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Tribuna:

Monopolios

Las nevadas que han convertido a parte de España en la Siberia de Occidente han puesto de relieve la peculiaridad cultural de un país que ha resuelto la contradicción entre caciquismo y monopolismo mediante la síntesis del monopolismo-caciquil. Nada más producirse el caos energético en Cataluña, la compañía eléctrica que detenta un factual monopolio sobre las luces catalanas proclamó la necesidad de más centrales nucleares para atender la demanda eléctrica. Pero mientras tanto desaparecía la energía bajo la nieve, como si fuera una energía eléctrica de Tercer Mundo, no esas energías eléctricas proteínicas y vitamínicas que se pueden gozar en los países que hicieron a tiempo la revolución industrial y liberal.Mas no hacían falta las nevadas para comprobar que los monopolios eléctricos en este país hacen de su capa un sayo. Tengo la repetida experiencia de que en el Baix Empordá (Bajo Ampurdán antes de la Transición) la luz eléctrica es de una timidez doncellil y desaparece en cuanto llueve, truena, sopla el viento o estornuda un payés cerca de un transformador. Los ampurdaneses ya están educados en el fatalismo y valoran la luz eléctrica como una excepción providencial que no se merecen. Y aun allí, cuando reclamas a los delegados de la compañía, te atienden con una cierta amabilidad que jamás compromete un pronóstico. La luz llegará. Pero nadie sabe si antes o después de las elecciones de 1992.

Otro cantar es reclamar en zonas urbanas. Casi siempre te frenan con el grito "¡un momento!", que puede prolongarse lo que dura el apagón, y cuando te atienden, te tratan como si fueras un miserable dispuesto a consumir energía eléctrica en el momento más inadecuado para el Bien Común. Y si conviertes tu mal humor en un juicio de valor sobre la compañía, los empleados recepcionistas te salen al paso con cuchillos verbales y te dejan desangrándote en la cuneta del hilo telefónico. Frente a la prepotencia de nuestros caciques monopolistas no existe el menor síntoma de resistencia civil. En España somos tan chulos que no podemos admitir, ni siquiera como remota sospecha, que alguien nos esté tomando el pelo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 17 de enero de 1985