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Editorial:

La brisa de las aulas

HAY UNA industria de la cultura específicamente dedicada al verano. No tanto al verano, acaso, como a todos aquellos que buscan una suerte de redención por la inanidad intelectual a que se han visto sometidos durante el largo invierno.El verano, antes tiempo de dilación y de olvido enfrentado al suave paisaje del mar o de la montaña, se recluye en las aulas y busca la sombra académica de las instituciones en vez de la de los pinos o encinas. Desde hace algunos años las vacaciones son época de intensidad y, para muchos, de agobio. Todo lo que no se ha hecho, todo lo que no se ha dicho, todo lo que pudo ser y no fue busca en esa etapa dorada la consumación de proyectos a los que la razón, en momentos menos calurosos, pudo dar por imposibles. Los estudiantes descubren lagunas en sus programas de estudio; los profesionales, la inercia empobrecedora de su trabajo; los artistas, el radical aislamiento de sus musas.

Ante semejante desamparo, la única solución es correr desesperadamente en busca de alguna matrícula que abra las puertas del cursillo o del ciclo de conferencias reparador. Esa compulsión propia de la conciencia insatisfecha provee a instituciones de todo tipo -ayuntamientos, universidades, asociaciones culturales- de la materia necesaria con que modelar sus iniciativas.

No deja de resultar curioso que un país donde difícilmente cabe hablar de proyecto cultural en alguna de sus manifestaciones haya dedicado al verano tal volumen de energía. Parecería, en un primer golpe de vista, que la búsqueda de reparación afecta por igual a los estamentos culturales y a los individuos. Pero lo que pudiera no ser más que un sistema abreviado para compensar el ayuno de tantos meses se ha convertido de un tiempo a esta parte en una costumbre puntual a la que se dedica el esfuerzo de todo el año.

Muchas ciudades españolas que están incluso lejos de disponer de los más elementales servicios para atender a las necesidades de sus vecinos, tales como bibliotecas o teatros, se jactan en estas fechas de haber programado monumentales acontecimientos con los que aspiran a convertirse en capitales de la cultura -burocrática palabra donde las haya.

No queda más remedio, al ver ese furor destinado a estas actividades, que preguntarse si el esfuerzo se concreta en resultados palpables. Pero si hay alguna respuesta al empeño que se pone hay que buscarla, sin embargo, en ese intercambio simbólico en que ha concluido el proyecto del saber. En el fondo de toda iniciativa, particular o institucional, no está nunca el objeto que pretendidamente se busca. La gente no paga sus matrículas, ni las universidades programan sus cursos veraniegos, para adquirir u ofrecer algo no sabido. Es cierto que esa aspiración forma parte del impulso, pero tal deseo no es más que la expresión de una conciencia culpable dispuesta a recibir cualquier bálsamo. El particular espera esos efectos mediante el cumplimiento de un ritual de matrícula y asistencia a clase. Las instituciones cumplen así su mandato, desafiando el vacío que dejan atrás. Lo que se intercambia es esa necesidad y esa ausencia de verdadero proyecto, que a todos permite reingresar en el ritmo cotidiano con una saludable cura de ansiedad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 6 de julio de 1987