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Reportaje:SAN ISIDRO 86

La semana de la 'litrona' y el 'bocata'

El 'miniagosto' de estudiantes y jóvenes en paro

Por entre el griterío, la música y el polvo sanisidril surge el incon fundible olor a, fritanga de los enormes tenderetes provisionales anuales y se instala por el auditorio de la Casa de Campo o Las Vistillas. Es la institucionalización anual del bocata, que pasa, antes de llegar a los recintos festivos, papeles y permisos. Desde hace unos años, sin erribargo, los protagonistas de la fiesta nocturna de San Isidro son otros. La litrona, el litro de cerveza transportable, y el bocata del país, es decir, de queso, chorizo, salchichón o jamón, se llevan de calle a los estómagos de la movida.

Los interinediarios entre los participantes; festivos y estos manjares populares son jóvenes colegas; de baxrio, grupos de avispados universitarios o amiguetes con paro y sin pelas que han decidido hacer su miniagosto en esta semana castiza de mayo.Situado a la entrada de la Casa de Campo, camino del nuevo auditorio, Nacho Brito, madrileño de 20 años, se ha apuntado esta semana al san Isidro para sacar unas pelas vendiendo litronas en el intermedio festivo de sus estudios de derecho. "El año pasado también nos pusimos a vender litros de cerveza en el barrio del Pilar, en las fiestasde octubre; pero aquí es mucho mejor, hay cantidad de gente, te quitan las botellas de las manos", Otros tres amigos, dos estudiantes y uno con trabajo, participan en el efímero negocio.

La semana ha comenzado y acabará para ellos de la siguiente manera: por la mañana, colecta monetaria y desplazamiento, en vehículo particular, a la fábrica de una popular marca de cervezas; allí compranel hielo, enfrían las, botellas y por la tarde, en un par de horas, se quedan sin nada. "Mira: ayer vendimos toda la mercancía, unos 140 litros, en una hora. Lo que pasa es que vendemos en pequeña escala, por eso es más fácil y más rápido. Por la tarde la gente las escoge frías, luego les da igual".

Un par de kilómetros más arriba, cerca del auditorio, grupos de minúsculos tenderetes de bocatas y cervezas permanecen impasibles ante el rosario móvil de peregrinos en busca de música y líderes.

Al pie de uno de estos escapa rates del preciado y popular líquido rubio, un grupo de colegas escota para comprar un par de litronas. De cinco en cinco duros, y el que más 10, van reuniendo las 400 pesetas.

"Después del chotis, colega, lo más castizo es la litrona", afirma el Turi, madrileño, a punto de cumplir dos decenios sin moverse del barrio de Canillas. "A mí ni se me ocurre comprar en otro sitio; a ver dónde encuentras un litrito guapo y barato para beber con los amigos escuchando música guay al aire libre, ¿eh?".

Rosa, estudiante de económicas, de 19 años, resume así sus cuatro días al frente del negocio: "Aquí viene todo tipo de público, aunque los que más compran cerveza por litros son las pandillas de amiguetes, de barrio, pero también los posmodernos, los punkies, los niños bien, los rockeros; la verdad es que hasta los más pijos pasan de sentarse en un tenderete y se llevan la bebida".

La venta en dos horas

Otros tres amigos participan con Rosa en la venta. "Se vende un montón, pero sólo estamos unas horas, lo justo para vender los 200 bocadillos y las 100 botellas. Ayer, en un par de horas lo ventilamos todo. Si todo sigue así, cuando terminen las fiestas habremos sacado unas 10.000 para cada uno, a lo mejor 15.000, ya veremos al final".

La Policía Municipal vigila con condescendencia a estos nuevos negociantes de la zona, y no pone muchos problemas. "Bueno, vienen al menos una vez al día y te dicen que aquí no puedes vender y eso. Te dicen que te vayas, porque si no, cuando regresen, te echarán; pero luego, por regla general, no vienen más", afirma Juani, estudiante de esteticista de 22 años. "No sé si es que estamos teniendo mucha suerte o es que les sucede a todos, pero terminamos con todos los bocatas en unas horas tan sólo", tercia una de sus compafieras, Amparo, de 20 años, estudiante de primero de farmacia.

A unos metros, Santiago y Julio, de 21 y 26 años, juntan, a la velocidad del rayo, pan y jamón, pan y chorizo o pan y queso, según las necesidades del personal que se para ante el tenderete. A los pies de Julio se amontonan decenas de botellas de cerveza, al lado también de la entrada al auditorio. "Esto es el colmo de la guarrería, no entiendo cómo la policía deja que se sigan vendiendo botellas a pesar de estar prohibidas", despotrica, enfadado; "además, estos niñatos que venden en estos días me sacan de quicio; ellos no necesitan pelas para comer y encima, como venden muy poco, las,que sacan son para gastárselas en vino. Yo, desde luego, con ese asco de pelas no haría otra cosa".

Julio presume de llevar más años que nadie en esto de la venta de bocatas, al menos cinco, y de "habérselo currado a fondo". "Hombre, me han pegado una buena paliza un montón de polis sólo por vender bocatas, me han quitado en ocasiones la mercancía y me he ganado más de un disgusto; así que creo que me lo curro a base de bien". Su compañero acompaña con sonrisas las palabras de cabreo de su colega.

En la puerta que lleva hacia el auditorio se amontonan los gruipos apurando deprisa los cascos, ante la prohibición de entrar con vidrio; pero muchos logran colax entre la ropa alguna botella.

La litrona se bebe antes, durarite y después del recital; pero el bocata tiene su hora punta, sobre las once de la noche. La gusa, el hambre, empieza a apretar y, los humos de las parrillas de los tenderetes oficiales no ayudan engañar a los sentidos.

No hay nada que hacer. El preciso volver a buscar en el bolsillo, y ahora, tras los sucesivos esquilmes de la noche, un poco más al fondo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 14 de mayo de 1986