El tendero solitario
Abdul Layan, de 55 años de edad, decidió volver hace tan sólo 20 días al Afganistán libre. En mitad de las ruinas de Shiriwar, un distrito fantasma que en su día tuvo 30.000 habitantes, ha colocado su tenderete. Una mandarina cuesta 10 afganis (unas seis pesetas). También vende tomates, cacahuetes, golosinas diversas y cigarrillos de contrabando. Abdul dice que sus clientes son pastores y muyahidin y que saca un beneficio medio de 150 pesetas al día, con el que tiene suficiente para alimentar a su familia de cinco miembros."Queremos que la gente vuelva, pero por ahora sólo les podemos garantizar la seguridad, luego iniciaremos las tareas de reconstrucción de la agricultura y la vivienda, además de infraestructura para hospitales y escuelas", afirma por su parte Wakiri Akbarzai, director del servicio de asistencia del Frente Nacional Islámico de Afganistán (NIFA), uno de los siete partidos suníes de la resistencia afgana al régimen de Kabul.
Akbarzai señala que se necesitará la mano de obra de los cinco millones de refugiados afganos en Irán y Pakistán y, al menos, dos años de reconstrucción para cubrir las necesidades mínimas del país. Añade que en esta zona oriental de Afganistán, la mayoría "eran comunistas" y murieron durante el ataque muyahidin o escaparon a Jalalabad. Otros, los no comunistas, se refugiaron en Pakistán.
Antes de llegar a Shiriwar aparecen los escombros de lo que en su día fue una floreciente cooperativa agrícola que incluía una fábrica de conservas. "Fue muy dificil hacerse con esto porque se acantonaron y resistieron hasta el fin", dice Abudul Aziz, funcionario del NIFA.
Según Aziz, sólo sobrevivieron algunos de los 2.000 trabajadores afganos de la cooperativa, los que se entregaron a la guerrilla.
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