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Tribuna:

Nuevo hispanismo democrático

La revisión y, consecuentemente, el relanzamiento y clarificación de nuestra acción exterior, tanto cultural como política, es decir, la elaboración dinámica de objetivos precisos, sin napoleonismos residuales, con concretas proyecciones estratégicas, debe llevar, entre otras cosas, a una conveniente clarificación semántica. De modo especial con respecto al continente que, a veces indistintamente, llamamos Hispanoamérica, Iberoamérica o Latinoamérica. No se trata sólo de matizaciones académicas, de por sí legítimas, sino de algo más significativo, ya que el lenguaje tiene unas connotaciones ideológicas claras o solapadas, transmitiendo así valores y mensajes intencionados. Si desideologizar el lenguaje no parece tarea fácil, sí, al menos, puede resultar conveniente indagar sobre los contenidos que encubre.Una polémica antigua y a superar

La polémica sobre estos tres conceptos -Hispanoamérica, Iberoamérica, Latinoamérica viene de largo: se inicia, dejando a un lado la voz Iberoamérica, que será posterior, a raíz del proceso de independencia o emancipación, y crea, con mayor o menor sistematización, una amplia y diversa literatura histórico-política que se transmite hasta hoy. En el fondo, muy esquemáticamente, juegan tres elementos configuradores doctrinalmente en estos conceptos: uno, la búsqueda de la identidad cultural de los nuevos países, en la medida en que todo proceso de descolonización tiene una ideología legitimadora que, en principio, suele ser antimetrópoli; dos, el intento, por parte de España y de los intelectuales españoles, con sus diferentes y encontradas ideologías, de establecer unas relaciones comunitarias nuevas, y tres, los proyectos hegemónicos, de satelitización o de influencia, explícitos o encubiertos, por parte de otros países, tanto de Estados Unidos como de Europa.

En el ámbito propio de los nuevos países que emergen, y en su desarrollo creativo ulterior, aunque ya en el siglo XIX hay intentos varios de precisar las bases de su identidad cultural, es en el siglo XX y en las décadas veinte-treinta cuando las ideologías dominantes toman las banderas semánticas como banderas políticas. Las diversas confrontaciones político-sociales, que se concretan en posiciones de liberación, statu quo o aceptación del hegemonismo norteamericano, llevan así al indigenismo o exaltación autóctona, al tradicionalismo o al panamericanismo, aunque en este último concepto caben otras interpretaciones (panamericanismo nacionalista-progresista).

Así, en estos países, en los sectores liberales, ya desde Alberdi o Sarmiento, Bilbao, Mora o Barrios Arana, y acentuándose en el siglo XX la voz Hispanidad y sus derivados, se margina o rechaza, por su carga tradicionalista e, incluso, como una reacción anticolonial, mientras que la expresión América Latina va introduciéndose gradualmente: por razones geográficas, en el sentido de ampliar la aceptación de otras comunidades configuradoras de sus nacionalidades, y también doctrinarias: la efectiva influencia que, en sus orígenes, tuvo la ilustración francesa -y la declaración de 1789- en su proceso de descolonización. Por su parte, en los sectores conservadores, favorables al mantenimiento del statu quo socio-político, priva el rechazo de la modernidad y una tendencia, aunque fuere utópica, a la vuelta al pasado y a la tradición hispánica de los siglos XVI y XVII. Hispanidad, hispanoamericanismo, adquieren así, minoritariamente y allende los mares, una connotación nostálgica y reaccionaria.

Hispanismo: dualidad liberal y autoritaria

En los medios intelectuales y políticos españoles, esta simplificación antagonizada no es exacta. La identidad Hispanidad-tradición conservadora se dará, es cierto, en momentos y situaciones históricas concretas, perotambién en la tradición liberal y progresista se utilizarán las expresiones hispanidad, hispanismo e hispanoamericanismo. Unamuno señalará, en efecto: "... digo hispanidad, y no españolidad, para atenerme al viejo concepto histórico-geográfico de Hispania, que abarca toda la Península Ibérica". Hispanismo se convierte así en iberismo -Portugal y España-; hispanoamericanismo, en ibero americanismo. Muchos textos de Rafael Altamira, con proyectos ambiciosos de reforma en nuestras relaciones comunitarias, son, en este sentido, significativos y siguen teniendo actualidad. Por otra parte, en la Constitución republicana de 1931 se habla expresamente de "países hispánicos", comprendiendo Brasil, y el profesor Jiménez de Asúa, socialista, en su discurso al proyecto de Constitución, habla también de hispano-americanismo y de la necesidad de abandonar la carga retórica y de "encauzarlo por otras rutas más prácticas y verdaderas". Pero también es cierto -y probablemente este hecho ha ideologizado en exceso los términos que analizamos- que, a pesar de la constante liberal-pro

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Nuevo hispanismo democrático

Viene de la página 11gresista, incluyendo la de los propios exiliados de 1936 en aquellas tierras, muy fieles al hispanismo, que, en ciertos momentos, en el régimen. anterior, se llegó a una teologización del mito hispánico -con Vizcarra, Maeztu, Gomá e, incluso, García Morente-. La reacción ulterior parecía muy explicable: en los medios progresistas se rechaza la expresión Hispanidad y se abre camino la francófona América Latina. El hispanismo liberal deja paso al hispanismo autoritario, con proyección imperial nostálgica. Esta expresión, América Latina, por la planetarización de la política cultural y su conversión en política económica -la comunicación como industria cultural punta-, tenía que extenderse. El panamericanismo conservador, por la frontalidad hegemónica de la doctrina Monroe, tuvo..escasa. virtualidad ideológica -salvo el intervencionismo directo, que no es poco-, pero sí, en cambio, las construcciones doctrinales e imaginativas de otros países, Francia e Italia -en especial, la francofonía. La expresión Ámérica Latina, apoyadá por parte del numeroso exilio iberoamericano, por foros internacionales en que España ha estado ausente durante años, por instituciones de investigación o centros efectivos de cooperación. La corrección terminológica vendrá, así, condicionada por una revisión ágil jen el contenido y de forma gradual.

Revisión necesaria

Una revisión semántica -y que vaya unida a un cambio real de contenido- se debe plantear con la evidencia de algunos problemas y ciertas situaciones de hecho. Hay que huir, es cierto, de los napoleonismos mesiánicos, pero también de los voluntarismos numantinos.

En primer lugar, es un hecho que, por diversas razones, en los medios políticos y científicosmundiales, la expresión América Latina tiene una carta de naturaleza muy extendida. Habría que añadir que los países, consciente o inconscienterrieríte interesados en mantenerla -con la mejor intención, sin duda- tienen unas dotaciones económicas muy importantes, con estructuras político-administrativas adecuadas -ministerios, agencias, secretarías de Estado- para, legítimamente, llevar a cabo una amplia cooperación cultural, científica y técnica. Rasgarnos las vestiduras, acudir sólo a la historia,y hacer, en definitiva, retórica, no pairece ser una réplica adecuada. Aunque insuficiente, el nuevo presupuesto del ICI es un paso adelante.

Pero, en segundo lugar, ycomo dato intelectual interno espadol, habría que constatar que el maniqueísmo ideológico liberal/autoritario, que se dio en nuestro país, tiende a deslizarse hacia posiciones de, convergencia -por distintas justificaciones- y de neutralidad operativa. La conciencia de la necesidad urgente de una cooperación planificada y centralizada, junto con la solidaridad democrática, privan ya sobre la semántica ideologiza dé los últimos años. Me permito citar, en este sentido, un ejemplo: en el marco de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo editamos una revista que, precisamente, lleva el título de Nuevo Hispanismo, y en cuyo consejo asesor o de dirección figuran, entre otros: Aranguren y Fernández Retamar, Jorge Guillén y Martínez Montávez, Emilio Orozco y Gustavo Sáez, Tierno Galván y Zarnora Vicente, José Luis Abellán y Carlos Barral, Blanco Aguinaga y Angel Berenguer, Castellet y Conte, Juan Cueto y Aurora de Albornoz, Rodríguez Puértolas y Fanny Rubio, Fernando Savater y Luis Sufién, Julio Vélez y Sánchez Triguero, Alicia Cid y Joaquín Marco, Bobillo y Caudet.

En tercer lugar, esta revisión, formal y de fondo, viene también exigida por un hecho que va a fijar, por mucho tiempo, los conocimientos históricos y las proyecciones alternativas del futuro: la conmemoración del V centenario del descubrimiento de América. La revisión histórica no tendrá que ser necesariamente apologética, pero sí objetiva, mediante crítica y autocrítica, y también dando a cada uno lo suyo; a España, lo que es de España, con Sepúlveda y Las Casas, con nuestras aportaciones y defectos, y a los demás países lo que, sin duda, hayan aportado. ¿No sería bueno, en este sentido, como dato simbólico de convergencia, recuperar el nombre de Instituto de Cultura Hispánica, que, en realidad, es como se conoce al actual ICI?

Finalmente, nuestro apo yo constitucional. En dos artículos, en forma directa e indirecta, hay unas referencias a Iber'oamérica: en el artículo 11, apartado 3, tratando la nacionalidad, se habla expresamente de los "países iberoamericanos", y en el artículo 56, apartado 1, en lo referente a la Corona, se habla de "las naciones de su comunidad histórica". Esta gran comunidad ibérica de naciones, Iberoamérica o Hispanoamérica, a recuperar, y en donde el rey de España asume ante ellas especialmente la más alta representación del Estado, constituye, sin duda, uno de los grandes retos culturales que tiene hoy la nueva sociedad democrática española.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 8 de marzo de 1983

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