Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Tribuna:

El espacio literario

Otra ciudad para la imaginación; esta vez, nublada y atlántica, la Lisboa de José Saramago en su admirable novela El año de la muerte de Ricardo Reis, y a través de las inquietantes páginas de Saramago reaparecen otras Lisboas olvidadas: la de Pessoa., evocada en estas mismas páginas; la de Ega de Queiroz, soñada en la biblioteca paterna de mi juventud, y la temible Lisboa achatada y unidimensional de mi breve experiencia lusitana en los últimos años de la dictadura de Oliveira Salazar. Todas ellas vuelven a adquirir vida, al sumar sus diversos ecos a la Lisboa de esta novela.Para este escriba, una de las cualidades más atrayentes en la literatura es la creación de un espacío novelesco donde no sólo los personajes se mueven y respiran, sino donde medra la emoción del autor. Ciudades que son siernpre visiones parciales, subjetivas del que las crea, pero que actúan como metáforas potentes, el verdadero corazón de la novela, que hace pulsar su sangre, haciéndola volver y volver a él para adquirir más y más fuerza y alimentar más personajes, y situaciones, y significaciones. No es la ciudad-telón-de-fondo, a veces tan admirable creación como la Venecia de Henry James en The aspern papers; pero James, pese a sus excelencias,es un autor sin ciudad, carente de un espacio específicamente suyo, y su Venecia no pasa de ser el más maravilloso de los decorados. Hay, en cambio, ciertos autores que han construido ciudades inolvidables con palabras, ciudades que son más ciudades y más emocionanteis que las ciudades de piedra, historia y barro de la realidad, y a veces más eternas: el París nocturno y cargado de amenaza de Víctor Hugo en Los miserables o La Habana de Cabrera Infante en La Habana para un infante difunto. En ellas no hay novela sin esa ciudad parcial, limitada, que los autores vieron. Y no hay ciudad sin el pulso de las palabras de esas novelas. El Dublín de Joyce. El Parísamado y odiado de Rilke. El Sari Petersburgo de Dostoievski. Para mí, en el recuerdo, Nueva York en las páginas de Thomas Woolfe, que fue una especie de Eldorado de mi juventud. En todas estas creaciones, la ciudad imaginada vive y duele e invade el texto con su pasión e inexactitudes y limitaciones, como en el caso del Buenos Aires de Borges, por ejemplo, no descrito, pero sí emocionalmente presente, determinando toda una parte de la literatura borgiana.

Es esta pasión por una ciudad, por Lisboa, lo que constituye el centro neurálgico de El año de la muerte de Ricardo Reis, de Saramago, por otra parte, una creación tan desapasionada e irónica. Pero ¿quién es Saramago? La escueta solapa, fuera de la fotografía de un rostro como la máscara de,Gide, dice que nació en 1922 y que es la gran revelación portuguesa de la literatura europea presente. Da los nombres de dos novelas suyas, además de ésta, que estarían "en preparación". Nada más. Pero esta novela curiosísima entronea con la literatura portuguesa, y se aclara a sí misma y al autor al escoger como personaje central a Ricardo Reis, uno de los heterónimos del poeta Fernando Pessoa. Este curioso poeta no se conformó con ser él mismo -o no pudo serlo, no tuvo facultad para hacerlo, y su vida fue un infierno de soledad en esta misma Lisboa de que nos habla Saramago-, sino que, Ipara poder escribir, creó tres personajes distintos, tres poetas diferentes de temperamento, sensibilidad y estilos distintos, que fueron escribiendo sus poemas, ya que Pessoa mismo jamás tuvo la capacidad de asumir su propia identidad y sólo pudo cobrar existencia en sus heterónimos: Ricardo Reís, Álvaro de Campos y Alberto Caeiro. La novela de Saramago supone un Ricardo Reis que es médico y regresa a su Lisboa natal a morir después de casi 20 años en Brasil. Relata la pequeña vida diaria de un hombre solo y un poco perdido, pero de gran inteligencia, al reencontrar esta ciudad que es la suya. Uno piensa, en la ciudad, en Ithaca, de Kavafis, y lo inexorable que es el haber nacido y pertenecido a una ciudad y cómo se hace necesario volver a ella.

Toda esta novela es sugerente de lo literario. Supongo que responde en algún sentido a la sensibilidad más contemporánea, el amor por la literatura sobre la literatura. Esto la coloca en la vanguardia de la novela de hoy. Ricardo Reis es escritor. Dialoga con el espectro de Pessoa, poeta; hablan de seres imaginarios, pero que en muchos casos ya tenían existencia en las páginas de Pessoa, notableínente en su perturbador El libro del desasosiego -Pessoa muere en 1935; el texto se publica por primera vez en 1982, semidiario, semiautobiografía, algo de novela: género híbrido, muy contemporáneo, tan difícil a veces como Joyce; uno de esos textos deslumbrantes que los que no pertenecen al círculo encantado y exigen literatura útil o entretenida llaman con desdén literatura para literatos, que, claro, es la, mejor de todas-, y evoca instancias de la vida del poeta, aunque el personaje central, desglosado de Pessoa, es el individuo Ricardo Reis. La literatura como personaje central de la literatura: como en la brillantísima novela nueva de Francesca Duranti, La casa del lago de la luna, en que el protagonista termina muy aptamente devorado por su creación literaria.

Novela apasionante la de Saramago: nueva, inteligente, melancélica, irónica, cruel. ¡Pero tan humana y, pese a lo irremisiblemente desolada, tan cálida! Hay muchos que la encontrarán plana: Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa están escribiendo novelas policiacas, como también Suskind y algunos best-sellers. O novelas políticas, que se han transformado en un subgénero de la novela policiaca: puro nervio, puro músculo, sin lo que una buena amiga mía llamaba el rinconcito para el misterio". El día de la muerte de Ricardo Reis es exactamente todo lo contrario de la literatura musculosa.

Pura alusión e ironía, lo activo en ella se reduce a alguna triste y pedestre seducción, y a paseos por las calles lisboetas, que yo recuerdo celestes, amarillas, rosa muy pálido, diluidas en la acuarela de la luz reflejada del Tajo, en la neblina y en la lluvia. Dicen que la novela latinoamericana contemporánea, que ocupó lugar de preferencia en las editoriales y para el público desde 1960 en adelante, está comenzando a perder terreno, lo que para un profesional como yo no deja de ser perturbador. Y dicen que las bodegas de las editoriales están llenas de los restos no vendidos de tiradas gigantescas. Se murmura, en cambio, que hoy la novela, la gran novela, no proviene ni de Latinoamérica, ni de los países que tradicionalmente han producido la cultura: Francia, Reino Unido, Alemama, EE UU, sino de zonas en cierta medida marginales. Por cierto, de Checoslovaquia, ya que hoy Kundera es sin duda el novelista más leído del mundo, aunque yo, personalmente, estoy bastante aburrido con su repetitivo torrente de palabras. También de la India -el éxito de Hijos de la medianoche ha sido espectacular, aunque su autor, Ruslidie, no ha seguido por el mismo camino-, de Japón, de Polonia, de Israel, de Suráfrica, cuya escritora principal, Nadine Gordimer, ha sido y sigue siendo candidata al Premio Nobel año tras año y sería de los Nobel más merecidos..., y ahora, Portugal: de algún modo, y pese a las diversas y distinguidísimas tradicionales literarias de algunos de estos países, todos tienen algo de marginal a los centros tradi-, cionales de la producción de la cultura. Tanto que en el Tíbet ha surgido una generación de novelistas del realismo mágico, del que los nuevos novelistas chinos; se han apropiado.

¿Quién más, fuera de Saramago? ¿Qué otros escritores; portugueses? Me preparo para conocerlos en cuanto se traduzcan. Pero para mí, leer a Saramago es, en cierta medida, releer -a un nivel y con un estilo, por cierto, muy distintos- a Era de Queiroz, el del Epistolario de Frandique Méndez. Se dice que el Primo Basilio es la más importante novela de adulteno jamas escrita. Habrá que releerla. Recuerdo al sofisticado protagonista de La ciudad y las sierras, en el último capítulo, cuando se retira a vivir en el campo, asistiendo a rnisa del brazo de una campesina ¡que era su amor, regordeta y risueña, y luciendo el collar que perteneció a María Antonieta, sin saber quién fue esta señora, regalado por su refinado galán. Y recuerdo el regreso del sobrino en su viaje a Jerusalén, financiado por su tía, para traerle una reliquia (naturalmente en La reliquia), que al desempaquetarla a su regreso, ante los ojos asombrados de la anciana., caen prendas íntimas femeninas, trofeos de sus andanzas por Tierra Santa. No hay carcajadas como las de Era de Queiroz en Saramago. Pero sí una risita irónica, subyacente a una melancolía a veces insoportable, piara mí muy característica de Lisboa.

Recuerdo mi permanencía de dos meses en esa ciudad, creo que en 1966. Repleta de militares. Angola todavía les pertenecía. La miseria era escandalosa, y la ciudad de acuarela tenía también algo de desharrapado, de desesperanzado, no demasiado distinto al Santiago de hoy, que partía,el alma. La juventud andaba con los dientes apretados de fúria, metidos en sus uniformes, militares. ¿Cómo no, si el dictador ordenó que los jóvenes hicieran el servicio militar durante: cuatro años, cuatro años vacíos que empobrecían a las familias e interrumpían los estudios? Pero así se quitaba a la juventud díscola y descontenta de en medio y la mandaba a Angola. Recuerdo haber cenado en casa del señor Stein, cónsul de Chile, que me invitó con mi esposa a conocer a una escritora cuyo nombre, por desgracia, no recuerdo. Sí recuerdo, y muy vivamente, en cambio, su respuesta cuando se le sugirió que era necesario tener paciencia para esperar el advenimiento de la democracia, y ella respondió con desesperación, que es también la nuestra.

¿Y mientras tanto? ¡Se nos va la vida, se nos va la vida!

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 7 de octubre de 1986