El racismo
Televisión Española nos ofreció el pasado día 13, en el espacio En portada, un reportaje sobre el racismo en el Reino Unido.Durante varios minutos pudimos ver cómo en aquel país de hondas tradiciones democráticas, indios y negros -las dos comunidades más numerosas de emigrantes que tiene el Reino Unido eran privados del derecho ' de los demás anglosajones: el de ser ciudadanos británicos, recayendo sobre ellos además la responsabilidad de todos los males que conlleva una sociedad en crisis: paro, delincuencia, etcétera.
Los datos estaban claros, los entrevistados lo decían también; sólo faltaba, pues, la conclusión: en el Reino Unido había racismo.
Más de uno no entendimos muy bien eso del racismo. ¿A quién le puede importar bañarse en la piscina con un negro o trabajar junto a un señor con turbante? Esas cosas sólo pasan en el extranjero.
Pero como todos los placeres son perecederos, el de la afirmación patriótica no podía ser menos, y así, a la mañana siguiente, cuando hojeábamos el periódico, se nos desvaneció el prurito de distinción que habíamos tenido la noche anterior: "Miles de vecinos se enfrentan con la policía en Zaragoza. Se oponen a que se instalen en su barrio 36 barracones para familias gitanas". ¡Vaya chasco!
Esos gitanos son españoles, y si son españoles les protegen las mismas leyes que a los demás, ¿no? Y tienen los mismos derechos. Y si les protegen las mismas leyes y tienen los mismos derechos, ¿por qué nos negamos a que vivan con los demás españoles?
Quizá esto del racismo tenga algo que ver con los de arriba y los de abajo. Y con los gitanos debe pasar lo mismo. Los Peret, Chiquetete, no tienen nada que ver con Paquito, ese gitano moreno, sucio, que tiene ocho hermanos que viven todos en 40 metros cuadrados, y que a la mínima que te descuidas te ha levantao el casete del coche. Estamos, pues, ante una fobia; pero no al color de la piel o a la forma de los ojos, no. Fobia a la miseria y a sus portadores. No hablemos entonces de racismo.
Antonio Dorado.
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