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Tribuna:

Los frutos del espíritu

Una imagen no se ha perdido todavía en la penumbra de los huertos levantinos. En esa escena recurrente venlos al recolector de dátiles, el hombre que trepa por la alta estipite de la palmera, con un cuchillo o un machete, utilizando una cuerda que pasa por su cintura y alrededor del tronco, atando luego sus extremos, o uniéndolos con una abrazadera de hierro. En el último calor del otoño su figura se cimbrea en una lenta danza con la palmera femenina, mientras asciende con calima, afirmando bien los pies en las viejas frondas leñosas, y dejando el resto del cuerpo a merced del vacío cada vez que sube la posición de la cuerda. Abajo, los matices húmedos del huerto recién regado destellan cuando él hace un descanso, y el horizonte verdinegro de la vega y las acequias se aquieta en su mirada. El tronco de la delicada palmera vibra y se mece al sentir el recio tirón de la soga, y el hombre continúa su ascenso.. En otras épocas del año -acaso en pleno invierno- subirá también para cortar las palmas que, decoloradas y blanquecidas por la oscuridad en una habitación de la casa, se alzarán en el Domingo de Ramos. Pero yo recuerdo especialmente la recogida de los frutos, y ese sonido único que restalla entre los tumores de la tarde -el motor del agua, los pájaros- cuando el espeso racimo de dátiles cae hasta la tierra mojada, tronchando hojas y tallos de los árboles que crecen en tomo a la palmera. Aunque a veces desciende con lentitud, bajado con un cordel y envuelto todavía por el saco que lo ayudó a madurar en el árbol, hasta que sus drupas tomaron el tono marrón y negro, como de miel oriental, de los dátiles blandos que se venden en cestillos.Esa imagen del cortador de dátiles, entrevista en la fresca mañana o en el atardecer del huerto, me ha hecho pensar a menudo en la aventura del espíritu. Los dones esenciales de la vida se nos dan sin esfuerzo, pero en el orden moral hay que ganarlos. En un libro de A. H. Cooper-Prichard, en el que se recogen algunas tertulias y conversaciones de Oscar Wilde, el pintor Whistler dice que "el fruto del arte se asemeja al de la palmera: no se da más que en la cúspide, mientras que el tronco, desnudo de ramas, es asimismo difícil de ascender". Más que para el arte, que es, en definitiva, un don gratuito, es decir una gracia, yo quiero reservar esa tarea peligrosa del datilero para evocar la vida ética y para determinados abismos del espíritu. En los momentos culminantes de ciertas obras literarias, una figura semejante a la de nuestro cortador de dátiles ha surgido al fondo de la acción, como si el autor quisiera significar que nos acercamos a un límite del mundo. Así, en la escena del Rey Lear en la que Gloucester y su hijo Edgar llegan a los falsos acantilados de Dover, el más joven de los dos personajes fingirá describir el paisaje desde lo, alto de la roca, y recordará otro fruto del abismo, el samphire, el hinojo marino, que crece en el azote del viento salado. En mitad del vacío, dice Edgar, cuelgan sus esforzados y silenciosos recolectores. "Dreadful trade", "terrible oficio", lo llama Shakespeare. Cosechan esa planta, el crithmum maritimum, que es el aromático perejil de mar de nuestros litorales, preciado remedio contra el escorbuto, que los marinos ingleses llevaban en sus largas travesías, conservando sus hojas en salmuera.

En otra obra esencial de nuestra cultura, Las andanzas de Wilheim Meister, Goethe menciona con admiración al Wildheuer, el recolector de heno bravío, que siega estos vegetales en los cortados de los riscos. "Los habitantes más pobres de las altas montañas, armados de garfios en los pies, trepan por las cuestas más escarpadas y peligrosas". Después de incontables peligros, ponen la hierba a secar al borde del precipicio, y luego dejan caer los haces hasta el profundo valle, en un gesto parecido al del datilero mediterráneo. Los ganaderos pagarán después, a bajo precio, ese heno salvaje. En este párrafo del Wilheim Meister y en el ya citado del Rey Lear, Goethe y Shakes peare se detienen un instante para admirar a ese ser que cose cha los frutos que la naturaleza hizo crecer en sus lugares más ex tremosos, en la frontera misma de la existencia, como si quisiera hurtarlos a las manos del hombre. En ambos casos, la escena sirve de con trapunto al clímax de la tragedia, o de la reflexión filosófica, como si trazara un retrato lejano y difuminado del alma del héroe y de su esfuerzo.

Hay otros momentos de la existencia humana que brillan en el lento ascenso de nuestro recolector de dátiles, mientras su ágil figura se recorta en el cielo de la mañana. También los hijos son frutos que hemos ido a buscar en el límite del mundo. La lealtad y el coraje, como la sabiduría, crecen también en la altura. Pero ahora nos quedaremos cori la imagen misma de la subida, matinal o vespertina, a la palmera, imagen que es, en su propia inmediatez, noble y refrescante, y que no necesita significar nada. Bajo la sombra otoñal de los árboles observaremos los lentos preparativos del datilero, la manera pausada con que faja su cintura con un paño o una arpillera para evitar el roce de la soga, y su forma de anudar, pausadamente, las tiras de sus esparteñas. Si su equipo y aperos son modernos, brillará entre los cordeles el metal de una abrazadera. La gente de la casa mirará hacia lo alto: habrá que estudiar la brisa del día, que puede ser suave en los frutales del huerto, pero violenta arriba, en las largas ramas de la palma africana. Quizá alguien recuerde mientras tanto la muerte de un viejo jornalero. Luego el hombre subirá por el tronco y, finalmente, volveremos a escuchar el verde chasquido de las hojas del laurel y la higuera, cuando el ramo de dátiles caiga por su espesura hasta estrellarse en la hierba. En alguna ocasión los raquis cuajados de duros frutos anaranjados quedarán prendidos en las ramas de un limonero, y habrá que hacerlos caer con una vara. Al caer la tarde veremos a los niños de la vecindad -durante el verano lanzaron piedras a los jugosos e inalcanzables racimos- buscando a hurtadillas, entre los matojos del huerto, los frutos desprendidos por la caída. En la paz del anochecer, la escena Pejará un recuerdo de fresca sensualidad, entreverando de los primeros fríos, y hecho del sabor mismo de los dátiles ocres y amarillos que los hombres van acarreando a sus espaldas hacia la oscura casa, o hacia la camioneta que espera. Hecho de su sabor ácido y fibroso, oreado en la altura, nutritivo y difícil como la vida.

Pedro García Montalvo es escritor. Autor de la novela El intermediario y del ensayo literario Villas de Roma.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 6 de agosto de 1986