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Tribuna:EL PAÍS DEL CANAL

"My name is Panamá"

MIGUEL ANTONIO BERNALPanamá es algo más que un canal. Ésta es la tesis que defiende el autor de este artículo, que expone una visión crítica del momento político por el que atraviesa su país. La crisis económica, las carencias del sistema político y el papel de las fuerzas armadas panameñas se explican aquí como muestras de lo que el autor entiende como el fracaso de un Gobierno de facto.

Muy contadas veces encontraremos referencia a Panamá cuando se analiza la crisis centroamericana, o cuando se condena el golpismo militar o las dictaduras que éstos han engendrado en el continente de los 500 años de soledad de los de abajo. Agobiados por 19 años de Gobierno de facto, cuyo saldo de fracasos, latrocinios y corrupción cabalga a la par de la carestía de la vida, el desempleo, la desnutrición, los panameños que abogamos por una sociedad civilista nos preguntamos si el precio a pagar por no querer ser solamente un canal es el de obligamos a convertirnos en un vertedero de intereses absolutamente ajenos a nuestro acontecer.Pieza clave para el ajedrez político de la región, Panamá vive en medio de una desesperanza interna que poco tiene que envidiar a sus hermanos del Sur o del centro, si lográsemos que los observadores eventuales dejasen de medir la violencia reinante en el continente basados exclusivamente en la sangre que se derrama o en el número de represiones callejeras.

Hace muchos años que en nuestra América, y el caso de Panamá es un ejemplo de ello, se aplica una represión económica, política y social que va dejando un saldo de víctimas y de daños para permitir la institucionalización de una denominada doctrina de la seguridad nacional, que no es más que la legalización y la legitimación del terrorismo de Estado, a niveles más sofisticados que la tortura, el encierro o el destierro.

Crudo monetarismo

En el área económica, el crudo monetarismo de los Chicago boys ha convertido a los dos mifiones de habitantes del país istmeño en los *ostentadores de la deuda per cápita más alta del mundo, donde el 23% de la población no tiene trabajo, al tiempo que más de la mitad del presupuesto nacional está destinado al pago de los intereses de la deuda externa; se importa el 86% de lo que se consume; país de servicios desde la época colonia], no hay una industria nacional, y tanto la agricultura como la ganadería sufren el abandono a favor de las operaciones financieras del gigantesco centro bancario al que concurren cuantiosas sumas de dinero para su lavado y secado, en el único país del mundo, además de Estados Unidos, cuya moneda oficial es el dólar.

La carestía de la vida y los bajos salarios contribuyen a que un ejército de 20.000 hombres perciba el 36% del presupuesto nacional y haya hecho de Panamá no un Estado que tiene un ejército, sino un ejercito que tiene un Estado. Mucho se habla de la necesaria desmilitarización del área centroamericana, pero mucho más es lo que se calla sobre la gigantesca militarización que vive Panamá, donde los tres órganos del Estado Gudicial, ejecutivo y legislativo) continúan dependiendo de la voluntad del general y no de la voluntad general.

En ese terreno, más que un país agitado, Panamá vive sobresaltado. A las protestas de los trabajadores en defensa de sus cada vez más conculcados derechos se han sumado médicos y educadores para expresar en las calles sus reivindicaciones. Suspensiones cotidianas de los servicios de luz y agua durante varias horas son utilizadas por el régimen militar gobernante para sembrar la angustia y el desasosiego y desviar el repudio nacional a su política antinacional, al servicio de organismos foráneos de financiamiento, que, tras hipotecar la economía nacional, se apresta a desmantelar la seguridad social y la educación pública a fin de que los panameños del año 2000 sean el modelo acabado del esclavo moderno.

El carácter autoritario de los detentadores del poder no admite disidencia u oposición organizada, y califica de "antipatriotas y sediciosos" a todos aquellos que no elogien sus acciones y rechacen el carácter cipayo con el que administran nuestros recursos. El canal de Panamá les ha servido de pretexto para parapetarse tras una demagogia nacionalista que sirva a la institucionalización de la caquicracia cuya somocización es encubierta por Washington y La Habana.

El verdadero nombre de Panamá no es el que nos brinda el estribillo progagandístico que ofrece la oficina panameña de turismo. Hoy Panamá sirve de maquiavélico ensayo de la razón de Estado de una sociedad internacional dominada por el maniqueísmo, donde la corrupción de las palabras y los valores es utilizada para ahogar en el silencio el clamor de un pueblo al que nos negamos que se le siga achacando la irresponsabilidad de quienes, desde su asalto del poder, se han encargado de hacer creer a la opinión pública mundial que Panamá es sinónimo de narcotráfico, traficante de armas y albergue de gánsteres.

En Panamá, donde, sin temor a equivocarnos, pronto tendremos otro presidente de la República producto del arbitrio exclusivo de los militares, queremos salir de esta noche para poder cumplir nuestra responsabilidad como Estado miembro de la comunidad internacional y apartarnos de la locura dionisiaca en que las botas han hundido al país.

Miguel Antonio Bernal es catedrático de Derecho Constitucional de la universidad de Panamá y periodista.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 2 de junio de 1987