Amor patrio
Terminada la serie Amerika -que, por fin, me ha abierto los ojos-, y ante la falta de comentarios editoriales al respecto, una serie de angustiosos interrogantes me tiene sin dormir desde el sábado último: ¿para qué las fabulosas cifras que se gasta el Estado español en mantener un Ejército, con toda su costosísima infraestructura? Bastaría contratar permanentemente (o, en todo caso, eventualmente, si aquello supusiera un duro golpe para el señor Croissier) seis o siete docenas de desharrapados, a los que se les insufiaría un irresistible y ancestral amor patrio a cambio de unos mitones, una frugal colación y unjergón para dormir. Y si llegara el caso, por ejemplo, de que los ingleses nos invaden para estar más cerca de Gibraltar, no tendríamos más que dejarlos pasar, tratarlos amablemente para que no rompieran nada y a los pocos días soltarles esas seis o siete docenas de desharrapados alimentados con una ración extra de amor patrio, los cuales, no lo dude usted, darían buena cuenta de los ingleses, que, además, con las prisas, se dejarían olvidado Gibraltar.Sin embargo, lo que realmente me devora las neuronas, si que nadie me dé respuesta, ya que incluso mi psiquiatra se niega a recibirme, y eso que estoy al corriente de todos los pagos, es esta inquietante pregunta: ¿terminará Alice Milford casándose con su sombrerero?
Por favor, en cuanto usted s entere, me lo cuenta-


























































