Tribuna:VIAJEROS DE VERANOUNA CIUDAD LLAMADA PARÍS / 3Tribuna
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Montparnasse

No pienso ir a ningún espectáculo de los que antaño acreditaron la frivolidad de París, porque eso ya no se hace. Ni siquiera lo hacía 30 años ha. Aquellos fastos del Moulin Rouge o de Bobino o de los Concerts Maillol me daban pena más que otra cosa. Además, ahora, en verano, no creo que haya espectáculos así. Es un glamour provinciano y kitsch que no me inspira mucho. El paternalismo intelectual por los espectáculos cutres no se debe exhibir, so pena de caer en un topicazo que ya se disuelve.Sin embargo, me están dando ganas de visitar el cementerio de Montparnasse, que tengo tan cerca, que siempre tuve durante una gran parte de mi vida aquí, pues si bien todos los balcones del piso daban al Boulevard Raspail, una sola ventana -una ventanita alta y casi inaccesible- daba sobre el cementerio. Era la del cuarto de baño. Muchas noches de insomnio, a veces bastante gozosas y traviesas, yo escalaba hacia la ventanita con ayuda de un taburete y miraba aquella explanada de minúsculos monumentos panteónicos, de la misma estirpe que los pavillons familiares de la banlieu, de las afueras de París. Era impresionante de serena belleza las noches de luna llena. También lo era algunas tardes borrascosas de viento y lluvia. Es interesante ver una tormenta enterrada en un cementerio.

Pero en tantos años de vecindad apenas si lo visité una vez.

Eso fue cuando enterraron al director de cine Jacques Becker, el autor de Casque d`or, película que siempre me gustó, impregnada de una siniestra sexualidad a lo Maupassant. Aquella mañana estaba yo arreglando con mi destornillador el viejo pestillo de la ventana cuando vi entrar por una puerta lateral del cementerio a un grupo muy nutrido de gente bien vestida, pero extraña, que me intrigó. Aun de lejos, creí reconocer a alguien, no sé; el caso es que me puse unos vaqueros y una camisa y bajé a curiosear. Este debe ser un pez gordo del cine o del teatro, me dije cuando identifiqué a René Clair y a Simone Signoret, con los ojos más cargados de lágrimas que nunca, pues esta vez estaba llorando de verdad. La Signoret, que siempre fue bellísima, hasta en su madurez, me parecía una redoma llena de llanto con un tapón dosificador, con espita, de las botellas de licor en los bares. Aquella mujer aquejada de un seductor e hiperfemenino disgusto me despertaba instintos sádicos: llora, Simone.

Era el entierro de Becker, y la Signoret lloraba con razón, porque había sido su personaje más logrado el de la protagonista de Casque d`or.

Y ya no volví más hasta hoy. Hace un día tibio y muy nublado. Hay un amigo que entra conmigo. Un gendarme rubicundo, rosadamente ajamonado, jocundo como un galo primitivo, nos da las indicaciones requeridas de dónde se halla la tumba del poeta Baudelaire.

A medio camino me detengo, porque he recordado de pronto que este cementerio fue el teatro nocturno de las fechorías necrovenéreas del sargento Bertrand, a finales del siglo XIX. El sargento desenterraba recientes cadáveres femeninos y los galanteaba al máximo. En su vida cotidiana era un individuo rangé, nombre muy ordenado, que leería los periódicos muy atentamente a través de unas gafitas de pinza, con enjuta aplicación republicana. ¡Y ya veis! Era un pillín.

Baudelaire

No damos con la tumba de Baudelaire. Se supone que debe haber un remate que la distinga, un busto en bronce de los muchos que, por otra parte, aquí se ven. Caras todas ellas muy romanas por inflexión clasiquista del escultor, dotadas de unas máscaras chorreantes del verde claro, terriblemente mortal, de los bronces abandonados. Aquí no está, debe ser allí. Y no hacemos sino ir y venir sin descubrir el sepulcro del poeta de Las flores del mal.

Calla, que me parece que debe ser allí, donde hemos visto asomar un gato. ¿No le gustaban tanto los gatos a Baudelaire? Mira, otro gato. El cementerio debe de estar lleno. No busques más. Te aseguro que es allí, donde los gatos. Ven. Esto dice mi compañero, ¡y en efecto! Aquí es.

Claro, esta tumba no se distingue nada de las demás; al contrario. Es humildemente gotizante y se siente que también aquí podían estar enterrados Thomas de Quincey o las hermanas Brontë. Leemos: "Charles Baudelaire. Fallecido en París a la edad de 46 años, el 31 de agosto de 1867". Más abajo figura "Caroline Archenbaut Defalles. Viuda en primeras nupcias de Joseph François Baudelaire y en segundas nupcias del general Aupick, madre de Charles Baudelaire. Fallecida el 16 de agosto de 1871, a la edad de 77 años". Por encima de Baudelaire figura otro familiar que ahora no recuerdo.

En el extremo oeste del cementerio existe un monumento al poeta, pero aquí su tumba parece tan desasistida como cualquier otra. La posteridad no es siempre tan solícita como se cree. A la cabecera figura un tiesto cascado con unas ramas estropajosas. Una gata preñada se desliza con acecho selvático entre las tumbas.

Se está bien aquí; no estaría mal aprovechar este séjour veraniego en París para visitar los cementerios. Éste es un verdadero remanso. Qué silencio. Se ven ancianas señoras y caballeros -nada de mendigos- que se recogen sobre estos bancos, que meditan, leen y esperan. Parece que están haciendo antesala para morirse, que aguardan resignados la llamada del gran dentista, el que les va a arrancar todos sus dientes con la más solemne promesa de que lo va a hacer sin dolor. Sí, pero los pacientes saben que hasta ese momento no se les van a ahorrar las lágrimas.

Tropiezo con la tumba de Pierre Laval, que aquí figura con su mujer. Infeliz y siniestro Laval. La tumba es una gran pastilla negra, de una taciturna contundencia

¡Caramba! Y éste es Laurens, el escultor Henri Laurens, también sepulto con su mujer, Marthe Laurens. Los matrimonios ilustres y bien avenidos figuran mucho en este cementerio. Laurens era de los grandes que consignó Ramón Gómez de la Serna en su libro sobre los ismos. Sobre una piedra que puede ser basalto se presenta la escultura de una plañidera encogida, que es como una bola adornada de otras muchas protuberancias esféricas. Un verdadero Laurens de exposición. El famoso escultor ha llevado su exposición permanente al cementerio.

"François Coppée, de la Academia Francesa, caballero de la Legión de Honor". ¡Cómo no! En mi vida he leído a François Coppée.

En la tumba más descascarillada, pero la más gótica de todas -y en su sentido más peyorativo-, figura un solo nombre de mujer: "Elodia". Esto sí que parece un título de comedia dramática realista, algo muy largo y discursivo de Tristan Bernard.

Pero encuentro otra rabiosamente posmoderna, imposible de describir. Un alarde de coquetería fúnebre: "Silvia López, 26 años", y nada más. Que me perdone su memoria, pero se diría que aquí reposa una joven primera dama del Folies, en el caso de que no se trate de una envidiable nueva rica que murió sin hacer la felicidad ni la fortuna del más guapo galán de cine.

Salimos del cementerio reconfortados y pacíficos, como debió salir Ramón, que lo visitaría muchas veces. Veo hurgándose en las narices al gendarme rubicundo, acontalado en la casilla donde sin duda se guarecía también el vigilante que a finales del siglo pasado descubrió las necrófilas citas galantes del sargento Bertrand.

Y ahora nos alargamos hasta los grandes bulevares.

En este momento me pregunto cómo vería París una persona que no supiera nada de los prestigios histórico-artísticos de París. Que, al contrario que yo, paseara por esas anchas calles que fueron antiguos bulevares, paradigmáticos del bulevar -letra de Robert de Flers, música de Hoffenbach-, sin que ese conocimiento les mediatizase en nada. ¿Cómo ve París el buen salvaje que en todas las épocas aparece?

El buen salvaje echa de ver que esto sigue muy animado y que las casas de una aproximada altura -no exagerada, pero monumental- crean un aspecto sobrio, elegante y potente. Estos antiguos hicieron un París para mucho tiempo. Lo mismo se propusieron los burgueses de la Barcelona fin de siglo. La modestia de una capital en zapatillas como es Madrid le tuvo que entristecer a Carlos III, que venía de Nápoles, donde los palacios tienen unas puertas como para hacer entrar tres monumentales carrozas unas encima de otras.

Esto es lo que choca aquí a un madrileño, que todo tenga esta proporcionada estatura mayor. Y una cosa más -que luego comprobará visitando los nuevos edificios del Beaubourg-: que la arquitectura que ya empezaba a ser delictivamente posmoderna no tiene entidad ni medida porque no es seria. Y la arquitectura humorística es una frivolidad imperdonable, como sucede con la poesía humorística, a la que naturalmente no se le debiera ni llamar poesía.

Turistas

¿Qué otra cosa mejor podemos hacer que subir a la torre Eiffel? Bueno, yo diría que siempre me crea un poco de angustia subir a la torre Eiffel. Para mí es triste como un domingo de otoño en París. A mí me resulta triste todo lo alegre y no sé por qué. Ante el ascensor del restaurante se alinean dos o tres Rolls de película. No sé si es porque acabo de salir del cementerio, pero me resultan otros tantos sarcófagos de faraón. Lo faraónico-racionalistamecánico va mucho con este falo máximo del imperialismo político y cultural francés.

Lo de siempre. París es una casa bien puesta. Lo más interesante son los turistas: el grupo ratonil de los japoneses; el joven inglés de Oxford con su sombrero de paja y con su tía; los hindúes, pasados de color, de un oscuro lívido y frío; los argentinos, enterados de todo, y los españoles, siempre manifestantes y alegres. Una pareja de mozos con trajes de terciopelo negro, con pantalones acampanados, uno con chistera, otro con un sombrero de alas anchas, los chalecos llenos de dijes y medallas. Son dos alemanes de alguna región romántica e históricamente obcecada que levantan miradas de admiración porque parecen dos tipos de opereta. Los españoles, que aprovechan todas las ocasiones para lucirse de paletos, se les ríen en sus propias narices.Vemos París como tuvo que verlo a la fuerza Robert Belaunnais -que tanto se esforzó por distorsionarlo- y bajamos sin sentir el vértigo que yo sentía de joven. En el fondo es que no estábamos acostumbrados a las grandes velocidades de ascensor. Entonces, casi todos los ascensores de París tenían algo de berlinas, de sillas de posta, de plataforma para elevar a la abuelita y al señor ministro. Hubiera sido magnífico poder rescatar alguno para colocarlo en un salón. Aquí he conocido una casa decorada con los desguaces del antiguo metro y resulta un decorado mágico, lleno de sugerencias y de recuerdos del pasado más muerto de todos: el pasado reciente. Esto quiere decir que París no es siempre el mismo París. Muestro a un amigo español -a un buen salvaje- el Trocadero.

-Como ves, esto es de tarjeta postal.

-¿Esto ha sido siempre París?

-Sólo a partir de la exposición art déco. Pero de ello, y para ti, hace ya mucho tiempo. Así que, para ti, éste hubiera podido ser el de siempre. ¿Te gusta?

-Genial.

Desde aquí, el puente Alejandro aparece verdaderamente monumental, imperial y alejandrino. El elegante distrito 16 siempre es el mismo. Incluso más guindé, protocolario y afectado, pero muy limpio y muy vivido. El distrito 16 es un género de teatro, y por eso, en su género, está muy bien.Con todo, hay algo en estas calles que de inmediato yo echo de menos. Hace 30 años en estas calles se desarrollaban más escenas de alta comedia que ahora. Los caballeros y señoras con perro y paquetito colgando del dedo escasean. Ciertas bocanadas de inhumanidad se reciben por algunas esquinas, si bien quedan lenificadas por el caluroso verano. A lo mejor en el invierno vuelven los antiguos personajes, aunque lo dudo. Algo me dice que aquellos que se fueron no volverán.

En el artículo publicado ayer, en el penúltimo párrafo, donde dice derby debe decir Verdi.

* Este artículo apareció en la edición impresa del martes, 19 de julio de 1988.

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