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Tribuna:LECTURAS DE AÑO NUEVO

La Nochebuena más feliz

He aquí un relato de Nochebuena, llamado, además, como corresponde al deseo que se advierte en las postales y en las calles. De su autor se puede esperar todo, así que dejémosle contar, con la dosis de ternura con que ha abordado las más diversas narraciones, desde aquellas que predicen el final del ahogado a las que conducen por el camino verosímil de la felicidad. Es Juan José Millás, valenciano de 40 años, que ha publicado las novelas Cerbero son las sombras, Visión del ahogado, El jardín vacío, Papel mojado y Letra muerta.

De modo que eso que le pasaba a ella se llamaba dependencia.Tenía 67 años y llevaba bebiendo desde los 40, pero jamás había pensado que este hábito de tomarse unas copitas al día hubiera sido objeto de atención científica ni que su caso formara parte de una serie de estudios desarrollados bajo el título general de dependencias. Pero en la pantalla del televisor en blanco y negro había un doctor con barba que hablaba del tema con mucha seriedad y a veces aparecían también imágenes de bares con señores bebiendo, alguno de los cuales le sacaba la lengua o le daba cortes de manga al espectador.

Sin embargo, ella no era así. Aunque humilde, había tratado de ser siempre correcta con sus contemporáneos y era apreciada entre los vecinos por su buena disposición para ayudar a todo el mundo, pero también por sus maneras educadas en la relación con los demás.

Vivía en una casa antigua, cerca de la calle de Serrano, donde su marido y ella habían ejercido de porteros. Cuando les llegó la hora de jubilarse, la caridad de los vecinos, o quizá las leyes laborales de la época, habían hecho posible que permanecieran en el minúsculo piso el resto de sus vidas.

Su marido se murió al año justo de la jubilación y a los tres meses de la boda de su hija; así que ella se dedicaba ahora a agotar ese privilegio tomando copias de coñá y viendo las imágenes que desfilaban por el televisor sin prestar atención al argumento. Pero hoy, precisamente hoy, en un día tan señalado, había salido un señor con barbita que le recordaba a su padre, y por una cuestión de respeto había subido el volumen para escuchar lo que decía (a veces los muertos utilizan estos trucos para enviar mensajes a los vivos), y resulta que la estaba comparando con unos borrachos descamisados sin educación ni principios.

Recordaba perfectamente cuándo había comenzado a beber: fue en torno a los 40 años. En aquella época su marido se bajaba a la portería a primera hora de la tarde y su hija se iba al colegio. Entonces ella encendía el televisor, se servía una copita de coñá y se tumbaba en el sofá de tal modo que pudiese dominar al mismo tiempo la pantalla del aparato y el espejo del aparador. Al tercer sorbo comenzaba a comprender la existencia. "De modo que era esto", se decía, "hay otra vida, pero entramos en ella poco a poco".

Entonces se miraba en el espejo del aparador y advertía que de su envejecimiento se alimentaba otra que estaba en el otro lado de las cosas y que constituía una versión gloriosa de sí misma. Envejecía, pues, para darle la juventud a su propio reflejo.

Tal comprensión de la realidad no le evitó, sin embargo, contraer en aquella época una penosa y larga enfermedad relacionada con los asuntos del alma y que los médicos diagnosticaron como trastornos propios de la edad. Durante algunos años no se movió de su casa ni vio a otras personas que no fueran su marido y su hija. Salía del abatimiento para entrar en el sueño, donde efectuaba el trasbordo que la conducía a la tristeza. Pero las tardes seguían siendo maravillosas frente al televisor, el espejo y la copa de coñá. "De modo que la vida era esto", se repetía una y otra vez; "es posible ver cosas que los demás no ven".

Un día de primavera se vistió, se pintó y salida la calle. Se ha curado, pensaban todos. Pero ella sabía que no había estado enferma, sino que había atravesado -como las orugas- una fase de reposo para convertirse en otra y fortalecer así el desarrollo de la que a su costa crecía al otro lado del espejo, al otro lado de la vida.

Recorrió con placer la calle de Serrano y se acercó hasta el edificio de Abc, donde tenía un amigo conserje. Después continuó paseando en dirección a la iglesia de los jesuitas, para dar gracias por su mejoría, y al llegar a Juan Bravo tuvo una alucinación: vio un enorme edificio que parecía nacer abajo, en la Castellana, hecho todo él de cristal, de espejos.

Se dirigió hacia allí pensando que el edificio desaparecería de un momento a otro, pero no sólo no desapareció, sino que sus espejos la reflejaron sucesivamente mientras recorría el paso elevado de Juan Bravo.

Desde este lugar vio también otras construcciones rarísimas; así, por ejemplo, una de ellas tenía un techo semicircular del que salían unos tubos rojos muy bonitos que evocaban la cubierta de un gran barco. En fin, allí mismo, a sus pies, crecía todo un conjunto de edificios, limpios como una bandeja de plata y su gestivos como una arquitectura de cuento de hadas, que parecía una muestra, un adelanto, de lo que una podría encontrarse al traspasar los umbrales de la realidad inmediata.

Consideró la posibilidad de que todo aquello no fuese una alucinación sino el resultado de una fiebre constructora acaecida en el barrio durante su retiro. Pero la desechó enseguida, porque no era posible levantar una casa tan grande colocando un cristal sobre otro sin que éstos se rompieran, con grave riesgo para los transeúntes. Dedujo, pues, que se trataba de una visión particular que podía deberse a los efectos del alcohol. La visión era tan agradable que valía la pena seguir bebiendo con moderación.

De manera que no comentó nada a su familia, pero todas las tardes, tras tomar dos copitas, se iba al paso elevado de Juan Bravo y contemplaba aquella ciudad maravillosa, llena de luz, puesta allí para uso exclusivo de sus ojos.

Sin embargo, el de la barbita que le recordaba a su padre no dejaba de lanzar amenazas gravísimas desde la pantalla a todas aquellas personas habituadas a beber más de dos o tres copas diarias.

Se levantó, dejó el aparato sin volumen y salió al pasillo a coger el teléfono, que llevaba un rato sonando.

Era su hija. Le dijo que esa Nochebuena no irían a cenar con ella, porque su casa era muy pequeña y porque era un follón desplazarse desde Móstoles con los niños.

-No te preocupes, hija -contestó.

-De todos modos -replicó la hija-, podrías venir tú a cenar con nosotros y dormir en el sofá. Julián tiene que ir mañana al centro y podría dejarte en casa.

La anciana insistió en que no

LA NOCHEBUENA MÁS FELIZ

estaba dispuesta a aceptar ese plan. La hija parecía disgustada o culpable.-¿Y vas a cenar sola en una fecha tan señalada? -preguntó.

-Sí -dijo, y colgó el teléfono sin más explicaciones.

Después se dirigió a la cocina, donde guardaba la botella de coñá, porque el señor de la barbita le había estimulado las ganas de beber. Desde la calle llegaba el ruido de los petardos navideños y por los tabiques se filtraba la excitación de los pisos vecinos, cuyos habitantes hacían preparativos para la gran cena familiar.

Antes de abrir el armarito revisó el grado de suciedad acumulado sobre la nevera, el antiguo fogón y los baldosines: le pareció aceptable: Hacía dos meses que había decidido no limpiar la cocina nunca más en virtud de unos cálculos según los cuales ella habría de morir antes de que la suciedad alcanzara un extremo de abandono excesivo. Esta carrera entre la grasa y el polvo, de un lado, y su vejez, por otro, le resultaba divertida, pero algunas tardes le acometía el temor de haber echado mal las cuentas y de acabar como esas traperas que al morir salen en los periódicos por haber vivido sobre un montón de basura.

La botella estaba vacía. La volcó, no obstante, sobre el vaso, por si se tratara de una confusión óptica, pero del recipiente no salió una sola gota de coñá. No podía ser, la había estrenado esa mañana y venían a durarle dos días. Aunque últimamente calculaba mal. Ya el mes anterior se había quedado sin coñá y sin dinero dos días antes de cobrar la pensión y había tenido que pedirle prestado a una vecina.

Sintió una punzada de miedo en el estómago y corrió a ver el monedero, donde encontró unas monedas con las que no habría podido comprar ni una botella de vino barato. No cobraría otra vez hasta el 1; hasta el 2, porque el 1 era fiesta.

Se fue al saloncito y se tumbó llorando en el sofá. En el televisor ya no estaba el señor de la barbita; unas chicas jóvenes, con las piernas muy largas, anunciaban un champán que se derramaba como el oro fundido sobre una copa de cristal, formando una hermosa columna de burbujas en el centro.

Se secó las lágrimas, miró hacia el espejo y vio que la otra, muy parecida a las chicas del anuncio, sonreía indiferente a su drama personal. Volvió a llorar ahora con más fuerza, y se quedó dormida.

La despertaron, a eso de las once, los gritos de la casa de al lado. Parecían ser todos muy felices. Sintió hambre.

Se incorporó con dificultad y fue a la cocina. Abrió el armarito donde guardaba las conservas y sacó una lata de atún. Mientras el abridor se deslizaba por el borde del recipiente, tuvo, como siempre, un movimiento de aprensión provocado por la fantasía de que en el interior de la lata hubiera algo distinto a lo, que anunciaba la etiqueta. Unas veces pensaba que en lugar de atún podría encontrar sardinas, o mejillones, pero también el resto de una dentadura o una llave de oro. Quién sabe lo que puede aparecer en una cosa tan cerrada y que viene de lugares tan lejanos.

Le sorprendió en seguida que de la herida abierta en el costado de la lata no manara la porción de grasa habitual. Daba la impresión de estar seca. Continuó abriéndola con el corazón en la garganta, y finalmente levantó la tapa con la punta de un cuchillo por si hubiera dentro algo desagradable.

Había una botellita de coñá, como las que coleccionaba su tendero y que eran tan bonitas. Inmediatamente cogió otra lata, la abrió y volvió a encontrarse con una botellita idéntica a la anterior. Contó el número de latas y calculó que tenía provisiones para dos semanas. Regresó al salón entre risas y lágrimas con un cargamento de conservas en los brazos. Por la televisión estaban dando lamisa del gallo. Se tumbó en la postura habitual y advirtió que el espejo se había quedado mudo, sin reflejos.

"De modo que la vida era esto", dijo en voz alta, feliz, mientras destapaba la primera botella.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 24 de diciembre de 1986

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