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Tribuna:
Tribuna

¿Deprimidos?

El escenario está lleno de deprimidos. De hecho, no se pueden mantener relaciones continuadas con casi nadie a causa de esa maldita interrupción del tono que arruga a los espíritus. La depresión de uno una mañana, la depresión de otro horas después, configuran una astronomía social de agujeros negros que impide constantemente seguir adelante, citarse dos veces en el mismo espacio. En términos individuales no parece alarmante, pero en conjunto la convivencia tiende a convertirse en un tejido de puntos sueltos y recosidos que hacen cada vez más dudoso confiar en su consistencia. Es muy engorroso todo esto.Toda enfermedad supone un cambio de lugar y, en consecuencia, una subsidiaria y a veces estimable manera de ver y de sentir. El enfermo físico puede, iluminado de dolor o privado de algunos regalos, narrar de nuevo el mundo y hacer muy lúcidos y amenos sus relatos. Pero el deprimido cierra su establecimiento como un desahucio. Ni se sirve, ni sirve conocimientos. Su más neta argumentación es un pleonasmo: no se vale a sí mismo y el mundo se le desguaza como una compota. Pero no es esto siquiera lo más fastidioso e irrespetable. Lo desolador es que sabiendo el deprimido lo corriente que va siendo estar deprimido, hace de, su portátil aflicción un hito. Es así como en verdad se vuelve insufrible. Bastaría recordar la masiva extensión de este padecimiento intermitente, cada vez más carente de novedad y audacia, para soslayar sus tentaciones. Se está poniendo el ambiente perdido con tantas y tan fútiles depresiones. Siempre efímeras, puesto que de otro modo no sería posible repetirlas, y siempre mediocres, puesto que se refieren a una fácil y rutinaria manera de restablecerse.

Tendríamos que persuadirnos los habitantes de este mundo del escaso tiempo que este mundo nos concede para saber de él y de nosotros mismos. Y deducir por tanto el inconsentible derroche que representan estas inmersiones en las ruinas de la banalidad. No estamos para nada, para nadie. Muy deprimidos. Bien, vale. Valdría, sin embargo, la pena, una vez ahí, considerar que si en verdad los otros nos creyeran enmudecerían, desaparecerían. Y, si realmente no nos creen, menudo gasto para tan pobre impostura.

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