Editorial:Editorial
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Las víctimas de Daimiel

HA TENIDO que ocurrir el grave accidente de tráfico que ha costado la vida a 10 obreros de la construcción, integrantes de un grupo de 55 que se trasladaba desde Daimiel (Ciudad Real) hasta su lugar de trabajo, en Madrid, a más de 150 kilómetros de distancia, para que muchos ciudadanos se enteren de que en la moderna España de fines del siglo XX sigue habiendo trabajadores sometidos a condiciones laborales y de vida más propias del capitalismo manchesteriano de comienzos del XIX. Tras las cifras macroeconómicas, optimistas en el último período, sigue emboscándose la realidad dramática en que transcurre la vida cotidiana de miles de personas.Personas cuya jornada diaria se inicia a las tres o las cuatro de la madrugada, hora a la que tienen que levantarse para tomar el autobús que les conducirá a la ciudad para Hegar al alba al trabajo, del que sólo regresarán a sus hogares, situados a 100 o más kilómetros de distancia, cuando ya sea noche cerrada. Condiciones de vida y trabajo reiteradamente denunciadas en relación a colectivos de trabajadores extranjeros, como los africanos del Maresme o los portugueses de las minas de León, víctimas del abuso en las condiciones laborales.

Los obreros muertos en accidente de tráfico en la madrugada del pasado lunes pertenecían a un amplio colectivo de entre 5.000 y 7.000 trabajadores que, procedentes de localidades agrícolas distantes de Madrid hasta 200 kilómetros, están obligados a realizar tan largo recorrido para ganar el sustento de sus familias. Las provincias de Toledo, Ciudad Real y Cuenca, así como los pueblos de la zona sur de Madrid, constituyen la cantera que nutre este tipo de mano de obra. Con salarios que bordean el límite legal, llevados de aquí para allá, de obra en obra, la vida cotidiana de estos trabajadores se reduce en la práctica a trabajar ya domir.

Pero más que el desplazamiento cotidiano, que dificulta el contacto familiar e incrementa el riesgo de accidente, lo que hace particularmente abominable la situación de estos trabajadores es la explotación a que les someten quienes les contratan. Intermediarios al servicio de grandes empresas, constituidos en subcontratas dudosamente legales, los contratistas de esta mano de obra barata y poco conflictiva fuerzan a la baja los límites legales de los contratos laborales, tanto en lo que se refiere a la retribución como a las condiciones de seguridad e higiene en el trabajo.

No es fácil erradicar estas bolsas de explotación humana. En Europa, los organismos comunitarios vienen librando una ardua batalla contra los abusos que se cometen contra los trabajadores extranjeros ante las propias narices de las autoridades nacionales. El Consejo de Europa no se cansa de pedir a los estados miembros la ratificación de las diversas convenciones europeas que protegen a los asalariados, sea cual sea su país de origen y aquel donde venden su fuerza laboral. La experiencia vivida por el periodista alemán Gúnter Wallraff y contada en su libro Cabeza de turco pone el dedo en la llaga de este infamante comercio humano. España no es una excepción, y de tiempo en tiempo surge la noticia que recuerda que la explotación humana más inicua tambien sobrevive en nuestra sociedad.

La enorme manifestación de duelo habida ayer en Daimiel por las víctimas de este gravísimo accidente es un nuevo clamor contra la injusticia que convierte a los trabajadores en los primeros sujetos de una especulación que los deja indefensos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del martes, 17 de noviembre de 1987.

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