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Tribuna:El día en que comenzó la desaparición del franquismo

Sangre inútil

El 27 de septiembre de 1975 cinco militantes de dos organizaciones que se habían distinguido en la lucha armada contra el régimen del general Franco, el Frente Revolucionario Antifascista y Patriótico (FRAP) y ETA, fueron fusilados en Madrid, Barcelona y Burgos al cumplirse las condenas de muerte dictadas contra ellos en tres consejos de guerra. Los mismos tribunales sentenciaron a la pena capital a otras seis personas más, indultadas en última instancia por el general Franco. Diez años después de aquel episodio que puso fin al estilo político del franquismo, y que causó honda conmoción en el mundo, sólo dos de los sentenciados a muerte siguen militando políticamente.

Estando en capilla con Txiki hace ahora 10 años, se nos acercó un militar a comentarnos su extrañeza porque éramos los más tranquilos de la reunión. Estábamos Txiki, su hermano Mikel, Magda Oranich y yo, sentados aparte, charlando durante las largas y angustiosas horas de la capilla. Se encargó de contestarle Txiki: "Nosotros no tenemos de qué avergonzarnos por estar aquí. Vosotros, sí".Aquella noche se vivieron horas dramáticas en las diversas y simultáneas capillas: la de Otaegui en Burgos, las de García Sanz, Sánchez Bravo y Baena Alonso en Madrid y la de Txiki en Barcelona. También en las sedes de los colegios de abogados se constituyeron comisiones permanentes, cuya principal función consistió en llamar a todos los rincones posibles del mundo en busca de presiones para el indulto: se habló con Willy Brandt, con el Vaticano, Londres, Washington, París, etcétera.

Todo fue inútil. El franquismo salió como había entrado: con sangre. Sangre totalmente inútil. Sólo tres semanas después hubieran salvado su vida los cinco antifranquistas ejecutados.

Txiki hizo gala de una serenidad impropia de un muchacho de su edad: 21 años. Era tal la fuerza de convicción de sus ideas y su entrega a las mismas que la seguridad de que su muerte iba a ser más rentable políticamente que su vida, le llevó ante el pelotón de ejecución con un semblante pálido, pero sonriente. Gritó con voz clara: "¡Aberri ala hil!" ("¡Patria o muerte!") y "Gora Euskadi askatuta", y cuando empezó a entonar el "Eusko gudariak" (himno del soldado vasco) sonaron los disparos de los subfusiles de los guardias civiles voluntarios que integraban el pelotón. No hubo ráfaga. La ejecución fue tiro a tiro. Su voz sólo se acalló con el tiro de gracia.

Tenía 11 balas en el cuerpo, repartidas entre el estómago y la parte alta del tórax.

Antes de morir dejó en manos del notario Zabala un testamento político dirigido al pueblo vasco y unos versos que él pretendía fueran proféticos: "Mañana, cuando yo muera, no me vengais a llorar, nunca estaré bajo tierra, soy viento de libertad".

Que así sea. Que el respeto a la libertad impregne nuestros espíritus, y nuestras instituciones y leyes.

Y que también convenza a las autoridades de la gratuidad y arbitrariedad del mantenimiento de la ley Antiterrorista, heredera de aquel decreto ley que Franco promulgó en agosto de 1975 y que fue utilizado para acelerar los procesos pendientes y ejecutar, en lo que pretendía ser acción ejemplar, a Txiki, Otaegui, García Sariz, Sánchez Bravo y Baena Alonso.

Que así sea.

Marc Palmés defendió como abogado al miembro de ETA Juan Paredes Manot

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 27 de septiembre de 1985