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El 'vigilantismo'

LOS LINCHADORES de Caparroso, los supermanes de Pumarín (EL PAIS, 15 de febrero) nos retrotraen a unos tiempos de justicia salvaje que a la civilización le ha costado mucho tiempo abolir. No son casos únicos. Los intentos de linchamiento, el cerco de una turba a un posible delincuente que la policía defiende a duras penas, se están haciendo relativamente frecuentes; también lo son los grupos autoconstítuidos, vagamente uniformados, que hacen rondas nocturnas en zonas alarmadas. Ufanos, prepotentes, nerviosos y satisfechos de su moral social falsa, están dispuestos a lanzarse sobre un ladrón a garrotazos. Un vecindario puede de pronto perder su amable definición civil para convertirse en una masa sanguinaria y vengadora.No es España el único país de cultura media que se rebaja a este extremo. En Estados Unidos, los vigilantes (con la palabra española: apareció hace siglo y medio en el Sur para perseguir negros y abolicionistas, y la empleó precisamente William Lynch) dan origen a la nueva idea del vigilantismo, o filosofía de esta actitud. Ya en aquel momento surgieron las condenas a lo que se definió como un delito en sí y una violación a la justicia. La discusión se reverdece, y se aplica incluso al caso de un hombre que disparó contra cuatro menores que le parecieron amenazadores. Porque el vigilantismo, como ideología, se aplica también a las personas aisladas que disparan aludiendo a una defensa propia que, en muchos casos, puede ser la proyección de sus propios fantasmas de miedo. Tampoco España es escasa en ellos.

Son esos fantamas del miedo los que hay que solventar. Se están, por el contrario, creando, y muchas veces con móviles políticos. Es cierto que hay una delincuencia menor que se multiplica: el aumento de la demografía coincide con la crisis general económica, y ésta, con la reducción a minoría de los grupos con estabilidad o bienestar. Hay un crecimiento de la población marginada que no se corresponde con el arcaísmo de la trilogía básica de la contención: justicia, policía, prisiones. Todas las reformas en este sentido son insuficientes.

Exagerar la importancia, el número y la extensión de la delincuencia y fomentar la defensa privada está conduciendo a la perpetración de este otro delito del vigilantismo de masas, grupos o individuos. Se está creando un retrato robot del delincuente que no tiene por qué coincidir con la realidad, pero que crea una histeria colectiva. El afán por mostrar a la actual democracia como disgregadora de la familia deriva inconsecuentemente hacía una acusación de la juventud; se retrata como posibles delincuentes a los mendigos, los vendedores callejeros, los inmigrantes extranjeros (con lo que se añaden ya términos racistas a la cuestión). Una sociedad que teme a sus víctimas tiene mala conciencia, y la mala conciencia puede derivar a estas formas brutales (le autodefensa. Lo que asusta es pensar que, a poco que se rasque en la superficie sobredorada de nuestra civilización, puede aparecer una multitud de linchadores.

La ley y el orden existen en este país: que pasen por un momento de escasez y de organización insuficiente frente a circunstancias sociales que exceden de lo previsto sólo debe incitarnos a ayudar a su perfeccionamiento y a asistir a la justicia dentro de sus propios canales.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 16 de febrero de 1985.

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