puerta de Hierro y será enterrado en la intimidad.

Ramón Areces murió ayer tarde en Madrid y su funeral se celebrará el próximo viernes en la madrileña Basílica de San Francisco el Grande. El empresario protagonizó un éxito sin comparación posible. Fue el mayor comerciante de la España contemporánea y amasó una fortuna incalculable, además de granjearse la admiración de varias generaciones de empresarios y de profesionales de la economía. Los 84 años de su larga vida fueron, sin embargo, de una singular aspereza. Disipó su soledad entregándose al trabajo, del que sólo empezó a apartarse en 1970, a los 65 años, cuando la muerte de la mujer a quien amaba, Esther Romero de Joseu, marquesa de Casapeñalver y viuda de Koplowitz, y una hemiplejia le envejecieron abruptamente. A pesar de todo, siguió asumiendo hasta hace poco la responsabilidad de las grandes decisiones estratégicas en El Corte Inglés y no dejó de impulsar su última obra, la Fundación que lleva su nombre.Ramón Areces Rodríguez nació en septiembre de 1904 en el pueblo asturiano de Grado. Su familia se dedicaba a la agricultura y de sus primeros años quedan difusos retales biográficos en los que no faltan los negocios precoces que se atribuyen a todos los magnates. En cualquier caso, la aventura de su vida comenzó en 1919, cuando a los 15 años se embarcó en el buque Afonso XII para emigrar a Cuba.

Aprendiz en La Habana

En La Habana le esperaba parte de su familia. Su tío materno, César Rodríguez, era el encargado de los almacenes El Encanto, propiedad de una familia española. Su hermano mayor, Manuel, ya estaba empleado en el establecimiento y ascendió un grado cuando llegó Ramón para relevarle con la escoba y los recados. Ramón Areces carecía de formación, ya que apenas había acudido a la escuela, pero algo mágico debió ocurrir cuando entró en contacto con el comercio. "Desde los 15 años crecí y me eduqué en un gran almacén, consagrando mi vida a este trabajo". Hombre de pocas palabras y absolutamente reacio a contar su vida, Areces resumió tina vez con esta escueta sentencia lo que sucedió desde entonces.

En El Encanto, abigarrado bazar colonial, coincidió con otro asturiano, medio pariente (era primo de su tío), que en una época posterior y ya de vuelta en España había de ser su gran rival en los negocios: Pepín Fernández, el hombre de Galerías Preciados. El Encanto, el curioso crisol tropical en el que se forjaron los dos prohombres, recogía algunas de las técnicas comerciales nacidas en Estados Unidos, basadas en la diversificación y la agresividad. Fue probablemente una revelación para el Ramón adolescente. "En aquella época de La Habana dos ideas me obsesionaban: la vuelta a España y el posible establecimiento de unos grandes almacenes en nuestro país." Ese era el recuerdo del Ramón ya anciano, filtrado por el rígido cedazo de las biografías oficiales.

Antes de su regreso a España, en 1935, hizo un viaje por Estados Unidos y Canadá en compañía de su tío. Según algunas notas biográficas, aprovechó ese periplo para obtener una supuesta licenciatura en Ciencias Económicas en la universidad de Montreal. Lo que se puede dar por seguro es que recorrió todos los grandes almacenes, fundamentalmente los neoyorquinos, para mejorar las técnicas de venta sobre las que debía apoyarse su enorme ambición.

Ramón Areces volvió a una España quebradiza y prebélica. Como correspondía a sus proyectos, se estableció en Madrid, la capital, donde invirtió sus ahorros cubanos en la compra de una sastrería sin grandes pretensiones. No era, sin embargo, un establecimiento cualquiera. Su ubicación era céntrica y tenía salida a tres calles: Preciados, Rompelanzas y Carmen. Pagó 150.000 pesetas de las de 1935 por aquella sastrería, en la que lo cambiaría todo excepto el curioso nombre, del que hizo su propio emblema: El Corte Inglés. "Cuando compré El Corte Inglés les dije a los empleados: 'Vamos a tener la mejor casa de Madrid'. Ellos se miraron unos a otros porque lo normal es que pensaran que estaba loco. Y es que yo sabía como se hacía. Estaba acostumbrado a Norteamérica, a las grandes organizaciones". Ese es el epígrafe de aquel momento, cuya escasísima relevancia puntual quedó sepultada pocos meses después por la rebelión militar de 1936 y la guerra civil.

La guerra, como muchos otros pasajes en la vida de Areces, es una época que permanece en la oscuridad. Pero el pequeño emprendedor asturiano emergió de ella con empuje. En 1940 amplió sus negocios con la adquisición de unos bajos que hasta entonces albergaban a los almacenes El Águila, y que en la actualidad, tras innumerables ampliaciones, son el centro de Preciados.

En la calle Preciados se reencontró con Pepín Fernández, su antiguo camarada en la aventura trasatlántica. Pero las cosas habían cambiado. Los dos asturianos ya no compartían los anaqueles de El Encanto, sino que se enfrentaban como patrones de dos almacenes con vocación de grandes. Uno en cada acera, Pepín y Ramón utilizaron los recursos obtenidos en La Habana para una dura competencia.

Muy poco después, en 1942, Areces alquiló un piso en la calle de O'Donnell y se casó con Victoria Dolores González Arroyo. No pudieron tener hijos. La muerte de su esposa, 20 años después, fue precedida de una larga enfermedad incurable. Las amarguras sentimentales hicieron que el empresario se volcara absolutamente en los negocios, donde su rival le había tomado una tremenda ventaja: en 1960, Galerías Preciados vendía 20 veces más que El Corte Inglés.

Estrategia ante su rival

Ramón Areces tuvo que diseñar una estrategia que le distinguiera de su competidor Pepín Fernández. Decidió revestir de lujo la imagen de El Corte Inglés. Si Galerías significaba la venta masiva y la amplitud de oferta, El Corte Inglés debía dirigirse hacia la atención personalizada y los artículos selectos. Los objetivos trazados por Areces se cumplieron al pie de la letra.

El esfuerzo inversor de Ramón Areces, quien siempre enarboló la máxima de no endeudarse con los bancos, tuvo su recompensa. A su certera estrategia comercial y a su audaz implantación barcelonesa se unió un factor ajeno: la crisis de gestión en Galerías Preciados, al fallecer el viejo rival y compañero Pepín Fernández. Galerías empezó a disolverse en una errática trayectoria que acabó llevando la empresa a las inseguras manos de un Ruíz-Mateos ya en plena vorágine de compras y de peloteo financiero. El Corte Inglés no volvió a tener competencia.

Los últimos años de Areces estuvieron marcados por su débil salud, quebrada por la hemiplejia, y por sus pocas apariciones públicas. Ya no vivía en el piso de O'Donnell, sino en un lujoso chalé de Puerta de Hierro, donde los achaques le recluían durante largas temporadas. En 1976 había creado la fundación Ramón Areces, dedicada a la investigación, con un capital inicial de 2.000 millones de pesetas. A la Fundación dedicó sus últimos entusiasmos. Una vez el empresario asturiano habló de sus sueños: "Tengo un sueño profundo, es decir, no sueño dormido. Y en cuanto a los sueños que se tienen despierto, prefiero acomodarlos a la realidad".

El hombre que vendió un mundo

La desgracia personal, como siempre, se ocultaba tras los éxitos profesionales de Areces. En los años 60, cuando El Corte Inglés había iniciado ya su despegue definitivo, conoció a un empresario de origen centroeuropeo llamado Ernesto Koplowitz, que se dedicaba a las contratas públicas. Areces, ya viudo, trabó amistad con Koplowitz, con su esposa Esther y con las dos hijas de ambos, Esther y Alicia.Poco después, Koplowitz murió al caer de un caballo. Y Areces, con su equipo de colaboradores más próximos -su sobrino Isidoro Álvarez, Florencio Lasaga y Juan Manuel de Mingo, entre otros-, se puso al frente del negocio de contrataciones.

Ramón Areces se enamoró de Esther, la viuda de Ernesto, y decidió rehacer su vida sentimental junto a ella. Habían hablado ya de boda cuando a Esther Romero de Joseu se le detectó un cáncer del que falleció en 1969. Areces se hundió en la peor depresión de su vida, físicamente reflejada en una hemiplejia casi inmediata a la muerte de la marquesa de Casapeñalver.

Las pequeñas Koplowitz

Sólo le quedaba su familia directa -hermanos y sobrinos, Isidoro principalmente- y las dos pequeñas Koplowitz, a las que tornó como ahijadas y cuyo patrimonio, basado en la empresa de su padre, se encargó de acrecentar.

Areces jamás tomó participación accionarial en Construcciones y Contratas, pero la dirigió como si fuera suya. Incluso eligió a quienes un día habían de tomar las riendas. Poco después de dar el placet a la boda de sus niñas con dos jóvenes primos de buena familia, llarnados Alberto Alcocer y Alberto Cortina, se los llevó a la empresa y, con su formidable equipo, les adiestró en los secretos de la gestión.

"Puedo asegurar que nunca pedí un crédito ni tuve deudas. Uno de los puntos principales para salir adelante en la vida es saber el techo de cada uno y de cada ocasión. Nunca gasté más de lo que podía". Ése fue el lema del hombre que construyó el imperio de El Corte Inglés, cuya facturación ronda ahora el medio billón de pesetas al año. Su extraordinaria red comercial sobrevive al joven emigrante, al mítico empresario, que supo vender de todo a todos. El hombre que vendió un mundo, murió un domingo de julio por culpa de un corazón agotado tras una larga enfermedad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 31 de julio de 1989

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