Leroy y la niña
Parece ser que es inevitable y no podemos escapar. Día tras día, y más concretamente tarde tras tarde, a eso de las 15.30, nos vuelven a acorralar sin piedad entre la pantalla de cristal y la digestión. Es ese momento crítico en que el cuerpo no responde a orden o estímulo alguno, ya que las últimas fuerzas se consumieron en el trayecto del trabajo a casa. Y entonces, de pronto, comienza el bombardeo: "¿Dónde has aprendido a bailar así?". "¡Esto sólo puede ocurrir en el país de la libertad e igualdad!". " ¡Un hombre que no existe, en un mundo que no existe!". "¡Me escogerán a mí porque soy perfecto!", etcétera, y términos que son el pan nuestro de cada día, como: justicia, amor, paz, hermandad, amistad, etcétera, cuyos signíficados tienen que ser antagónicos de la lengua española a la anglosajona y viceversa.Libertad en episodios donde se demuestra el predominio del más fuerte sobre el débil, paz que se adquiere a fuerza de puño o ráfaga de ametralladora, hermanamientos artificiales de guiones baratos y repetitivos y amores deshumanizados que no conmueven, a no ser la vergüenza ajena de cada uno de nosotros, las víctimas.
Y bien, la intención creo que se les ve: invasión ideológica bajo cuerda, y a veces no tanto, de lo peor de esa civilización y cultura con formato rectangular de barras y estrellas.
Se podía llegar a admitir reposiciones de series: se ganaría en calidad y el Ente ahorraría en el plano económico, ¿o es que se rompería algún tratado políticocomercial bilateral que nos arrastraría a un apocalipsis? ¡Ay, Pilar, Pilar!-


























































