Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Tribuna:La arboleda perdida

Algo sobre mi amistad con Alberto y su obra

Alberto. Alberto Sánchez. Alberto. ¿Cuándo lo conocí? ¿Allá por 1925? ¿Antes? ¿Un poco después? ¿Cuando la Exposición nacional de artistas ibéricos? No puedo precisarlo con justeza. Época, entonces, de entusiasmo y pasión, en que íbamos surgiendo, coincidentes casi todos en Madrid, aquellos poetas que algo más tarde seríamos bautizados, quizá sin mucho acierto, con el nombre de grupo del 27: Jorge Guillén, Pedro Salinas, Gerardo Diego, José Bergamín, Dámaso Alonso, Federico García Lorca, Vicente Aleixandre, yo, Luis Cernuda, Manuel Altolaguirre... Paralelamente -sin contar novelistas y músicos-, pintores de todas partes de España íbanse presentando en nuestra capital para pronto abandonarla, cambiándola por París, pues, la verdad, nuestro pobre ambiente artístico madrileño no era el más propicio para el desarrollo de aquellas vanguardias arrolladoras a las que se iban incorporando nuestros pintores, engrosando así con sus nombres aquello que los franceses denominarán, con avidez y gracia, l'école de Paris. Recuerdo, de Granada, a Manolo Ángeles Ortiz y a Ismael de la Serna; de Murcia, a Pedro Flores y a Ramón Gaya; de Ronda, a Joaquín Peinado; de Santander, a Francisco Cossío; del País Vasco, a Ucelay; de Madrid, a Francisco Bores, y de Cataluña, partiendo de Barcelona, a Apeles Fenosa y a Pruna... En Madrid, algo rezagado quedó Salvador Dalí, por estar estudiando, como él seriamente decía, la carrera de pintor en la Academia de Bellas Artes de San Fernando. Sólo Alberto, Benjamín Palencia, Díaz Caneja y Maruja Mallo... no conocerían París hasta años más tarde, logrando ellos encontrar una gran mina creadora con su permanencia en España. Así, lo que se llamó en seguida la escuela de Vallecas echaba sus cimientos. La figura tremenda y descomunal de Alberto Sánchez comenzaría pronto a proyectarse sobre aquellos poblados y llanuras.Yo quiero recordarlo allí, y por vez primera -ahora que por estos días se cumple el 90º aniversario de su nacimiento- después de mi regreso a España, de mis casi 40 años fuera de ella, en aquel nuevo aire madrileño de difícil y golpeado arranque hacia una nueva soñada democracia. Pero, irremediablemente, quienes se me aparecen, como por transparencia, son aquellos otros años de Madrid, aquellos años creadores de antes de la República y durante la guerra. Y me encuentro de golpe con Alberto, un Alberto casi todavía panadero y ya escultor, con un historial de oficios diferentes, como herrero, cuchillero, zapatero.... huesudo y alargado, de accionantes manazas acostumbradas a amasar las figuras de panes modeladas con el trigo hecho harina. Discutidor a veces, narrador de increíbles historietas de su vida popular y difícil, ya escritor a ratos y diseñador de violentas sátiras sociales o claros pensamientos sobre su cada vez más audaz sentido de la escultura. No lo veía siempre, aunque de tiempo en tiempo lo acompañaba con Maruja Mallo a aquellos pueblos y tierras vallecanos en los que soñábamos con la creación de un nuevo arte español y universal, puro y primario como las piedras que encontrábamos allí pulidas por los ríos y las extremadas intemperies.

Ya después, cuando la guerra, en la Alianza de Intelectuales Antifascistas, de la que yo con José Bergamín era su secretario, vi a Alberto muchas veces volver de El Escorial, en donde era profesor de dibujo. Venía con su fusil, del frente del Alto del León o de Peguerinos, soldado como salido, o caído, de un cielo ocre, verde y gris, tormentoso, del Greco. Cuando se fue a Valencia y luego a Barcelona, no lo vi más hasta mi primer viaje a Moscú, desde Argentina, hacia el año 56, y luego en el 58, antes de seguir yo viaje a China, en donde encontraría, después de tanto tiempo, a sus cuñados Soledad Sancha y Luis Lacasa, aquel gran arquitecto que con el catalán José Luis Sert planeó el pabellón español de la Exposición Internacional de París, en donde estuvo instalado el Guernica de Picasso junto al Payés de Miró, la Fuente de Mercurio de Calder y la extraordinaria Columna de Alberto, a la que puso un título no exento de intenciones: El pueblo español tiene un camino que conduce a una estrella.

Yo nunca tuve, hasta después de regresar a España, la suerte de ver ninguna exposición de Alberto, su obra escultórica extendida ante mi vista, plena de gracia y sorpresa, acompañada del gorjeo seco y fresco a la vez de algún pájaro de su invención. Hacinada, sí, y sin perspectiva, pude verla en su pequeña casa de Moscú, en donde Clara, su admirable compañera, acompañada de su hijo Alcaén, me la fue mostrando. Era esta vez, repito, en 1956. De aquella obra escultórica de los años españoles de Alberto no quedaba nada. Casi todo había desaparecido con la guerra. Alberto dibujaba entonces maravillosos figurines y decorados para distintas piezas escénicas destinadas a los teatros moscovitas. En una breve exposición que se celebraba en Murcia pude ver el cartel anunciador de La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca. Pero Alberto, en medio de una abundante y siempre original producción de dibujos, pintaba, pintaba cuadros sobre todo. La escultura, aquella revelación de sus años valleco-toledanos, se había quedado allí, escondida en los cantos rodados de los ríos, en las cortezas de los árboles, los clavos, alambres y terrones de greda de los surcos. Con obsesión pintaba bodegones sobrios y severos, de espíritu zurbaranesco, pues era Zurbarán, junto al Greco, Velázquez y Goya, uno de sus pintores más amados. Pero ¿la escultura, Alberto? ¿Y la escultura? Tú, ante todo, y bien lo sabes, eres un escultor, un inventor de formas expresivas, inéditas, en donde el aire es uno de los principales elementos vivificadores de ellas. ¿En dónde están? Trabaja, trabaja, vuelve a tu obra verdadera, y si aquí no es ahora el momento de mostrarla, escóndela bajo la cama y enséñala sólo a los amigos que te admiran, entre los cuales están Ilya Ehrenburg y Pablo Neruda, que siempre viene por acá. Pero, por Dios, Alberto, no abandones lo principal tuyo. El tiempo pasa. Y algún día volveremos a España. Y tú no puedes hacerlo sin tu obra escultórica... Y para animarlo más aún, le dejé este soneto, que yo sé le sirvió de mucho. "Para Alberto Sánchez, escultor de Toledo. A ti, cal viva de Toledo, crudo / montón de barro, arcangelón rugiente / contra un violento, tórrido, inclemente apocalipsis del horror, grecudo. A ti, al que el Tajo en su correr agudo / le arrojó el mejor canto de su frente / y un pájaro de piedra transparente centró en el hueso mondo de tu escudo. / A ti, aunque cerca, pero tan lejano / hoy de aquel frío infierno castellano, / de aquel en sombra sumergido ruedo, / vengo a decirte: a caminar, hermano. / Que muy pronto en la palma de tu mano / con nueva luz se amasará Toledo". Y a partir de aquella visita Alberto volvió a la escultura. Y esto, tan halagador para mí, me lo comentaba Clara una tarde en su casa madrileña de ahora, mientras me mostraba parte de la gran obra escultórica que Alberto realizó en los últimos 10 años de su vida. Un soplo de aire, de campo toledano, de pájaros y piedras pulidas por el agua, de cantos de herrería y aliento de horno de tahona, me llegaba mientras Clara pasaba, una tras una, muchas de las esculturas de Alberto que yo sólo había visto fotografiadas. Tocarlas, sentirlas, acariciarlas, resbalar por el tacto aquellas formas gráciles, apasionadas, como recién nacidas para mí, acabadísimas, perfectas, algunas casi con técnica miniaturística.

Alberto soñaba, tenía unos deseos torturadores de volver a España. Quería desesperadamente fundirse como un terrón de tierra palpitante en tierras castellanas, y que ese terrón -decía- "fuera de tierra parda en invierno, con rojo vivo de Alcalá, con amarillo pajizo y matas de manzanilla de Toledo". Su ilusión por volver era tremenda. Volvería, con toda aquella nueva labor escultórica realizada en sus últimos 10 años de creación, con el alma en desvelo puesta en las tierras de su infancia, en el Vallecas de su juventud, con la ilusión de nuevas invenciones. Exhibiría sus toros de arrancadas celestes, su maravilloso Poste de señales en el rio Bélaya, una de las grandes creaciones poéticas de Alberto que yo reclamaría para que un día centrase mi bahía de Cádiz; sus airosas, oscuras y secretas mujeres catellanas, policromadas en chapa de hierro o madera; sus campesinas bailando, su mujer con estrella o bandera, su alucinante monumento a la paz, todo su único genio creador, que un día, que unos años de sangre corriendo por las calles de España, lo llevaron, como a tantos, a vivir -y morir- lejos de su patria, porque Alberto, Alberto Sánchez, Alberto, no alcanzó a verse en cuerpo y alma de escultura en España. Llegó sólo una gran parte de su obra, con toda la carga de su espíritu, mientras su cuerpo -su imponente armadura- quedaría allí, en tierra moscovita.

Para Alberto Sánchez yo quisiera ahora escribir un nuevo libro de poesías en las que todas las sugerencias, las inefables sensaciones de su obra, me diese por resultado un poema nuevo, desconocido, algo que renovase mi canción y le diese su gracia, su vuelo, el aire no apresado todavía, ese "no sé qué" -como diría san Juan de la Cruz- que en Alberto no es balbuceo, sino concreta revelación, sueño palpable de realidad infinita. Porque la escultura de Alberto es profundamente poética, no literaria, y cantan en ella las materias naturales con que están hechas, y nos conduce a paisajes recreados por él, a pastos siderales en donde las cabezas alzadas de sus toros ibéricos parecerían -como en Góngora- "pacer estrellas en campos de zafiro".

Algunos de los poetas que lo conocieron desde el principio, en España, o que pasaron más tarde por su casa de Moscú, descubriéndolo, le dejaron sus poemas de admiración profunda y amistad: Luis Felipe Vivanco, Joan Miró, Blas de Otero, Pablo Neruda, Juan Rejano, Raúl González Tuñón, Semion Kirsanov...

Ahora yo, aquí, recordando los títulos, aquellos largos títulos con que Alberto escribía sus esculturas, podría construir, enramándome a ellos, algún poema que yo sé le habría complacido, trayéndole al corazón los viejos años de búsqueda furiosa, encendida, entusiasta. "Te conocí, Alberto, cuando tú descubrías, iluminado por los campos de greda, tu dama proyectada por la luna, / mientras cantaba, inaugurando un nuevo canto, aquel pájaro de tu invención compuesto por las piedras que vuelan cuando explota un barreno / y en el silencio de la noche remontaba un volumen que no pudiste ver nunca, / y así / tus formas femeninas para arroyos y juncos ascendieron / cuando aquel horizonte de escultura / para llegar al límite levanta, bajo el cielo lejano de París, / junto al Guernica picassiano, tu columna sin fin, / aquel camino que a nuestro pueblo español esperanzado conducía a una estrella, / ahora que oigo aquí tu voz y tu latido de vino y de cebolla, de sartén y alcarrazas y cucharas de palo que palmean por ti, por los ríos desangrándose y las mesetas pálidas / en las que los molinos harineros, ¡Alberto, Alberto!, gritan, / gritan girando, girándote en sus aspas".

Algo, aunque muy poco todavía, he metido de ti entre las ramas -¡Alberto!-, ya doblándose, de mi vieja Arboleda perdida.

Copyright Rafael Alberti.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 14 de abril de 1985