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Tribuna:

Sospechosos

En un mundo cultural en el que los filósofos acusan al pensamiento crítico de oponer los palos de la sospecha al avance del carro de la historia, casos como el de Ingrid Strobl, encarcelada en la prisión de Múnich en situación de aislamiento total (acústico, visual, humano), nos incitan por una parte a pedir socorro y por otra a retomar un discurso crítico y receloso. Los ciudadanos siempre somos menos sospechosos que el poder.Periodista y escritora especializada en todo lo vejatorio contra la condición femenina, Ingrid Strobl estaba en las listas de radicales molestos y ruidosos, de los que rompen las armonías de sobremesa del balneario europeo. En uno de esos peinados policiales para encontrar drogadictos, terroristas y extranjeros, el celo indagatorio se centró en los sectores feministas, y allí estaba la periodista austriaca. Pasemos por alto una ocupación domiciliaria con todos los supermanes ametralladores de este mundo rodeando a la sorprendida austriaca. De cuando en cuando, el poder democrático necesita desentumecer sus músculos. En el caso de Ingrid Strobl, la liturgia es grave, pero es lo de menos. A esta mujer se la acusa de complicidad con un atentado terrorista porque en cierta ocasión compró un despertador de la marca Emes-Sonochrom y un despertador similar fue empleado en la construcción de una bomba de relojería.

Una lectura del acta de instrucción revela el decidido interés de implicar a la periodista molesta más que de descubrir a la terrorista posible. Éste es uno de los efectos más lamentables del terrorismo: cierra los ojos de una ciudadanía amedrentada y otorga al Estado la capacidad del ajuste de cuentas a todo lo que lo cuestiona. Los supermanes te registran y los jueces te decretan prisión en régimen de aislamiento total. Todo sistema necesita criados fuertes, pero también criados expertos en la interpretación del código de los señores. De todos los despertadores de Ingrid Strobl, el que más les preocupa no está en el sumario.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 8 de febrero de 1988