Tribuna:A Femando SavaterTribuna
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El hombre con dos sangres

Ésta es una historia triste y verdadera.Aquel hombre -hecho extraño, inquietante y terrible- no tenía una sola sangre como, según algunos, deben tener todos los hombres normales y decentes, sino que tenía a la vez dos sangres distintas. Por si eso no fuera ya bastante grave, las dos sangres de aquel hombre eran además, según le repetían con insistencia, tan esencialmente opuestas e incompatibles, tan contradictorias y, enemigas, que no podían o no debían correr simultáneamente por las venas de nadie.

Aquel hombre lo sabía, pero nunca se había inquietado por ello, sino que, por el contrario, siempre se había enorgullecido de su pareja de sangres distintas, porque desde muy niño había escuchado fascinado y con los ojos llenos de lágrimas con cuánta pasión y entusiasmo su padre, que era un gran poeta y un prodigioso narrador, contaba la larga y maravillosa historia, peninsular y ultramarina, de aquellas dos sangres: la historia bella y grandiosa de la sangre solar y, con igual emoción, la historia grandiosa y bella de la sangre neblinosa, que conocía tan bien.

Toda su vida, aquel hombre había sentido con una inmensa felicidad y exaltación de qué modo tan bello hervían a la vez en sus venas y se entremezclaban gozosamente en ellas, a través de aquellas dos sangres, soles y neblinas, páramos y rías, encinares y manzanales, dehesas y caseríos, componentes entrañables de una tierra que se sentía con derecho a llamar suya.

Pero un día las cosas empezaron a estropearse definitivamente.

Un día, en efecto, aquel hombre sintió horrorizado de qué modo su propio cuerpo, que él siempre había creído sometido a su razón y a su voluntad, se alzaba contra éstas y se convertía en un auténtico campo de batalla.

Las dos sangres de aquel hombre, la sangre solar y la sangre neblinosa, que hasta entonces habían vivido dentro de su cuerpo en una feliz armonía por la que se enriquecían y fecundaban recíprocamente, pretendieron alzarse cada una de modo autónomo y exterminar a la contrincante, para dominar en exclusividad aquel cuerpo.

Las dos masas de glóbulos diferentes, la de glóbulos solares y la de glóbulos neblinosos, se convirtieron de repente en bandos o bandas armadas de glóbulos enemigos que recorrían en son de guerra todo su cuerpo, fagocitándose recíprocamente y sitiando, cada uno por su lado, el bazo, el hígado, el corazón y todos los órganos para hacerse con ellos en su provecho exclusivo.

Las dos clases de glóbulos de aquel hombre ya no se soportaban una a otra. Los días de aquel hombre estaban, pues, contados.

A esta atroz guerra interna vino a unirse una tremenda amenaza externa en forma de otros hombres, que, para ayudar desde fuera a que uno de los dos bandos de glóbulos exterminara al rival y dominara en exclusiva el cuerpo de aquel hombre, fueron a exigir a éste, de modo imperativo, que sólo reconociera como propia una de las dos sangres y rechazara como espuria a la otra, pues era para todos intolerable que dos sangres así, tan esencialmente opuestas e irreconciliables, pudieran coexistir, y menos convivir en paz, en ningún cuerpo humano.

Ante tan inesperada y terrible exigencia, el hombre se defendió con uñas y dientes y juró a gritos, a quien le quiso oír que él nunca, en ningún caso y pasara lo que pasara, renunciaría a ninguna de sus dos sangres, que por igual sentía como propias y consustanciales con su ser, la sangre solar y la sangre neblinosa.

Otorgar a aquellos hombres una preferencia por una de sus dos sangres y obrar en consecuencia, quedándose allí o marchándose de allí, le parecía a aquel hombre tan imposible, humillante y monstruoso como debió parecerle a Fausto conceder a Mefistófeles que, al fin, había elegido y logrado la felicidad.

El hombre recordó llorando, para reafirmarse en su resolución, con cuánta pasión, firmeza y eficacia se habían fundido un día, según su padre le había contado, la sangre neblinosa de su abuela la de Bilbao, nacida en la calle de Henao, tan rubia y de ojos tan claros, que había estudiado en el Sacré-Coeur de Pau, con la sangre solar de su abuelo el de Coria, brillante médico extremeño formado en París y en Alemania, propietario de caballos y médico del rey.

Todo en vano. La guerra entre las sangres seguía haciendo estragos en el cuerpo de aquel hombre, y un día sintió con dolor inmenso cómo entre los glóbulos exterminados por uno de los bandos había quedado también aniquilado uno de los más auténticos, hermosos y valientes: el glóbulo yoyes.

Por si eso fuera poco, los hombres que ayudaban a uno de los dos bandos de glóbulos; a aniquilar al otro se mostraban cada día más implacables. Respondieron así duramente a aquel hombre que su padre, el poeta Rafael, nada había sabido nunca de sangres, ya que, muchos años antes, el especialista máximo e indiscutible en la materia, el gran doctor Sabino, había decretado para siempre que de dos sangres así, como la solar y la neblinosa, sólo una podía ser noble, limpia y gallarda, y, por tanto, la otra había de ser forzosamente vil, sucia y cobarde.

Aquel hombre ya no podía vivir, y no vivió.

En las primeras horas de la madrugada de un domingo de diluvio, en plena campaña electoral autonómica, el hombre con dos sangres, que se había. negado tozudamente a elegir entre ellas, fue encontrado por los amigos de la facultad muerto en su pisito de Amara, en San Sebastián, donde dormía solo. Según pudieron comprobar más tarde sus hijos médicos, Gabriel y Pablo, aquel hombre había quedado fulminado por la última y más implacable forma de delirium tremens: el delirio de las sangres.

* Este artículo apareció en la edición impresa del jueves, 02 de octubre de 1986.

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