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Tribuna:

A propósito de dos centenarios

Desde hace algún tiempo asistimos en Francia y España a los preparativos oficiales de la magna conmemoración de dos efemérides de muy distinto signo, pero que tienen en común el hecho de marcar un punto de ruptura decisiva en la historia de sus respectivos países: el bicentenario de la Revolución Francesa, de 1789, y el V Centenario del Descubrimiento del Nuevo Mundo, en 1492. Acontecimientos sin duda cardinales, aunque sujetos a crítica e impugnación en el interior mismo de las sociedades que los celebran y cuyo significado y proyección actual conviene estudiar con detenimiento si queremos conocer con rigor el alcance y contenido de lo que se festeja.Si nos referimos al bicentenario francés, todos o casi todos estaríamos de acuerdo en aplaudir la elección de una Asamblea Nacional depositaria de la voluntad popular, la abolición de los privilegios nobiliarios y eclesiásticos, los principios de libertad-igualdad-fraternidad, la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y el Ciudadano. Sin embargo, los historiadores y ensayistas que actualmente reseñan para el gran público el proceso histórico iniciado en 1789 no se detienen, como es lógico, en lo acaecido en dicho año, y al examinar los sucesos posteriores trazan un cuadro mucho más cauto y sombrío de su evolución y consecuencias: el jacobinismo o dictadura revolucionaria de un pequeño grupo, precursor del bolchevismo de nuestro siglo; el terror, la guillotina y sus tricoteuses; el directorio y sus triunviros; el imperio y guerras napoleánicas; la invasión del continente en nombre de unos principios libertadores, pero pervertidos en la práctica por la ambición megalómana del astuto oficial coronado por el Papa emperador vitalicio de los franceses. La derrota final de Napoleón y la restauración borbánica no significan, con todo, el fracaso de la gran aventura revolucionaria: pese a sus adulteraciones y crímenes, ésta señala el comienzo de una nueva era, y sus valores esenciales no sólo mantienen su vigencia, sino poseen hoy día validez universal. La admirable Declaración del 4 de agosto de 1789 ha servido y sirve de instrumento a los pueblos colonizados y oprimidos para luchar contra sus colonizadores y tiranos, ha permitido y permite la defensa legal de todos los hombres y mujeres sin distinción de razas ni credos frente a los desmanes del poder y abusos de la corrupción. El bicentenario francés de 1989 festeja así, más allá de los atropellos y exacciones que empañaron y dieron al traste con los propósitos generosos de los representantes del Estado llano, unos principios rabiosamente actuales en la totalidad del orbe frente a las mentiras y engaños de las viejas y nuevas iglesias, partidos únicos y benefactores omnímodos.

La conmemoración del V Centenario del Descubrimiento ofrece, desde luego, características muy distintas. Los valores que en él celebramos, debemos preguntarnos, ¿son a la vez vigentes y de alcance universal? A esta última pregunta, los indoamericanos que fueron víctimas de las tropelías y matanzas de la conquista responderían, con toda la razón, negativamente: obligados a trabajar para sus nuevos amos, diezmados por las enfermedades traídas por éstos, desposeídos de su gobierno, religión y cultura ancestrales, abocados a veces, como los siboneys, al suicidio colectivo, no admitirían por válidas las razones civilizadoras y catequísticas invocadas por los invasores. Sería desde luego absurdo negar la importancia inconmensurable de la conquista e hispanización de América: el hecho de que 18 naciones jóvenes pesen en el destino del mundo unidas a España por su pasado común, su cultura y su lengua. Este vertiginoso cambio de rumbo y la compleja armazón social y administrativa del imperio pueden ser objeto legítimo de asombro y admiración. Pero dicho tipo de evaluación de la empresa civilizadora -ya sea en función del progreso histórico, ya de la salvación de los pueblos paganos- presupone para las sociedades indoamericanas más o menos desarrolladas en la época del descubrimiento una clara proyección etnocéntrica que niega a los indios sus cualidades propias, independientemente de su posición acerca de la redención cristiana o los imperativos del comercio moderno. En otras palabras, los indios son juzgados no por lo que son, sino por lo que deberían ser conforme a las premisas de una doctrina o práctica social ajenas. Como escribí en otra ocasión, una clara conciencia de la alteridad, de la distinción básica entre lo nuestro (las virtudes de la civilización, propagación del evangelio) y lo de ellos ("indios congregados en manadas humanas", Menéndez Pidal dixit), justifica, primero, la condena de culturas distintas de la nuestra y su sumisión a los argumentos irrebatibles de quienes, en nombre de sus propios criterios y apreciaciones, deciden extender su dominio a los pueblos que no poseen aún su visión ideológico-religiosa del mundo y no comparten, por tanto, su escala de valores; luego, en la medida en que las restantes culturas deben pasar por el aro de la nuestra en vez de ser simplemente otras, el etnocentrista bienintencionado se esforzará en uncir culturas extrañas, atrasadas y exóticas a la gran cabalgata de un supuesto progreso material y espiritual, lamentando que víctimas inocentes sean arrolladas por el carro y agonicen a la vera del camino.

Es cierto que, a diferencia de lo ocurrido en América del Norte, el genocidio de las poblaciones indígenas no fue sistemático: la conquista española creó desde México a Chile las diferentes sociedades mestizas que hoy conocemos. La influencia de Las Casas, Vitoria y otros juristas y predicadores moderó en muchos casos sus desafueros y permitió la erección de algunas frágiles barreras legales destinadas a la protección de los indios, si bien dichas disposiciones no se aplicaron nunca a los negros, víctimas del repugnante negocio de la trata hasta hace poco más de 100 años.

Aun con esas salvedades, el etnocentrismo de la empresa colonizadora excluye su posible ecumenicidad: el expansionismo español, avalado por la misión histórica de difundir el evangelio, impuso éste a punta de espada, sin respetar en ningún caso la voluntad de los conversos. Ello era sin duda común en aquel tiempo: la dicotomía antigua, griegos-bárbaros, y medieval, católicos-paganos, subsistió en realidad con distintos disfraces hasta bien entrado el siglo que corre (véase Afganistán). Pero nuestro propósito no es el de aplicar ideas y criterios modernos a épocas pasadas para condenar a éstas, sino determinar si los móviles de la prodigiosa expansión española merecen hoy día ser exaltados.

Descartada et pour cause la universalidad de los valores del descubrimiento y subsiguiente conquista, debemos analizar su posible vigencia en el marco actual de nuestra propia sociedad y cultura. La vieja polémica desatada por la actitud de Las Casas -actitud ejemplar, digámoslo bien alto, sin equivalente alguno en la historia de las demás aventuras coloniales- se centra, como sabemos, en los fundamentos morales y jurídicos de la presunta misión histórica de nuestros compatriotas. Mientras el único título legítimo que autorizaba a los españoles para entrar en las Indias era, según el dominico, la bula pontificia de evangelización, sin derecho ninguno a la guerra, los defensores de la empresa civilizadora recurrían a un vasto arsenal de argumentos que abarcaba desde los móviles más nobles y altruistas a los bajamente terrenos. En un polémico ensayo titulado ¿Codicia insaciable? ¿Ilustres hazañas?, Menéndez Pidal expone y embellece dichos argumentos con un entusiasmo digno de mejor causa. Aunque toqué el tema por ex-

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tenso hace 20 años en mi estudio sobre Menéndez Pidal y el padre Las Casas, espigaré algunos fragmentos del mismo para los lectores de hoy. Después de evocar los impulsos ideales de los conquistadores de servir a Dios y al rey, "todavía el soldado", escribe Menéndez Pidal, "tan rico de espiritualidad, va movido por otro deseo de carácter personal. ( ... ) Es el deseo de gloria". Los compañeros de Bernal Díaz del Castillo, añade nuestro historiador, murieron "para que en México ( ... ) hubiesen maestros de imprimir libros en latín y romance; murieron para que los indios supiesen trabajar el hierro ( ... ); para que aprendiesen a tejer seda, raso, tafetán y paños de lana ( ... ) y llegasen a hacer obras de talla emulando con Berruguete y Micael Angel". ¿Para esto, y sólo para esto? Concluida su exposición lírica, Menéndez Pidal añade: "Naturalmente ( ... ) los estímulos del último soldado de a pie son otros. ( ... ) Pues es claro que el soldado, cuando juega su vida cada día por los que 'viven en las tinieblas', tiene mucho ojo a los repartos del oro ganado". Natural, en efecto, y perfectamente claro. ¿Abusos, injusticias, crímenes? Los hubo en la colonización española de América como en la colonización romana de las Galias, y ambas significaron, no obstante, un progreso histórico. ¿No fue cruel, también, Julio César y mereció, a pesar de ello, el elogio admirativo de san Agustín? Guatimocín pereció como fue inmolado Vercingetórix. ¿Qué importan las diferencias de estas vidas paralelas?, dice Menéndez Pidal. En uno y otro caso, "el final es el mismo: vae v¡ctis!'.

Tal dualidad, evangelización/codicia de oro, no es, como pudiera creerse, una consecuencia de la conquista: preside, desde sus comienzos, la iniciativa del descubrimiento. Muy significativamente, a su regreso del Nuevo Mundo, Colón dirigió sus primeras cartas no a los soberanos, sino a los tesoreros que financiaron su expedición, y en ellas menciona "la posibilidad de obtener ganancias y de realizar un floreciente comercio de esclavos", siendo así que, en sus tratos con el rey y la reina, había recalcado, muy al contrario, "su altísimo propósito de convertir a todo el mundo al catolicismo" (W. T. Walsh, Isabel la Cruzada). En 1494, el almirante envió a Sevilla cuatro barcos cargados de indios destinados a ser vendidos como esclavos, pero los monarcas, si bien autorizaron al principio la transacción, ordenaron luego que fueran puestos en libertad y reembarcados a sus tierras de origen. Desdichadamente, recuerda alguien tan poco sospechoso de antiÍsabelismo como el exaltado Walsh, todos murieron víctimas del frío antes de que la real orden se cumpliese. Con todo, el problema de fondo no es éste. Aun desembarazados de tan cruda e hiriente realidad, habrá que preguntarse si los móviles nobles de la conquista -el "atractivo por dominar lo imposible, por sobrepasar las fuerzas hurnanas", la "salvación de la indiada", el "deseo de gloria", el "ansia de empresas" (Menéndez Pidal)- pueden concebirse como valores actuales. Si tenemos en cuenta el precio pagado por ellos, tanto por los indios como por los españoles, la respuesta será a todas luces negativa.

Buen conocedor de nuestra historia singular y sus trampas, Jorge Semprún ha intentado disociar, en unas recientes declaraciones, el descubrimiento de la conquista a fin de aliviar al primero de la inevitable carga polémica de la segunda. En mi opinión -como lo prueba la correspondencia de Colón con Luis de Santángel y Gabriel Sánchez-, dicha separación es imposible. ¿Podemos celebrar en verdad una extraordinaria proeza humana o técnica con independencia del contexto histórico en el que se produce: conmemorar, por ejemplo, la hazaña de Gagarin sin tomar en consideración el coste social, económico, cultural y moral impuesto al pueblo ruso por el régimen soviético; la de las inefables atletas y nadadoras rumanas prescindiendo del despotismo y megalomanía de Ceaucescu y su demencial destrucción del patrimonio histórico de su patria; el lanzamiento sin duda revolucionario del primer modelo de coche utilitario alemán olvidando que fue obra de los nazis? No estoy estableciendo comparaciones históricas entre situaciones y episodios voluntariamente dispares, sino subrayando el hecho de que, no obstante sus grandes diferencias, existe entre ellos una conexión primordial: la de producirse en sociedades cerradas y aglutinadas en tomo a un dogma político o religioso y en donde la ortodoxia triunfante se servía o se sirve de ellos para enmascarar toda clase de infamias.

Una breve ojeada al reinado de Isabel de Castifia nos ayudará a justificar mi aserción. Junto a los indudables aciertos de su gestión, prolijamente reseñados por nuestros historiadores, observaremos también, si nos sacamos las telarañas de los ojos, una acumulación importante de medidas y disposiciones que configuran el nacimiento de los Estados totalitarios en los tiempos modernos (algunas de estas medidas se habían tomado ya en los reinos de la Península y fuera de ella de forma gradual o esporádica antes de convertirse, entre 1474 y 1504, en un sistema de gobierno): establecimiento del Santo Oficio de la Inquisición con objeto de perseguir a los herejes y sospechosos de judaísmo y consiguiente celebración de autos de fe y construcción de quemaderos públicos; decreto de expulsión de los judíos no convertidos del 30 de marzo de 1492 en la recién conquistada Alhambra; creación de la Santa Hermandad, primer cuerpo de policía estatal que, aunque destinado a la persecución de los malhechores, se distinguió en seguida por sus abusos y procedimientos expeditivos, lo que motivó la oposición al mismo de las principales ciudades castellanas y andaluzas; pragmática de 1497 en la que se ordenaba quemar vivos a los culpables de "delito nefando contra natura"; decreto de expulsión de los "egipcianos y caldereros" (gitanos), so pena "de cien azotes y destierro perpetuo la primera vez, y de que les corten las orejas y estén 60 días en la cadena y los tomen a desterrar la segunda vez que fueren hallados"; incumplimiento y posterior revocación de las Capitulaciones de Granada, que reconocían a los musulmanes sus libertades religiosas y culturales; quema de todos los libros y manuscritos árabes ejecutada por Cisneros... Dejo a la inteligencia de los lectores la tarea de comprobar las similitudes de este período con lo acaecido en otros países en tiempos mucho más recientes. Una obra como La Celestina fue la respuesta genial de un joven de estirpe judía a la barbarie infligida a los suyos por el totalitarismo religioso: expansión de un pesimismo cósmico, fruto de la dificultad de vivir entre las redes de aquel implacable mecanismo represivo.

"Una sociedad se define no sólo ante el futuro, sino frente al pasado", escribe Octavio Paz; "sus recuerdos no son menos reveladores que sus proyectos. ( ... ) Aunque ( ... ) estamos preocupados por nuestro pasado, no tenemos una idea clara de lo que hemos sido. Y lo que es más grave: no queremos tenerla. Vivimos entre el mito y la negación, deificamos a ciertos períodos, olvidamos a otros. Estos olvidos son significativos: hay una censura histórica como hay una censura psíquica. Nuestra historia es un texto lleno de pasajes escritos con tinta negra y otros escritos con tinta invisible. Párrafos pletóricos de signos de admiración seguidos de párrafos tachados".

Si bien el autor de la luminosa biografía de sor Juana se refiere a los mexicanos, sus observaciones se adaptan a nosotros como anillo al dedo. La historiografía de Isabel la Católica es ciertamente una historia llena de signos de admiración y párrafos tachados. Sería, como es obvio, lamentable sustituir hagiografías como la del citado Walsh con otras obras que subrayaran tan sólo sus yerros y desafueros; pero su reinado, pese a su matrimonio con Fernando de Aragón y la toma de Granada, no puede definirse como el de la unidad de España (de la que quedaría excluida Navarra): fue más bien el inicio de su desdichado proceso de uniformidad. Ningún otro gobiemo originó como el suyo un retroceso tan grande de las libertades públicas y privadas, un acoso tan sistemático a las minorías.

Volvamos, para terminar, al bicentenario francés y su conmemoración de los principios y libertades políticos e individuales generados por los acontecimientos de 1789, y comparémoslo con el nuestro. El descubrimiento de América por los españoles fue una grandiosa proeza técnica y humana que cambió el rumbo de la historia; pero los valores que encama no tienen, como hemos visto, la misma vigencia y ecumenicidad: no podemos celebrarlo sin más, si su conmemoración no va acompañada de una reflexión sobre nuestra historia en esta fecha clave de 1492 y un rechazo saludable de sus leyendas y mitos. El proyecto no debe excluir el recuerdo. Las jornadas simbólicas de homenaje o reparación previstas para Sefarad en Toledo y Al Andalus en Granada son un paso por este camino. Quedan todavía las que, no sólo a título póstumo, sino de actualidad ominosa, debemos a los indios.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 5 de noviembre de 1988

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