En el canal
La esencia de las vacaciones es su excepcionalidad; y en tiempos de multitudes corales y unanimidades veraniegas, lo excepcional son unas vacaciones solistas, como un fied de Schubert para tres o cuatro amigos, en vez de las marchas fúnebres de las operaciones retorno. Tal vez lo bueno de las vacaciones es esa evidencia del tiempo recobrado, cuando las horas no se miden por minutos, sino por el hálito profundo de los ojos.. Transcurren estas pequeñas vacaciones bajo la bóveda arbolada del Canal du Midi entre Burdeos y la playa de Séte, ahí donde Georges Brassens suplicaba ser enterrado con su guitarra. La perspectiva del canal es una sucesión de postales reflejadas en sus aguas espesas. Desde la gabarra se contempla el envés del paisaje, las puertas traseras de las casas y el sabor cromático de esa Europa de nata y azúcar, de absenta y cerveza, por la que pasearon pintores románticos y comerciantes de grano, de guerras o de ideas. Sobre la cinta verde de los canales, el viajero aprende a gozar de la velocidad del peregrino laico.
Esos cursos domesticados por el hombre son el único Amazonas que podemos descubrir los europeos. Llevamos nuestra civilización de la prisa a diluirse en esa otra civilización de la naturaleza pensada y, por unos días, aprendemos a maldecir autopistas y aeropuertos. En el canal, cada esclusa es un debate de viajeros perplejos y tomadores del agua. De cuando en cuando, los profanos de los barcos de paseo nos cruzamos con las moles negruzcas de las grandes gabarras comerciales y nos sobreviene entonces un profundo respeto de intrusos diletantes ante la autoridad ancestral de esas embarcaciones cachazudas y planas, como entrañables zapatillas de los ríos. Luego, al cierre de las compuertas, los ribazos se encienden con las luces de las barcazas y llenan el aire de los aromas vibrantes de sus cocinas. Poco a poco esa agua que no fluye se recoge bajo las quillas y parece como si el planeta entero fuera una respiración de niños dormidos y felices.
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