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Tribuna:

En Toledo, con tacón de aguja

Última jornada del viaje de Carlos de Inglaterra y su esposa, lady Di, esta vez en Toledo, antes de dirigirse a Granada, donde retozarán en plan absolutamente recoleto. La princesá de Gales demostró en esta ocasión que quien la busca acaba encontrándola. Tanto vestir bien, tanta finura, y en la empinada ciudad de Toledo acabó sitiada por sus propios artilugios de conquista. El traje gris con rayas blancas se le convirtió en sudada prisión, y qué'decir de los zapatos -a juego, naturalmente-, que con su fino tacón de relativa aguja la condenaron a conocer íntimamente el pavimento que trotaron antaño los antiguos sefardíes.Gran diferencia entre ella y nuestras Reina e Infantas, muy bien vestidas, pero calzadas con comodidad. Entre otras cosas, doña Cristina demostró ser la gran triunfadora de esta tournée, haciendo gala de un estilo desenvuelto e italiano que, para mis adentros, adelanta que la casaremos, y bien, muy pronto. Doña Sofía llevaba unos zapatos de mucho -trote, de esos bien conocidos y amados que se usan en excursiones arqueológicas.

Pero la linda tapada iba, una vez más, dispuesta a defender la línea británica de vestimenta, que consiste en una curiosa mezcla de El puente de Waterloo y 39 escalones -primera versión-, a saber: romanticismo y una especie de dureza colindante con Lawrence de Arabia y él general Montgomery. Muy, pero que muy anglicana. Monseñor Marcelo González Martín, que recibió a la comitiva a la puerta de la catedral de Toledo, acompañado por cinco seráficos monaguillos -en representación del total de 60 que integran la nómina-, parecía estar muy al corriente de que éste era el Waterloo de la acrisolada estética de nuestra bella hereje. Sonreía, caritativo.

El Rey, seductor como siempre, los hizo bajar a todos de la furgoneta familiar con la que habían llegado a Toledo, y ahí fue el final de lady Di. venga a caminar por las empinadas callejas, mientras las lugareñas, desatadas, trataban de zarandearla y, en parte, lo conseguían. Hubo un momento en que creímos que la princesa de Gales se iba a quebrar, con una mano de toledana tipo garfio aferrada a su brazo y sus 46 kilos oscilando sobre los tacones de aguja que, vanamente, trataban de mantener una relación equilibrada con el empedrado. La señora Kiloran McGrrigor, escocesa del servicio de seguridad de Buckingham Palace, hiw lo que pudo por no mandar a todo el mundo al cadalso.

Diana no podía más, y el Rey seguía enseñándole cosas, orgulloso de esta tierra nuestra. La Reina tuvo el detalle de regalarle a la inglesa un plato artesanal toledano, damasquinado, de 45.000 calas, y un juego de café, más modesto, pero es que el café inglés tampoco es la pomada. Ella puso cara de apreciarlo.

Se van de España el domingo. A ella le da tiempo de comprar el último Hola.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 25 de abril de 1987