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Rita Ibarburu

Periodista uruguaya del Frente Amplio, torturada, encarcelada y sometida a trabajos forzados durante ocho años

Rita Ibarburu descendió a los infiernos a los 60 años, después de que dos hombres vestidos de paisano se presentaran de repente, una noche, en su casa para llevársela. Ahora, en las puertas de su 69 cumpleaños, ha venido a España a ejercer su militancia apasionada contra la tortura, de testimonio airado, "en nombre de las 100 compañeras y 700 compañeros que se han quedado detenidos en las cárceles de la dictadura militar uruguaya".

Cuando abandonó el penal, el 31 de octubre pasado, Rita Ibarburu sintió el placer de no haberles dado el gusto de morirse. Muchachas que podían ser sus hija s, compañeras del Frente Amplio de Uruguay, dejaron su vida en el potro de la tortura, como Silvana Saldena. Rita Ibarburu sentía que el pánico le recorría su debilitado cuerpo cada vez que venían a buscarla. Pero cuando estaba ante los torturadores, su ánimo se crecía. "En ese momento, estaba segura de que no me sacarían ni una palabra. La posibilidad dio confesar me producía más horror que los tétricos aparejos made in USA de los torturadores. Pero, a la hora de la verdad, estás dispuesta a todo antes de confesar". Cuando dice esto, sus ojos grises se vuelven hacía algún punto remoto de su memoria. "A todo. Incluso a cortarse la lengua ante el propio verdugo, como hizo Antonia Yáñez".Los relatos de tortura son siempre iguales, pero no por repetidos dejan de ser escalofriantes. "Me cogieron por el cabello, completamente desnuda, y me arrastraron por una escalera de piedra; me aplicaron la picana eléctrica y me hicieron el submarino. Nos tuvieron 16 horas sentados en una silla, y ocho más tumbados sobre los ponchos ensangrentados de los soldados. Luego nos pusieron de pie, con las piernas abiertas y las manos en la nuca, y nos tuvieron así ocho días. De cuando en cuando, nos acercaban una silla, para que nos dejáramos caer en ellas, pero nos la quitaban apenas la rozábamos. Y estábamos días sin comer ni beber".

Perdió la noción del tiempo. Más tarde supo que había estado en las cámaras de tortura entre el 31 de octubre y el 25 de enero. Del primer lugar sólo recuerda las luces de neón en el techo que vislumbraba por debajo del esparadrapo con el que le cubrían los ojos. Del segundo, unas lámparas suspendidas del techo. Los trasladaron porque los gritos de los torturados incomodaban al vecindario. "Me colgaban por las muñecas delante del pecho, después de cruzarme los brazos por la espalda. Luego he intentado reproducir aquella postura, para mostrarla, pero me ha resultado imposible. De repente, me dejaban caer un poco. Parecía que me trituraban los huesos. Me dejaban rozar el suelo con la punta del pie, y aquéllo me producía una desesperada ansiedadad de apoyarme en tierra".

Cuando comprendieron que no la harían hablar, dejaron de torturarla. Luego vinieron ocho años de cárcel y trabajos forzados, con unas grandullonas milicas vigilándolas constantemente, y un infarto, un trombo pulmonar y un amago de parálisis. A pesar de ello, Rita Ibarburu ha salido del infierno con entereza y memoria suficientes como para convertir en lanzadera contra la dictadura uruguaya cada uno de los nombres de las compañeras que todavía siguen en prisión: Antonia Yáñez (una española de Galicia), Graciela Jorge (tumor benigno en la columna), Miriam Montero (esclerosis en placas), Selva Braselli ( "una muchacha de 40 años con tantas dolencias que aparenta 60"), Mabel Araujo, Chela Fontora...

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