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Tribuna:

Clausura

Clausura no es otra cosa que una confesión: la confesión de una obsesa por la eternidad, de, una enamorada de su Señor, la confesión enloquecida de quien compadece a los mortales pecadores que nos hallamos más acá de sus tapias conventuales. Esto, contado sencillamente así, puede hacer pensar en un monólogo maniqueo de monjita que suscite la sonrisa de unos o la compasión de otros. Pero se trata de un serio documental radiofónico que Sergio Zavoli, un periodista de la RAI que llegó a ser su presidente, realizó en 1957. Obtuvo el Premio Italia entonces y ahora lo ha redimido de los archivos y lo acabo de ver convertido en un programa de televisión de extraordinaria factura. Habrá que decir, pues, que o Zavoli sabía con quién iba a encontrarse o el azar le fue propicio. Sor María Teresa de la Eucaristía pasa en el documento por todos los estadios de la viva representación, sin que le falten ni la reflexión ingenua ni los ingredientes del éxtasis ni la manifestación estremecedora o paranoica, por utilizar un término de Federico Fellini al concluir su contemplación de la obra televisiva. A través de su alegato, del que no están ausentes ni los suspiros, ni las pausas, ni mucho menos los sorprendentes caracteres de la sensualidad, describe un mundo desconocido y manifiesta el ansia de consumarse en las sombras y en el silencio. Con un ritmo que pareciera dirigido, impuesto -no habría que negar mérito al montaje si lo hubiera-, esta madre Teresa de la clausura italiana de un carmelo de Bolonia se exalta en la expresión -del deseo por encontrarse finalmente con Él, por el cual tanto hemos sufrido. Non vedo l'ora di vederlo, dev'essere qualcosa di grandioso, di stupendo.La voz hermosísima de sor María Teresa es un valioso y fascinante instrumento. Y no lo es menos el contrapunto de las tres monjas entrevistadas con la protagonista. Una de ellas llega a expresar el dolor que las embarga cuando, tras la muerte de una cualquiera de sus hermanas en religión, y para darles sepultura un hombre pone las manos en su ataúd: la sienten mancillada.

Voces lejanas, necesitadas del ejercicio vocal tras muchos años de silencio, mujeres que se lamentan de no haber poseído en el exterior el mundo entero para entregárselo al Señor. Todo un universo extraño e increíble, alucinado y loco para unos y valiente y generoso para otros. En cualquier caso, una realidad explicada desde su verdad con la eficacia de la sencillez. Con una economía de medios que no oculta la dificultad de lo aparentemente simple -el oportuno sonido de una campana, el mágico subrayado de una música-, Sergio Zavoli pone en pie la sugestión y el misterio a través de una voz atormentada. La muerte y el amor abrazándose en las palabras.

El autor ha conseguido una operación de rescate del documento al que el decurso del tiempo, como sucede en lo tocado por el arte, no ha mermado en su conmovedor testimonio. Pero no se ha limitado a airear lo realizado hace un cuarto de siglo: ha conseguido un ejemplo de simbiosis entre la radio y la televisión, sin traicionar la materia original de su obra. "Por primera vez", ha dicho, "la televisión presenta a la radio". No sé si esto es exactamente así; lo que sí me ha permitido comprobar el programa televisivo de Sergio Zavoli es el valor de la palabra desnuda -tantas veces despreciado- en la pequeña pantalla. Porque la versión televisiva de Clausura no constituye una mera ilustración con imágenes cinematográficas del documental radiofónico, traducido a seis lenguas escuchado- por millones de personas. Se trata de una producción televisiva a la que la radio aporta historia y palabra -de extraordinaria Contundencia, eso sí-, en la que las cámaras, conducidas con talento por Zavoli, recrean el misterio, sin infidelidad alguna a la sencillez originaria y con la contribución que la hermosa plasticidad de las sombras y las luces monacales, la breve aparición de una procesión clausural o la répetida visión de una celosía ofrecen en una realización magistral que nos presenta un producto televisivo consumado. La radio y la televisión, cada una por su lado, han puesto su parte sin fisuras. El nexo de unión de los materiales se halla, sin duda, en el buen hacer profesional de Zavoli.

Pero hay un atractivo más que señalar en su documento: el modo en que la historia se completa desde su primera versión radiofónica (1957) a su presentación en la primera cadena televisiva de la RAI (1987). La monja protagonista, sor María Teresa de la Eucaristía, fue en estos años sufriendo una evolución personal en el contacto con el mundo que el documento radiofónico le proporcionó a través de cartas y comunicaciones de personas de todas las edades y grupos sociales. Este diálogo inesperado con el exterior la hizo replantearse su vida y entender, como le escribió a Zavoli en 1969 al anunciarle que abandonaba la clausura, que podía amar a Dios también en los hombres del mundo. Este proceso se cuenta en la segunda parte de la producción televisiva. Los 30 años pasados y el trajín de la calle no impiden que aún resulte melodiosa la voz de Teresa en su eremo de San Silvestre, a dos pasos de Collepino, una bellísima aldea que se halla en las cercanías de Spello. Allí ha levantado una casa de retiro y oración, donde compartir su vida con gente de todos los credos y condición que quieran acudir al lugar para retirarse a orar, estudiar o pensar, sencillamente.

Una tarde de esta primavera, bajando las laderas del monte Subasio, pude hablar con ella, junto a las ruinas de una abadía del siglo XII, cuya iglesia pretende recuperar del abandono. Le bulle la alegría en los ojos y cree en el mundo; sigue amando el silencio, serena y fuerte, pero no tiene miedo al ruido. Sus monjas no hablan de la muerte, y en el claustro abierto que ha fundado para convivir no hay un rincón de sombras. La misma capilla tiene por altar mayor la naturaleza, vista ésta por un enorme hueco, tan sólo separadas por un cristal límpido. Sor Teresa habla con entusiasmo del rodaje. No fue posible en un convento italiano y, por su intervención, me cuenta, se acudió a Suiza para obtener las bellísimas imágenes de la primera parte de esta nueva Clausura. Se extiende después en pormenores del gran despliegue televisivo realizado en San Silvestre para recoger el testimonio de su nueva vida. Tan convencida está ahora de que el mundo es tratable, que me narra el gesto generoso de un construtor comunista, quien, después de manifestarle su extrañeza por las vocaciones eremíticas y su convicción de que para nada sirven, se ofreció a construirle el convento con estas palabras: "Ya me lo pagará".

La silenciosa del Carmelo le ha cogido gusto a la palabra. Me entrega un libro con escritos de la celda y cuyo-título es No, non ho saltato il muro. Mientras la escucho no puedo dejar de recordar su antigua voz monástica en Clausura y pienso que de aquellas palabras a estas de ahora algún muro se ha roto. La culpa quizá, fue de la radio. Ahora, después del programa de televisión, durante dos días no ha parado el teléfono.

Sandro Bolchi, emocionado con la contemplación de Clausura, mostraba su esperanza de que el público, hoy agredido por imágenes y sonidos siempre violentos, pueda recuperar la belleza y la sugestión de la palabra. Una reivindicación que habrá que reiterar frente a la televisión y al teatro. Con frecuencia se confunden parafernalia y espectáculo, en acertada expresión que he leído en estos días, para huir de la esencia verbal. Contra ésta se han manoseado tópicos orientales y fanatismos gráficos que en la desmesura alcanzan su vaciedad. Clausura es un manifiesto a favor de la palabra.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 14 de mayo de 1987