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Reportaje:ELECCIONES EUROPEAS

Un candidato en las alturas

Fernando Moran sobrevuela la campaña en su avioneta, distanciado de las gentes y de la Prensa

El número uno del PSOE para el Parlamento Europeo, Fernando Morán, de 63 años, ha programado su campaña mediante viajes en avioneta desde Madrid a la localidad donde se celebren los actos de cada jornada. Al final de la campaña habrá recorrido a vista de pájaro 14.599 kilómetros, que saldrán un poco caros. Cada hora de vuelo supone cerca de 250.000 pesetas, y normalmente se emplea una hora para ir y otra para volver. Los cómodos viajes de salida y regreso en el mismo día le alejan del trajín de los militantes y le distancian de los electores. Su tono en los discursos es siempre profesoral, muy por encima de la arena donde se cruzan los envites.

Fernando Morán, el candidato socialista, vive su campaña entre un runrún y un tatachín-tatachín. El tatachín-tatachín suena cada vez que llega al lugar del mitin, cuando sube al escenario, cuando termina de hablar, cuando baja del escenario. Cuando se acaba el mitin. La música recuerda Carros de fuego y la entrega de los oscar de Hollywood, al estilo triunfal. Es más molesto el runrún, mucho más. Esta avioneta Rockwell Comander 640 produce un ruido infernal compañero del viajero y del miedo. El runrún molesta al candidato, le tortura. Y por eso los socialistas navarros esperaron en vano: Fernando Morán prefirió librarse de su mitin de Pamplona para que, siquiera fuese por una vez, sus oídos descansaran. Los altavoces explicarían piadosos que el candidato estaba indispuesto. Esto es, que no estaba dispuesto.La avioneta de campaña tiene más inconvenientes. La Terminal Norte del aeropuerto de Barajas es un apéndice molesto donde le estacionan aerotaxis y aviones particulares, y quienes van a volar deben pedir hora de salida con antelación. La puntualidad resulta fundamental, porque un retraso equivale a esperar que la bondad de la torre de control pueda colar este insecto entre aterrizajes y despegues de los mastodontes de aluminio. Y eso lleva su tiempo.

Desafortunadamente, el tráfico de las calles de Madrid dificulta el traslado del candidato desde su casa en El Escorial, y no parece sencillo que su llegada a la Terminal coincida con la hora establecida. En Portugalete (Vizcaya) ya hay gente esperando cuando la avioneta acoge por fin a sus cinco pasajeros. Los motores no paran de abroncarles por la demora mientras el aparato permanece impávido durante 30 minutos a la espera del aviso de salida. Un hueco entre un Boeing de la KLM y otro de Lufthansa deja paso al insecto, que despega tambaleándose.

El candidato está habituado a estos tragos, después de toda una vida profesional viajera como embajador, ministro de Exteriores, representante ante la ONU y parlamentario europeo. Le parecía más seguro el Mystère oficial, pero este aparato -uno de los cinco con que cuenta la compañía Tahis- es de los mejores en su género, así que en teoría no hay nada que temer.

La sombra de la avioneta parece el perfil de una libélula sobre la concentración parcelaria.

Ciertamente, el ruido dificulta la conversación, pero tampoco el candidato se muestra muy locuaz. Le acompañan dos ayudantes -su jefe de prensa y un asesor que trabaja con él en Estrasburgo- y dos periodistas. El candidato revisa sus fichas, toma algunas notas y acaba ocultándose tras el periódico desplegado. El fotógrafo ha de esperar mejor momento. Por fin, el candidato reaparece porque llega el refrigerio. El fotógrafo va a hacer su trabajo y el jefe de prensa le dice: "Hombre, ahora... comiendo...".

La conversación, luego, es ya breve (el vuelo dura en total unos 50 minutos). "Suelo improvisar bastante, pero preparo algunas notas". El motor sigue haciendo runrún y el cambio de altitud tapona más los oídos. Morán no sonríe ni una sola vez.

El retraso acumulado sobre el horario previsto alcanza los 20 minutos, que se complican con el atasco en Bilbao hasta llegar al hotel Carlton. Una treintena de periodistas y técnicos ha aguardado casi tres cuartos de hora la llegada del candidato, que muestra una ceja despeinada hacia arriba, fea, como el bigote izquierdo de Salvador Dalí. Las preguntas se oyen lejanas porque el tímpano todavía está temblando (y a lo mejor también las piernas); la instalación de sonido es nefasta, suena a hueco; y en la calle se expande a 200 watios un Himno a la alegría entrecortado por frases que animan a votar a Juan María Bandrés, el presidente de Euskadiko Ezkerra.

La caótica conferencia de prensa ha terminado después de varias preguntas sobre ETA, Herri Batasuna, la política exterior de las autonomías y el apoyo de UGT al partido socialista. Ninguna sobre el Parlamento Europeo.

El contacto

Los compañeros de partido le han preparado al candidato una visita a la Casa del Pueblo de Portugalete (sede socialista que sufrió un atentado con dos víctimas hace dos años), y en el bar situado en los bajos se toma un vino, acompañado por Ramón Jáuregui, vicelehendakari socialista. Los fotógrafos ven en este supuesto txikiteo la imagen del día, pero se dan cuenta de que parece que Morán y Jáuregui están solos. Piden a la gente que se acerque y les rodee junto a la barra. Flash, flash, flash.

No es que se produzca precisamente mucho contacto con el pueblo en el recorrido electoral de Morán. Ahora lo habrá, porque al mitin hay que ir caminado por las calles, nada menos que cinco minutos caminando en un grupo de treinta. No pierden ocasión unas veinte auxiliares domiciliarias, que gritan encarteladas: "¡Auxiliares! ¡Fijas ya!". Pertenecen a un colectivo de 900 personas que depende del Ayuntamiento de Portugalete y de la Diputación de Vizcaya, pero les gritan en las narices al candidato a eurodiputado y al vicepresidente del Gobierno vasco.

Fernando Morán llega a la explanada y vuelve a sonar el Himno a la alegría, esta vez a favor. Lo interpreta la orquesta Alcatraz, admirable, lo más gratificante del día, con una calidad de sonido inmejorable y una afinación de voces perfecta. Lástima que sea la última canción, porque el candidato se ha quedado sin escucharles. La próxima oportunidad era Pamplona.

Ya suena el tatachín-tatachín en la explanada de Portugalete. Se retiran los micrófonos y se coloca el púlpito. Unas cuatro mil personas admirarán al candidato en directo. Media docena de cámaras de televisión le acercan al objetivo. Nadie le ha dicho que sigue teniendo una ceja hacia arriba y que va a salir fatal.

Cuando suena otra vez el tatachín-tatachín ya se sabe que termina el mitin. El candidato vuelve a su coche, y de su coche a la avioneta. Y de la avioneta a Madrid. Y de Madrid al cielo de El Escorial. Eso ha sido todo.

El objetivo está cumplido, porque las cámaras de las televisiones y de los fotógrafos le han tomado en el bar, en el breve paseo, en el discurso. Eso es lo importante, que no haya llovido. Si llueve ni hay mitin ni cámaras ni número de asistentes.

Morán regresa adormecido por el runrún del motor, esta vez entre las sombras.

-Si las campañas, al fin y al cabo, se montan para la televisión, ¿por qué no se aprovecha la televisión del todo, con debates, coloquios, entrevistas... y se prescinde de estos mítines que se hacen ya tan aburridos?

-A mí me gustaría un debate con Marcelino Oreja -responde Morán-, pero no creo que lo permita la Junta Electoral. [Eso creía aquel viernes, día 2]

-Si la Junta no lo permite será por no privilegiarles a ambos respecto del resto, porque no hay fórmulas iguales para todos reguladas en las leyes. Tal vez haya que cambiar las leyes.

-No sé si ellos querrían un debate. Pero yo sí estoy dispuesto. Y que hubiera un debate de toda la sociedad, como en Italia, donde en algunos casos participan solamente intelectuales o periodistas, sin políticos.

El caso es que la campaña se convierte en un híbrido curioso en el que todo está pensado para la televisión pero sin aprovecharla; en el que se simula un baño de multitudes sin multitudes y sin bañera. El candidato viaja aislado, sube y baja de la avioneta, cambia del runrún al tatachín-tatachín sin apenas conversar con nadie. El candidato socialista visita a las gentes sencillas como un paracaidista.

-Es bueno dormir en casa -explica.

Es sábado y el regreso desde Murcia se retrasa. El candidato encuentra su cama sobre las dos de la madrugada. El domingo, jornada estelar: hay que ir a Pamplona por la mañana y a Valencia por la tarde.

Suspendido

A las diez menos cuarto de la mañana del domingo, el periodista está en la Terminal Norte como un solo hombre.

A las diez y cuarto, también.

Por fin llega el jefe de prensa.

-Verás, es que se ha suspendido el viaje a Pamplona. Fernando llegó ayer cansado, y hoy era un día muy duro, de Madrid a Pamplona y de Pamplona a Valencia y de Valencia a Madrid, con el ruido ese que le tapona los oídos, y le hemos convencido para que no viaje esta mañana.

-¿,Y qué van a explicar en Pamplona?

-Que irá otro día.

En Pamplona es la hora del mitin y los asistentes empiezan a conocer que no acudirá el espada anunciado. Finalmente, alguien explica que el candidato socialista se ha sentido indispuesto. Sin embargo, por la noche le verán por televisión junto al presidente Felipe González en Valencia.

Como el presidente del Gobierno irá con el candidato a Valencia, el día seguirá siendo estelar aunque se suspenda la visita a Pamplona. Unos veinte periodistas viajan en autocar desde Madrid, bajo la organización del PSOE, para seguir los acontecimientos. El candidato sigue en su avioneta. Dicen los informadores que Morán está descontento porque no sale en los titulares, y que en Murcia ya dijo en mal tono que no iba a facilitarles el trabajo con insultos a sus adversarios. El largo viaje por carretera le habría servido para cambiar impresiones, hacer declaraciones, recuperar protagonismo. Pero los periodistas viajan solos.

Tampoco había estado tan mal la experiencia de Valladolid, un viaje corto -180 kilómetros, gran parte por autopista-, el jueves anterior, cuando celebró su cumpleaños en el autocar, con los informadores, descorchando dos botellas de champaña que se había traído de casa. Todos agradecieron el detalle, y nadie cometió la perversidad de malinterpretar el descuido de que se tratara de champaña francés.

La avioneta sale con su runrún esta vez hacia Valencia sin excesivo retraso, apenas un cuarto de hora. Fernando Morán sigue sin sonreír, ni siquiera cuando se le recuerda que hace tiempo ya que se terminó la campaña de chistes en que le disfrazaban de Jaimito. Asiente. La insistencia en que fue una campaña en contra que luego se volvió a favor le invita finalmente a hacer un comentario, pero en tono duro.

Un candidato en las alturas

-Tengo indicios y pruebas de quién puso en marcha esa campaña. Y algún día lo diré.La gente se agolpa ya a las puertas de la plaza de toros de Valencia cuando son las cinco de la tarde y aún quedan tres horas para que Fernando Morán llegue en compañía de Felipe González. La gente elogia al candidato, le tienen cariño. Algún día les dirá a quién se lo debe.

Sin acceso

Felipe González asume el protagonismo de la conferencia de prensa. Ha viajado a Valencia para apoyar la campaña del partido socialista; viste indumentaria de secretario general, cazadora y camisa desabrochada; pero ha viajado en un Mystère oficial.

Morán no dice esta boca es mía. Habla sólo el presidente.

Los informadores recogen las palabras de González para las primeras ediciones. Cuando Morán hable en el mitin ya estarán arrancando las rotativas, así que nada. Los periodistas llegan tarde a la plaza de toros porque han tenido que transmitir antes la conferencia de prensa con el presidente. Ya no cabe nadie más (hay unas 25.000 personas, sobre un aforo de 17.000) y no les dejan pasar al ruedo. Los servicios de Presidencia les impiden acceder por un pasillo abierto para las autoridades que les acercará al escenario. Esto es un mitin montado para las cámaras y los bolígrafos y resulta que no les dejan entrar. Ya suena el tatachín-tatachín que anuncia a Morán, pero en el acceso siguen discutiendo. Hace falta una acreditación de color rojo y todos la tienen en color amarillo. Vaya problema. Pero la amenaza de plante ablanda los criterios y todos pasan. Tanta seguridad, y nadie les mira los bártulos.

Un periodista rezagado se queda fuera. La superestructura socialista de seguridad y distancia no le ha facilitado las cosas. De todas formas, él comprenderá que no tenía su día: entrada la noche, le explican desde Madrid que han descubierto horrorizados cómo en la grabación de su crónica con las optimistas palabras de Felipe González sobre la España que mejora se han cruzado inexplicablemente, en la línea telefónica, los comentarios de Héctor del Mar -el frenético locutor de radio que grita "¡gooooooooooool!"- y no se entiende nada. Ahora suena ya el tatachín-tatachín y él espera en la puerta a que algún compañero le cuente lo que ha dicho el candidato, que está tan lejos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 13 de junio de 1989

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