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México escéptico

La corrupción y la omnipotencia del PRI pueden más que la promesa de un cambio social

Antonio Caño

Carlos Salinas de Gortari, que acaba de cumplir 40 años, dice que el 80% de los mexicanos son más jóvenes que él. Esto implica, afirma el hombre que el próximo miércoles se convertirá en presidente electo, una sociedad más crítica, más participativa y con más deseos de construir una nación moderna. El país real camina, sin embargo, con más lentitud que la dialéctica de los políticos: apenas comienza a vislumbrar la posibilidad de un futuro distinto, aunque lo desea, mira con ojos incrédulos los proyectos de cambio y sospecha profundamente de la palabra modernización.

El cambio en México es todavía una especulación de salón. La sociedad observa el espectáculo con la misma fría indiferencia con que ve los fenómenos políticos. Una parte del país se resiste al cambio que le proponen por que desconfía que sea a peor, otra simplemente no cree que nada vaya a cambiar. El desprestigio del sistema, el descrédito de toda la clase política, el hundimiento económico del país en los últimos seis años, conforman las coordenadas en las que tendrá que moverse el futuro.Hay, eso sí, necesidades nuevas, exigencias nuevas, una población menos temerosa y mucho más harta. Hay una situación social y económica mucho más explosiva que la que encontró Miguel de la Madrid hace seis años Hay una opinión generalizada de que "este Gobierno no sirve". Pero existen en México peculiaridades con fuerza sobrada para condicionar las formas en que la modernización vaya a ser aplicada.

Desde el trabajador manipulado por su cúpula sindical hasta el campes¡no intimidado y atemorizado del Sur, pasando por el miembro de una clase media urbana proletarizada y el estudiante al que la falta de empleos ha despertado del letargo de 20 años, todos creen que México no puede seguir así, pero ninguno confía en que el milagro ocurra. Nueve de cada diez mexicanos con los que se entable conversación en cualquier parte del país temen para el futuro inmediato lo mismo que han temido hasta ahora: corrupción, fraude, ommipresencia del Partido Revolucionario Institucional (PRI) y abuse, de poder por parte de las autoridades.

Pese a la desconfianza, el profesor del Colegio de México Lorenzo Meyer cree que existen deseos de cambio en la población. "La irritación de la sociedad mexicana con su situación de retroceso económico, inflación, desempleo y subempleo, deterioro ecológico, persistencia de la corrupción gubernamental y ausencia de un proyecto nacional alternativo creíble y aceptable para todos los grupos sociales: todo esto ha desembocado en una demanda de cambio de las estructuras políticas cada vez más abierta y compartida por mayores grupos, cambio que todos sintetizan en un término: democratización, pero que no significa lo mismo para todos".

En el autobús que une la ciudad de Reynosa, en plena frontera con Estados Unidos, con Monterrey, corazón industrial del país, Santiago, de 32 años, explica que el cambio que se tiene que dar en México es conseguir que el país se parezca a Estados Unidos. Él gana más de 1.000 dólares al mes trabajando como albañil "en el otro lado" y el mayor sufrimiento que menciona es que, hace una semana, la policía mexicana le amenazó con acusarle de tráfico de drogas si no daba un impuesto de tránsito.

Sin duda hay una interpretación mucho más sofisticada de la modernización que requiere el país entre los universitarios que guardan cola para ver la obra de teatro que más expectación ha despertado en los últimos años. Se trata de Nadie sabe nada, en la que aparece el México urbano tal y como es: guerras entre servicios de seguridad, periodistas a sueldo de la policía, vendedoras de tamales calientes en amaneceres nublados y sangrientos, mujeres agredidas, gente honrada que lucha por sobrevivir y hombres valientes que dan la vida por la verdad.

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Jovencitos 'flesas'

El autor de la obra, el periodista y escritor Vicente Leñero, afirma que quería reflejar la violencia institucional que padece México. "En este país", dice, "todas las instituciones gubernamentales y lo que las rodea está corrompido. Estamos en un país muy amargado, muy lacerado, donde nuestra ciudadanía se ha vuelto un poco cínica". Desde su prisma cree que "la sociedad se ha empobrecido culturalmente y el conocimiento se ha limitado. Hay muy poco cine, poco teatro, los libros son carísimos, el nivel académico ha bajado de forma impresionante". Queriendo ser optimista, Leñero dice que "una dictadura gesta un movimiento que explota, y éste podría ser el momento. Hay brotes de que eso puede ser así, hay más imaginación entre los artistas".Ivonne, de 26 años; Ilse, de 22, y Mimmy, de 25, forman el grupo musical Flans y reciben cada día miles de aplausos de jovencitos flesas (niños-bien-algo cursis-apolíticos) en todo el país. Dicen pertenecer a una juventud que se siente orgullosa de la educación recibida por sus padres, que cree en el matrimonio, que combate el consumo de drogas y que vota al Partido de Acción Nacional (PAN). Mimmy considera que el objetivo de la juventud mexicana es "estudiar para prepararse y competir mejor".

Las letras de sus canciones que ocupan primeros puestos en las listas de éxitos, hablan de un mundo de ensueño donde la gente se ríe, se enamora y es feliz. Letras perfectamente al gusto de la sociedad puritana, en la que triunfa espectacularmente el grupo Hombres G a condición de mutilar su repertorio: la canción Sufre, mamón se titula Devuélveme a mi chica y ha sido suprimida la palabra "mamón".

Hay un público distinto en los conciertos de otro español, Miguel Ríos, que atrajo hace poco meses a la plaza de toros de México a lo que en este país se llama chavos-banda, jóvenes vestidos con cueros negros y navaja en la bota que llenan los barrios bajos capitalinos con pintadas de "Sólo Stones". De dos meses para acá ha aparecido una ampliación de ese eslogan: "Sólo Stones, sólo Cárdenas".

Los autores de esas pintadas la mayor parte de los chavos-banda, son hijos de campesinos emigrantes, de padres que, probablemente, han llevado a alguna sobremesa el recuerdo del general Lázaro Cárdenas. En este recuerdo heredado, que en buena parte explica el éxito del fenómeno de Cuauhtémoc Cárdenas, hay mucho de recuperación de algunos valores de la historia mexicana, "de deseos de vivir un pasado que nunca se llegó a disfrutar a fondo", dice el periodista Antonio Ortega. Un pasado que cuenta con jalones como la legalización del divorcio en 1917.

A diferencia de otros países envueltos en perestroikas, México tiene, en opinión de muchos, un pasado, o una parte de su pasado, mejor que su presente y que los augurios del futuro. Recuerdos de esos felices años cuarenta en los que parece superarse la lucha de clases, y Cantinflas, como explica el escritor Carlos Monsiváis, se convierte en el "sinónimo del mexicano pobre, defensor de los humildes".

En el libro de más éxito publicado en el último mes en México, Escenas de pudor y livianidad, Monsiváis resume el cantinflismo glorioso en un mural que Diego Rivera pinta en 1953 y en el que Mario Moreno aparece "como el defensor de los pobres, el generoSo y justo proveedor de desagravios", con la Virgen de Guadalupe dibujada sobre el bolsillo de su gabardina. Es el retrato de una sociedad mexicana que se extiende hasta hoy y que, según Monsiváis, "no acaba nunca de ser plenamente moderna".

De Cantinflas a Hugo

Pero Cantinflas ya no satisface las ambiciones reprimidas, con sus calzones caídos, desde las pantallas del cine. El nuevo santo de los imposibles es Hugo Sánchez, cuyas carreras por los campos de fútbol de España siguen cada domingo millones de mexicanos. Sánchez simboliza hoy el orgullo de ser mexicano.Sánchez ha encontrado estos días un país estancado, más alejado del resto del mundo, más necesitado de una modernización. En comparación con su lugar de residencia, Hugo Sánchez cree que "mientras España ha avanzado a cien por hora, México lo ha hecho a uno por hora". En su opinión, el principal problema del país es la falta de liderazgo. "La gente no encuentra a quien seguir", dice.

Determinar el momento en que comenzó la cuesta abajo en México es algo en lo que no se ponen de acuerdo los diferentes analistas, pero a nadie se le borra de la memoria el momento culminante en que la matanza de estudiantes en la plaza de Tlatelolco en 1968 reflejó trágicamente el distanciamiento entre la realidad social y el sistema político.

El boom petrolífero de los setenta permitió un bienestar tan artificial como efímero, hasta caer en la profunda depresión económica de los ochenta, que situó al país ante la alternativa de cambiar o suicidarse. Carlos Salinas, Cuauhtémoc Cárdenas o Manuel Clouthier ofrecen soluciones distintas, aunque coincidentes en la necesidad de construir un sistema plenamente democrático.

Una sociedad diversa en la que el Norte quiere la revolución inclustrial y el Sur tiene miedo a la mecanización del campo. Un país mucho más urbano que hace 20 años -la población del Distrito Federal equivale a la cuarta parte del total nacional-, pero, sin embargo, profundamente provinciano y temeroso de lo extranjero.

Una encuesta reciente demostraba que sólo un porcentaje ridículo de entrevistados podía explicar el significado de la política de modernización que ofrece Carlos Salinas. Para la mayoría, y hasta que se les demuestre lo contrario, modernización es la nueva forma de llamar a lo que ha existido siempre.

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