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Manuel Cuña Novás

La amplia memoria de un 'niño rojo'

ANA ALFAGEME, MadridCuña camina por su amplia memoria dando saltos precisos para un personaje de leyenda, con casi 65 años de biografía milagrosa. Aislamiento, tuberculosis, leucemia, guerras civiles, abismos mentales, nada ha podido con el existencialista que está de luto por sí mismo después de París y de Sartre. Sus ocupaciones e intereses se entremezclan: ferroviario, marinero, funcionario, periodista, poeta, y finalmente senador socialista, coordinador de la ponencia sobre el menor que hoy se debate en el Pleno de la Cámara alta. Resulta tan ingente e inclasificable como sus recuerdos.

Y entre ellos, los de la guerra Civil, cuando convivió con los niños que llegaban desde los escenarios de la contienda al hogar infantil que sus padres, ambos maestros, regentaban en Ciudad Real. Con el abandono que la responsabilidad parental le impuso, se dedicaba a observar a aquellos "huérfanos, pilluelos y ladronzuelos". El episodio tiene que ver con los dos años de trabajo en el Senado, y de él cree que "ser niño es una plenitud y no un tiempo de transición" para la edad adulta. Cuña nació en Pontevedra en casa de una abuela que aprendió a leer a los 82 años, y creció deprisa. Cuando entraron los nacionales en Ciudad Real disparó al aire, con un fusil robado y con 15 años, los últimos tiros que se oyeron por allí.Se escapó a Pontevedra. "Allí era un niño rojo rodeado de niños de derechas que querían seguir jugando a la guerra conmigo. Lo pasé muy mal, muy mal...". Cuña se replegó en sí mismo y surgieron el diálogo interior y los poemas, - una constante vital que cuajaría en 1950 en un libro en gallego, Fabulario novo, "cuando este idioma era aún un dialecto". Este libro y varios galardones le granjearían el respeto y el afecto de sus conciudadanos. Y vendrían "las hojas volanderas", que sigue repartiendo entre sus amigos, su trabajo en la revista Litoral y en el Diario de Pontevedra, donde era redactor de mesa.

Gravemente enfermo de tuberculosis, quiso "cumplir con la existencia" y se casó a los 19 años con una joven de 15, con la que aún convive y con quien tuvo dos hijos. Consiguió un puesto de funcionario en el Ayuntamiento, que "gracias a la picaresca y a un buen alcalde" traspasó a su mujer para poder descubrir el París existencialista, "que esperaba una eclosión de las humanas libertades".

Cuña ha sobrevivido a una gravísima leucemia que dejó de molestarle hace un cuarto de siglo y a una depresión que lo atenazó durante cuatro años. Incluso a un periplo con los pescadores del Gran Sol en el que se dio por perdido el barco: a su regreso encontró a su mujer y a sus hijos vestidos de negro.

Está en el Senado porque sintió "la tentación de poner una rosa en cada pupitre", pero ha observado que la política "es estar más cerca de los problemas y más lejos de sus soluciones". Él, que sabe que "ni uno solo de sus conciudadanos" ha dejado de votarle, trabaja duro por si acaso, y sentencia que "el peor pecado de esta sociedad es uno que la Biblia no perdona: el de la palabra vana".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 17 de mayo de 1989