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NECROLÓGICAS

Angel Arteaga, compositor

En la madrugada de ayer murió en Madrid el compositor y profesor del Real Conservatorio Angel Arteaga de la Guía, víctima de un largo proceso canceroso.Nacido el 28 de enero de 1928 en Campo de Criptana (Ciudad Real), Arteaga se formó con Vitorino Echevarría, Francisco Cales Pina y Julio Gómez. En torno a este profesor llegó a crearse por aquellos años un grupo de nuevos valores que recibieron, por parte de algún crítico, la denominación global de escuela de Madrid.

Dentro de ella, Arteaga -como Bernaola- poseía perfiles propios y bien definidos que acabó de definir y contrastar en Munich, junto a dos maestros de signo vario como son Carl Orff y Harald Genzmer. Músico de instinto, esto es, de ideas, su pensamiento encerraba un no sé qué de ironía, si perceptible claramente en obras como las basadas en Ramón Gómez de la Serna, presente también en las instrumentales y de intencionalidad objetiva.

En 1960 obtiene en Bregenz (Austria) el Premio Hugo Von Monfort Por su Prólogo para orquesta, y al año siguiente, tras asistir a los cursos de la Academia Chigiana, en Siena, su Trío para órgano es distinguido con el Premio Ferdinando Ballo. De regreso a España, y a través de un trabajo constante que no es sino la búsqueda de su propia expresión y, a la vez, la huida de encasillamientos y adscripciones, Ángel Arteaga logra el premio convocado por el Ministerio de Información con su imaginativo poema Las cuevas de Nerja (1962).

Son años en los que la vanguardia presiona con la fuerza de lo nuevo; más aún, con una novedad que no sólo trata de imponerse sino de: recuperar el tiempo perdido. Sin embargo, el compositor de Campo de Criptana, se informa, asume cuanto considera necesario, pero no cede ni un solo registro de su voz personal.

Kontakion, sobre la liturgia bizantina (1962); la cantata Elogios, sobre Saint John Perse (1963); El santo de palo, sobre Pedro Salinas (1972); Segunda palabra, que glosa sin cantarlo un texto de Gerardo Diego (1971), o las partituras cinematográficas para El museo del Prado, La Alhambra de Granada, Santa Teresa de Ávila o Antonio Gaudí nos dan en conjunto la medida intelectual y la temperatura de la sensibilidad de Arteaga de la Guía.

Hombre bueno y ausente de vanidad, dotado de un extraordinario sentido del humor que combinaba la palabra medida y la ocurrencia feliz -como el que fue su gran amigo y también desaparecido tempranamente, Antonio Gorostiaga-, el estilo general del músico, y de la persona podrían resumirse en un término: distanciamiento.

Por esa capacidad natural para distanciarse podía ser exigente autocrítico y contemplador analítico del mando en torno. Resolvía en música cuanto absorbía su mirada de artista plástico o su domeñado lirismo de poeta. En lo técnico, lucía un oficio de alta calidad y gran belleza artesanal.

El estreno de la ópera La mona de imitación, en el teatro de La Zarzuela el mes de mayo de 1973, por Ester Casas, Pedro Farrés y María,Vagón, con dirección escénica de Pérez Sierra y musical de Odón Alonso, constituyó un verdadero éxito gracias al inteligente tratamiento de la prosa de Ramón y a la inserción de los pentagramas en la curva ideológica del literato para llevar más lejos los planteamientos y soluciones de un humor trascendente.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 18 de enero de 1984