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Arturo Soria

Sólo los viejos árboles, milagrosamente salvos, que ocupan el centro del bulevar guardan fidelidad a don Arturo Soria, mentor de esta avenida, eje central de una utopía llamada, Ciudad Lineal, mucho antes de que la ciudad fuera rodeada por un cinturón de chalés adosados, burda parodia a escala reducida de lo que sin duda fue el proyecto urbanístico más avanzado de su época.A finales del pasado siglo, el ingeniero y político progresista Arturo Soria ideó su urbanización igualitaria y descentralizada, viviendas unifamiliares con casa, jardín, taller y huerta que devolvieran a los madrileños el contacto con la tierra y el gusto por la convivencia fraterna. Cooperativas de consumo, escuelas, teatro, parque de atracciones y un asilo para marginados y delincuentes fueron planificados, y algunos construidos, en esta civitas ideal, racionalizada por un ingeniero, dotada con un eficiente sistema de transportes, autosuficiente y popular.

Desafío al futuro

Los escasos hoteles supervivientes, con sus huertas y jardines, son un desafío del pasado al futuro: una casa de obrero en el falansterio de la Ciudad Lineal, con su terreno adyacente, sirve hoy para albergar a media docena de pretenciosos adosados de lujo con sus minúsculos rectángulos de césped.

Los niños y los gitanos son los principales usufructuarios de la zona, en la que se abren numerosas guarderías y colegios. Los vagabundos anidan entre los cascotes, aprovechan para instalar sus vivaques las arcadas medio derruidas y siembran el solar con los utensilios de su ajuar de nómadas. Pastan las caballerías en lo que fueran espléndidos parterres y florecen simétricas las vallas publicitarias que anuncian la construcción de modernos bloques de viviendas sobre los improvisados campamentos.

Arturo Soria es la pista favorita de sufridos y entusiastas atletas vocacionales, corredores de un maratón fantasma e individual que tendrá como recompensa el mejoramiento de la silueta, el desarrollo de los músculos y la ventilación de los pulmones para seguir corriendo contra el cronómetro en el decatlón cotidiano.

Los esclavos del footing pasan sin mirar junto a las decadentes villas enredadas en la hiedra. En los jardines abandonados, comunas de gatos asilvestrados y grupos de riesgo, hipodérmicas. de herrumbrosa aguja, graffitis obscenos e inscripciones de oculto significado.

La Ciudad Lineal es tierra de nadie, a medio camino entre el campo y la ciudad, batalla perdida por una forma de vida más humana que hoy mimetizan sin, éxito urbanistas arrepentidos. No es campo, sino descampado que roturan inmisericordes las excavadoras, frontera que acotan con verjas electrificadas y circuitos de alta seguridad los constructores de colmenas de alto standing.

Dos piscinas; una de ellas, la Stella, instalada en un bello edificio racionalista que desciende en amables terrazas hasta la ribera de la carretera de circunvalación M-30, alberga a bronceados nadadores en verano y en inverno a pálidos jugadores de bingo, ahora patrocinado por la munificente Asociación de la Prensa dentro de su programa de actividades culturales. La otra piscina, Mallorca, vio frustrados sus intentos de convertirse en discopool y ha vuelto a sus bucólicos comienzos.

Villas, piscinas, guarderías y hospitales, chalés convertidos en vídeoclubes, academia de baile, discoteca, bar, colegio u oficina, desvinculados ya del aura y de la utilidad social que impregnó a la Ciudad Lineal de Arturo Soria, utopista y protomártir del urbanismo con rostro humano.

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 13 de octubre de 1985.