El infierno que vino del cielo

"No sabemos, nadie puede saber cuántos cuerpos hay", declaraba en la noche del jueves un enfermero horrorizado por la amplitud del desastre. Los equipos de rescate no sabían por dónde empezar su trabajo, entre las chapas torcidas de los coches, los restos del fuselaje del avión y los árboles calcinados en un radio de 100 metros. Era imposible identificar los cadáveres, imposible distinguir una mujer de un hombre, un adulto de un niño, entre estos restos calcinados que los socorristas envolvían en bolsas de plástico.Muchos de los que se salvaron del impacto directo con la bola de fuego en que se había convertido el avión fueron alcanzados por las llamas que surgían por doquier del combustible inflamado.

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"No puedo creer lo que he visto", contó un testigo. "El aparato llegaba, a muy baja altitud y chocó con una torre de alta tensión. Hubo un gran relámpago. El avión viró hacia la izquierda de la autopista, arrancando e incendiando árboles. Luego se enderezó, se deslizó sobre la calzada, y finalmente explotó en el arcén".

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 31 de julio de 1987.

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